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Por siempre jamás [Gone for Good-es]

Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:

Will Klein tiene su héroe: su hermano mayor Ken. Una noche de calor agobiante aparece en el sótano de la casa de los Klein una joven, antiguo amor de Will, asesinada y violada.
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
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Es un fenómeno que debe darse en mucha gente, pues no aceptar la realidad forma parte del proceso del duelo y uno se aferra a la esperanza. Era lo que a mí me sucedía en aquel momento: imploraba a una entidad en la que no creo, rogando un milagro en virtud del cual, de alguna manera, las huellas dactilares, el FBI, los padres de Sheila y todos aquellos amigos y familiares fueran un tremendo error y Sheila estuviera viva y no hubiera muerto a manos de unos asesinos que la dejaron tirada en una cuneta.

Naturalmente, no sucedió nada de eso.

No exactamente.

Cuando Edna Rogers y yo llegamos junto al féretro, miré sacando fuerzas de flaqueza y fue como si el suelo se hundiera bajo mis pies. Me precipité en un pozo sin fin.

– Qué bien la han arreglado, ¿verdad? -susurró la señora Rogers apretándome el brazo y rompiendo a llorar.

Pero yo estaba en otro sitio, muy lejos de ella. Mirando aquel rostro hasta que la verdad se abrió paso en mi cerebro.

Efectivamente, Sheila Rogers estaba muerta. Sin ningún género de duda.

Pero la mujer que yo amaba, la mujer con quien yo había vivido, a quien había abrazado y con quien quería casarme, no era Sheila Rogers.

49

No me desmayé, pero estuve a punto.

Todo me daba vueltas y tuve una especie de cortocircuito visual que me hizo perder el equilibrio y por poco caigo encima de Sheila Rogers, una mujer a quien no había visto en mi vida y a quien tan bien conocía. Una mano me sostuvo por el brazo. Era Cuadrados; vi que estaba muy serio y pálido y, al cruzarse nuestras miradas, él asintió casi imperceptiblemente con la cabeza.

No había sido mi imaginación ni un espejismo. Él también lo había visto.

Nos quedamos hasta el final. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Sentado en aquel banco, mudo, era incapaz de apartar mis ojos del cadáver de la desconocida; estaba conmocionado y temblaba, pero a nadie le extrañaba. Al fin y al cabo, era un funeral.

Después de dar sepultura a Sheila Rogers, su madre nos invitó a ir a su casa, pero nosotros nos disculpamos diciendo que perderíamos el avión. Subimos al coche de alquiler, Cuadrados lo puso en marcha y hasta que no estuvimos lejos no lo paró para que yo diera rienda suelta a mi emoción.

– A ver si pensamos lo mismo -dijo Cuadrados.

Yo asentí con la cabeza, ya casi sobrepuesto. De nuevo tenía que reprimirme, esta vez la posible euforia. No me centré en la nueva perspectiva que abría el hecho. Sólo en pequeños detalles. En minucias. Fijé la atención en un solo árbol porque era imposible ver todo el bosque.

– Todo cuanto hemos averiguado sobre Sheila -dijo Cuadrados-, su huida, los años que estuvo haciendo la calle, lo de las drogas, la habitación que compartía con tu ex novia, sus huellas dactilares en casa de tu hermano…, todo eso…

– Es aplicable a la desconocida que acaban de enterrar -añadí.

– Por consiguiente, la Sheila que conocemos, quien creíamos que era Sheila…

– No hizo ninguna de esas cosas y no era la persona que creíamos.

– Un buen montaje -dijo Cuadrados reflexivo.

– Desde luego -añadí casi sonriente.

En el avión, Cuadrados dijo:

– Si nuestra Sheila no ha muerto, es que está viva.

Lo miré.

– Oye, hay gente que paga una pasta por tener acceso a mi sabiduría -añadió.

– Y pensar que a mí me sale gratis.

– ¿Qué hacemos ahora?

– Donna White -contesté cruzando los brazos.

– ¿El nombre falso que le procuraron los Goldberg?

– Exacto. ¿La agencia sólo hizo una verificación en ciertas líneas aéreas?

Cuadrados asintió con la cabeza.

– Según la hipótesis de que había volado hacia el oeste.

– ¿Puedes decir a la agencia que amplíe la investigación?

– Claro.

Nos sirvieron el «tentempié». Mi cerebro no cesaba de funcionar. Aquel vuelo me estaba viniendo muy bien porque me daba tiempo para pensar. Desgraciadamente, a la par, me hacía volver a la realidad y considerar las repercusiones. Dejé a un lado aquel pensamiento. No quería nubarrones que enturbiaran mis razonamientos, al menos de momento, que sabía tan poco. Bueno, no era tan poco.

– Ahora se explican muchas cosas -dije.

– ¿Por ejemplo?

– Tanto secretismo y que no quisiera hacerse fotos, que tuviera tan pocas pertenencias, que no quisiera hablar de su pasado.

Cuadrados asintió con la cabeza.

– En cierta ocasión, Sheila -me detuve porque seguramente no era ése su nombre- se fue de la lengua y me dijo que se había criado en una granja, cuando en realidad el padre de la verdadera Sheila Rogers trabaja en una fábrica de cerraduras para garajes. Aparte de que se resistía a llamar a sus padres porque…, bueno, sencillamente, porque no eran sus padres. Yo pensé que los detestaba porque la habían maltratado.

– Podría tratarse fácilmente de una usurpación de personalidad.

– Exacto.

– Luego, la verdadera Sheila Rogers -continuó Cuadrados alzando la vista-, la que acaban de enterrar, ¿era la que estaba con tu hermano?

– Eso parece.

– Y por eso había huellas dactilares suyas en el escenario del crimen.

– Exacto.

– ¿Y tu Sheila?

Me encogí de hombros.

– Bien -añadió Cuadrados-. Supongamos que la que estaba con Ken en Nuevo México, la que vieron los vecinos, era la Sheila muerta.

– Sí.

– Y tenían una niña -agregó.

Silencio.

– ¿Estás pensando lo mismo que yo? -preguntó él mirándome.

Asentí con la cabeza.

– Que la niña era Carly y que Ken debe de ser el padre.

– Sí.

Me recliné en el asiento y cerré los ojos. Cuadrados abrió su bocadillo, miró de qué era y lanzó una maldición.

– Will.

– ¿Qué?

– ¿Se te ocurre alguna idea sobre quién puede ser la mujer que amabas?

– Ninguna -respondí con los ojos cerrados.

50

Cuadrados se fue a casa y me prometió llamar en cuanto se supiera algo sobre Donna White. Yo regresé agotado al apartamento y, cuando metía la llave en la cerradura, sentí que una mano me tocaba el hombro y di un respingo.

– No pasa nada -dijo una voz ronca.

Era Katy Miller.

Llevaba un collarín ortopédico, tenía la cara hinchada y los ojos congestionados; por debajo de la barbilla y por encima del collarín asomaba una marca amoratada y amarillenta.

– ¿Te encuentras bien? -dije.

Asintió levemente.

Le di un abrazo con cuidado de no hacerle daño.

– No me voy a romper -replicó.

– ¿Cuándo te han dado el alta? -pregunté.

– Hace unas horas. No puedo estar mucho rato porque si mi padre se entera…

– No me digas más -dije alzando una mano.

Entramos en el apartamento y vi que hacía muecas de dolor al moverse. Nos sentamos en el sofá y le pregunté si quería beber o comer algo, pero dijo que no.

– ¿Seguro que no deberías estar en el hospital?

– Me han dicho que estoy bien pero que descanse.

– ¿Cómo te has librado de tu padre?

Intentó sonreír.

– Soy muy tozuda.

– Ya.

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