Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0012-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:
Creo que se mostrarán razonables, dado que la tierra no les sirve de nada y el pescado no les parece un alimento digno de tal nombre, con Dax y conmigo aquí presentes, ¿Podemos empezar la conferencia?
Pero cuando Haviland Tuf se calló hubo un largo intervalo de silencio. Los jefes de Guardianes permanecían inmóviles, con el rostro lívido y aturdido. Uno a uno fueron desviando la mirada de los impasibles rasgos de Tuf y acabaron posándola en el caparazón fangoso, en el ser que reposaba sobre la mesa.
Y, finalmente, Kefira Qay logró hablar. —¿Qué quieren? —preguntó con voz temblorosa. —Principalmente —dijo Haviland Tuf—, quieren dejar de ser considerados como alimento, lo cual me parece una proposición francamente muy comprensible. ¿Qué contestan a ello?
—Dos millones no es suficiente —dijo Haviland Tuf cierto tiempo después, sentado en la sala de comunicaciones del Arca. Dax estaba tranquilamente instalado en su regazo, aunque le faltaba la acostumbrada y frenética energía de los demás gatitos. En un rincón de la estancia, Sospecha y Hostilidad se perseguían velozmente entre ellos.
En la pantalla los rasgos de Kefira Qay se torcieron en una mueca de suspicacia.
—¿A qué se refiere? Tuf, ése fue el precio que acordamos. Si está intentando engañarnos…
—¿Engañarles? —Tuf suspiró—. ¿La has oído, Dax? Después de todo lo que hemos hecho, se nos sigue agrediendo despreocupadamente con ese tipo de acusaciones desagradables. Sí, desagradables e infundadas, por extraña que parezca esa palabra aplicada a mis acciones. —Miró nuevamente hacia la pantalla. Guardiana Qay, recuerdo perfectamente cuál fue el precio acordado. Por dos millones de unidades base, me encargué de resolver sus dificultades. Analicé, medité y acabé dando con la teoría capaz de proporcionarles el traductor que tan urgentemente necesitaban. He llegado al extremo de entregarles veinticinco gatos telépatas, cada uno conectado a uno de sus jefes de Guardianes, para facilitar las comunicaciones que deban tener lugar después de mi marcha. También ello se encuentra incluido en los términos de nuestro acuerdo inicial, ya que resultaba necesario para resolver el problema. Y, dado que en el fondo de mi corazón soy más bien un filántropo que un negociante, por no mencionar mi profunda comprensión de los sentimientos humanos, incluso le he permitido que se quedara con Estupidez, dado que éste llegó a encariñarse de modo claramente exagerado con usted por razones que me resultan totalmente incomprensibles. Tampoco pienso exigir precio alguno por ello.
—Entonces, ¿por qué pide tres millones más? —le preguntó Kefira Qay.
—Por un trabajo innecesario que me vi cruelmente obligado a realizar —replicó Tuf—. ¿Desea que le haga una descripción más detallada de dicho trabajo?
—Sí, me gustaría mucho que me la hiciera —dijo ella. —Muy bien. Por los tiburones, las barracudas y los pulpos gigantes. Por las orcas, los kraken grises y los kraken azules; por el encaje sangriento y las medusas. Veinte mil unidades por cada uno. Por los peces fortaleza, cuarenta mil. Por la hierba-que-llora-y-susurra, ochenta… —y así continuó durante un tiempo muy, muy largo.
Una vez hubo terminado Kefira Qay apretó los labios con firmeza y dijo:
—Someteré su factura al Consejo de los Guardianes. Pero puedo decirle ahora mismo que sus peticiones me parecen injustas y desorbitadas y que nuestra balanza comercial no es lo suficientemente buena como para permitir semejante salida de divisas fuertes. Puede esperar en órbita durante un centenar de años, Tuf, pero no conseguirá cinco millones.
Haviland Tuf alzó las manos en un ademán de rendición.
—Ah… —dijo—. De modo que una vez más, por culpa de mi natural confianza en los otros, debo sufrir una pérdida… entonces, ¿no recibiré mi paga?
—Dos millones —dijo la Guardiana—. Tal y como fue acordado.
—Supongo que podía resignarme a esta decisión, tan cruel como falta de ética, y aceptarla como una de las duras lecciones de la vida. Muy bien, así sea. —Acarició lentamente a Dax—. Se ha dicho una y otra vez que quienes no saben aprender de la historia están condenados a repetirla y el único culpable de este desdichado giro de los acontecimientos soy yo mismo. Vaya, pero si hace tan sólo unos cuantos meses estuve contemplando un drama histórico sobre una situación análoga a la actual. En el drama se veía a una sembradora como la mía que libraba a un pequeño planeta de una molestísima plaga, sólo para computar que el ingrato gobierno de dicho planeta se negaba a pagar. Si hubiera sido más inteligente, eso me habría enseñado a exigir mi pago por adelantado. —Suspiró—. Pero no fui inteligente y por ello ahora debo sufrir las consecuencias —acarició nuevamente a Dax y guardó silencio durante unos instantes—. Puede que a su Consejo de Guardianes le interese contemplar dicha cinta por razones de pura y simple distracción. Se trata de un holograma totalmente dramatizado. La interpretación es buena y además proporciona fascinantes perspectivas sobre el poder y las capacidades de una nave como ésta. Me pareció altamente educativo. Su título es La sembradora de Hamelin.
Naturalmente, le pagaron.
4 — UNA SEGUNDA RACION
Era más una costumbre que una afición y, desde luego, no se trataba de algo adquirido deliberadamente o por pura malicia. Sin embargo, lo indudable era que Haviland Tuf no podía librarse ya de ese rasgo de su carácter. Coleccionaba naves espaciales.
Quizás hubiera resultado más preciso decir que acumulaba naves espaciales. Lo innegable era que el sitio para ello no le faltaba. Cuando Tuf puso por primera vez el pie en el Arca encontró en su interior cinco lanzaderas negras con alas triangulares; el casco medio destrozado de un mercante de Rhiannon, con su típico vientre protuberante, y tres naves alienígenas: un caza Hruun, fuertemente armado y otras dos naves mucho más extrañas, cuyas historias y constructores seguían siendo un enigma para él. A esa abigarrada flota se había añadido el estropeado navío mercante del propio Tuf, la Cornucopia de Mercancías Excelentes a Bajos Precios.
Eso fue solamente el principio. En sus viajes, Tuf no tardó en descubrir que las naves se iban acumulando en su cubierta de aterrizaje, al igual que el polvo se acumula bajo la consola de un ordenador y los papeles parecen reproducirse sobre el escritorio de un burócrata.
En Puerto Libre el monoplaza del negociador había resultado tan estropeado por el fuego del enemigo, al forzar el bloqueo impuesto, que Tuf no tuvo otro remedio que transportarlo, durante el regreso, en su lanzadera Mantícora. Naturalmente, lo hizo una vez hubo concluido el contrato. De ese modo adquirió otra nave.