Los 36 hombres justos
- Автор: Bourne Sam
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los 36 hombres justos». Краткое содержание книги:
Subieron ágilmente los dos tramos de escalera hasta la sección Dorot Jewish y TC explicó a la bibliotecaria qué libro estaba buscando. Esta dio un respingo.
– ¿Se refiere al manuscrito de 1591 llamado Pardes Rimonim?
Will y TC cruzaron una mirada.
– ¿Se dan cuenta de que es un libro único y muy valioso? -prosiguió la bibliotecaria-. Solo están autorizados a manejarlo el director de la sala de lectura o su subalterno. ¿No pueden volver mañana?
– La verdad es que necesitamos verlo ahora mismo.
– Lo lamento, pero un libro así requiere un permiso especial. Lo siento.
– ¿Quién es esa mujer de allí, la que está tomando café? -TC señaló la oficina tras el mostrador.
– Es la subdirectora. Es su hora de comer.
– Vale. ¡Hola! ¡Señora, oiga…!
Will sintió una enorme vergüenza, pero TC apartó a la bibliotecaria y se inclinó sobre el mostrador; gritó e hizo señales a la subdirectora en medio del solemne silencio de la biblioteca. Los estudiosos que se hallaban concentrados en sus lecturas levantaron la cabeza para ver la causa de aquel vocerío. Aunque solo fuera para restablecer el orden, la subdirectora interrumpió su almuerzo y se acercó.
Funcionó. TC tuvo que escribir su nombre y dirección en el libro de visitas, rellenar un formulario y facilitar su identificación. Sin dejar de mascullar, la mujer desapareció para sacar un manuscrito de un armario cerrado con llave del interior del despacho. En total transcurrieron veinte largos minutos, que Will pasó observando los rostros de los lectores de fin de semana que lo rodeaban.
– Aquí está -dijo al fin la mujer acercándose a la mesa donde Will y TC habían montado su base de operaciones. No les entregó el libro ni tampoco lo dejó en la mesa, sino que lo depositó en un atril especial que evitaba que el lomo pudiera abrirse en exceso. TC sacó su cuaderno y buscó un bolígrafo-. Solo están autorizados los lápices. Nada de bolígrafos ni plumas cerca de un libro tan importante como este.
– Lo siento. Que sea un lápiz. Se lo agradecemos. Estoy segura de que no nos llevará mucho tiempo.
– Oh, no pienso marcharme. Voy a quedarme junto a este libro hasta que hayan acabado. Estas son las normas.
TC empezó a pasar las páginas con premeditada lentitud. El manuscrito era una reliquia de una época pasada. Confeccionado a mano en Cracovia, sus páginas guardaban cuatro siglos de historia. TC se sentía intimidada solo con tocarlo.
Will estaba sentado al lado de ella, mirando el último mensaje de texto. Preocupado por la mujer que los observaba, susurró a TC:
– Lo de besar la página, ¿tiene algún significado religioso?
– Los judíos besan sus libros de oraciones cuando están cerrados o si los dejan caer al suelo, pero no tres veces ni páginas concretas. -TC hablaba sin apartar la vista del texto. Parecía sobrecogida por aquel ejemplar.
Will sacó su libreta de notas. Quizá se expresara aritméticamente. Escribió distintas variantes del mensaje: «3 veces» como «3 X». Quizá «I» fuera «1», ¿cómo quedaría?: «3 X 1». No le decía nada.
Entonces echó un segundo vistazo a lo que tenía escrito. Un momento. Su mente retrocedió a los miércoles por la tarde de cuando tenía nueve años, a las clases de latín del señor McGregor. McGregor era un viejo maestro, siempre de negro y con el borrador de la pizarra en la mano, pero Will recordaba todo lo que le había enseñado, incluidos los juegos que solía hacer para enseñarles los números romanos.
A toda prisa, Will escribió «3 veces» como tres equis seguidas: «XXX». Luego, para «I kiss»… ¡Claro! ¡La «I» era un «1» romano! Y en cuanto a «kiss», «beso», ¿de qué modo se podía expresar un beso si no era mediante una equis? Por un brevísimo instante, recordó la primera vez que Beth firmó uno de sus mensajes de texto con una equis. Solo era una equis tras su nombre, pero le emocionó. Se hallaban en ese breve período inicial de una relación, en pleno enamoramiento, en el que nadie había pronunciado todavía la palabra «amor», pero la equis de Beth fue un aperitivo.
Lo escribió todo de cabo a rabo: «XXX» por «3 veces» y «IX» por «I kiss». Resultado: XXXIX.
– Ve a la página treinta y nueve.
TC obedeció lentamente, pasando las hojas con sumo cuidado, mientras Will se moría de ganas de arrancarlas para ver qué significaba el mensaje.
– Ya está -anunció TC.
Ante ellos tenían una página en la que había un dibujo: diez círculos distribuidos geométricamente y entrelazados por un complejo entramado de líneas. Will recordaba vagamente haberlo visto antes, pero tardó unos segundos en situarlo. Aquello le sonaba a los libros de química de su infancia que representaban en dos dimensiones las estructuras moleculares. Salvo que cada círculo llevaba escrita dentro una fórmula. Tuvo que forzar la vista para leerlas y descubrir que estaban en hebreo. Tanta geometría y pulcritud resultaban chocantes en un documento que databa de la Edad Media.
– ¿Qué es todo esto?
Se dio cuenta de que TC era reticente a contestar. Estaba encorvada sobre la imagen, y con su hombro le bloqueaba casi toda la visión.
– No estoy segura todavía. Tengo que seguir mirando.
– Vamos, TC. Tú sabes qué es esto -le susurró Will al oído-. Dímelo.
Consciente de la presencia de la bibliotecaria y no del todo segura, TC señaló el dibujo y empezó a hablar:
– Es la imagen clave de la cábala.
– ¿La cábala? ¿Tiene algo que ver con el rollo ese de Madonna y las cintas rojas?
TC alzó los ojos al cielo. En su rostro podía leerse una expresión que decía: «¿Por dónde empezar?».
– No. Todo eso no son más que tonterías de una famosa. Tienen tanto que ver con la cábala de verdad como el conejito de pascua con el cristianismo. Tú escucha.
– Lo siento.
– La cábala es un sistema de pensamiento que forma parte del misticismo judío. Se trata de una forma muy antigua de los estudios judíos que está vedada a la mayoría de la gente. Se supone que nadie puede acercarse a ella hasta cumplidos los cuarenta años. Y además, está reservada a los hombres.
– ¿Y qué hay de este dibujo?
– Viene a ser el punto de partida de la cábala. Lo contiene todo. Lo llaman «El árbol de la vida».
– ¡Dios mío!
– Sí, eso es exactamente lo que los cabalistas piensan que es: una representación esquemática de las cualidades de Dios. Cada uno de estos círculos es un Sefirah, es decir, un atributo divino. -TC señaló el de abajo-. ¿Lo ves? Empieza por abajo con Malchut, que significa «reino» y hace referencia al dominio físico. Luego, se ramifica en Yesod, «cimiento»; Hod, «gloria», y Nezah, «eternidad». A continuación sigue con Tiferet, «belleza»; Gevurah, «juicio», y Hesed, «misericordia». Más adelante, en lo alto del árbol, está Binah, que viene a ser el «entendimiento intelectual», y a la derecha, Hochmah, que es «sabiduría». Por último, en la cima, se halla Keter, «corona», algo así como la esencia divina.
– Por lo tanto, ¿estamos viendo la imagen de Dios?
– O la más aproximada de las imágenes posibles.
Will fue incapaz de decir nada, un escalofrío le había recorrido la espalda mientras TC hablaba. Puede que no fuera más que una absurda superstición, pero aquel conjunto de líneas y círculos, trazados tanto tiempo atrás y que durante generaciones solo se había enseñado a los que se mostraban capaces de afrontar sus secretos, parecía irradiar una especie de poder.
– Tiene gracia que hablemos de la imagen de Dios -prosiguió TC-. Los místicos creen que la razón de toda existencia radica en que Dios quería contemplar a Dios.