Los 36 hombres justos
- Автор: Bourne Sam
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los 36 hombres justos». Краткое содержание книги:
Will parecía perplejo.
– Hasta ese momento, solo había Dios. Nada más. Solo un Dios ilimitado e infinito. El problema estaba en que no había espacio para nada más. No había espacio para la creación de Dios, para el mundo físico que sería su imagen. Así, tuvo que contraerse, tuvo que dejar un poco de espacio para que esa especie de espejo suyo pudiera existir y reflejar su imagen. ¿Lo ves? Aquí lo pone. -Cogió otro libro, uno que había pedido mientras esperaban que les llevasen el manuscrito, y pasó rápidamente las páginas hasta que encontró lo que estaba buscando-. Hasta el momento del Zimzum, la contracción, «el Rostro no contemplaba el Rostro». Dios no se veía a sí mismo.
Will estaba fascinado por aquella imagen y, más aún, por la explicación que TC le estaba dando; sin embargo, también se sentía desanimado por ella. Aquellas eran las aguas profundas de la teología, ¿hasta dónde tendrían que bucear para encontrar la conexión con el momento que estaban viviendo, la que les llevaría hasta los hasidim, hasta sus víctimas y hasta Beth?
De nuevo sintió una oleada de rabia e indignación hacia Yosef Yitzhok. ¿Por qué no podía comunicarse simple y llanamente?
Antes no le había dado resultado, pero decidió volver a intentar una aproximación directa. Mientras TC seguía ensimismada en el dibujo, ladeando la cabeza a un lado y a otro para leer el texto de la página siguiente, cogió el móvil y, lejos de la mirada de la bibliotecaria, envió el siguiente mensaje a Yosef:
Estamos en la biblioteca. Vemos el dibujo. Necesitamos saber más.
Miró su reloj: eran las 15.30 horas. Eso significaba que en Bangkok era noche cerrada. Miró su Blackberry. Ninguna noticia de la sección de Internacional.
– Escucha -le dijo a TC-.Voy a salir un momento para llamar al periódico. Vuelvo en unos minutos.
– Tráeme un refresco.
En cuanto salió de la sala de lectura, Will empezó a marcar el número de la sección de Internacional. Andy contestó antes de que su amigo hubiera tenido tiempo de salir a la calle.
– Vaya, Will, ¿cómo estás? ¡Mierda! Se suponía que debía mandarte todo aquel material, ¿no? Lo siento, esto ha sido una casa de locos durante toda la tarde.
– ¡Andy, te dije que lo necesitaba sin falta!
– Lo sé, lo sé. Lo siento, la he jodido. Bueno te lo envío ahora mismo.
– Mira, será mejor que me lo leas, ¿quieres? No puedo esperar. -Will paseaba arriba y abajo al pie de la enorme escalinata.
– Will, aquí estamos muy ocupados -comentó Andy parodiando el acento inglés de su amigo, lo cual era buena señal-. Bueno, tendré que darme prisa y saltarme los nombres más raros, pero ahí va: «De John Bishop, Bangkok. Samak Sangsuk fue llorado ayer por quienes lo conocían bien y también por unos cuantos que no lo conocían de nada.
»E1 señor Samak, que según parece fue víctima de un complot internacional para secuestrarlo, formaba parte de la élite financiera tailandesa y había ganado una fortuna en el sector inmobiliario e invirtiendo en la creciente industria turística de Tailandia.»
«Adelante, sigue», pensó Will.
– «Pero también era conocido entre las clases menos favorecidas de Bangkok, cuyos miembros lo llamaban "Señor Funeral". A decir de algunos, el señor Samak mantenía una actividad paralela, una actividad que mantenía no con ánimo de lucro sino por una cuestión de conciencia: organizaba los funerales de los pobres.
»E1 señor Samak estaba en contacto con las funerarias y los hospitales -recordaba el domingo un viejo amigo-. Si les llegaba un cadáver y no había parientes o amigos que se encargaran de enterrarlo, llamaban al señor Samak. También lo llamaban en caso de que la familia no tuviera dinero para un entierro decente.»
Will notó que la sangre se le disparaba en las venas.
– Will, ¿sigues conmigo?
– Sí, sigue leyendo.
– «En el pasado, los indigentes de Bangkok acababan sus días en una fosa común, sin el lujo de un ataúd. Se atribuye al señor Samak el mérito de haber puesto fin a esa costumbre casi sin ayuda. No solo se hacía cargo de los gastos del entierro, sino que la gente de la ciudad asegura que también reunía a una congregación para la ceremonia, a menudo pagando unas pocas monedas para que acudieran plañideras. "Gracias al Señor Funeral -dijo un médico-, nadie más ha sido enterrado como un perro ni enterrado solo."»
Will ya había oído suficiente. Colgó y corrió escalinata abajo, disfrutando de la sensación del sol en el rostro. Primero, Macrae; luego, Baxter y, en esos momentos, Samak. No solo buena gente, sino gente notablemente buena. Aquello ya no era una coincidencia.
Encontró una tienda, compró algunas botellas de té helado y se encaminó de vuelta a la biblioteca. Tenía que poner al día a TC y desentrañar la relación que hubiera con el dibujo. Sin duda tenía que encajar.
En ese instante reparó en una figura que hasta ese instante se había mantenido en la periferia de su visión. Apartándose a un lado, como si temiera ser visto, había un hombre alto, vestido con vaqueros y una sudadera gris con capucha. Su edad, su color y su expresión resultaban imposibles de discernir: tenía el rostro oculto por la capucha. Pero algo estaba claro: seguía a Will.
Capítulo 38
Domingo, 15.51 h, Manhattan
Will subió rápidamente la escalinata, asegurándose de no mirar por encima del hombro. Una vez dentro, caminó sin aminorar el paso, aunque casi los notó antes de oírlos: el clic-clac de los pasos resonando a su espalda en el suelo de mármol. Se dirigió hacia la primera escalera que encontró y al iniciar el segundo tramo se atrevió a mirar atrás. Tal como temía, la capucha gris estaba justo tras él.
Avivó el paso, subiendo los peldaños de dos en dos. Cuando alcanzó el rellano echó a correr y decidió refugiarse en una sala llena de ficheros catalogados. Entró corriendo y redujo el paso de inmediato a un silencioso andar. Aun así, se sentía demasiado agitado y sudoroso para la callada concentración de la sala. Dio media vuelta: la capucha.
Caminó más deprisa bajo una gran pintura del cielo que era en realidad un trampantojo. Divisó una abertura en la pared del fondo y se metió por ella, pero descubrió que no se trataba de una salida, sino de un pequeño cuarto de fotocopias. Salió a toda prisa, pero el hombre de la capucha se hallaba ya a escasos metros.
Will vio unas puertas dobles y corrió hacia ellas. Una vez cruzadas, se vio en medio de una gran cantidad de gente que disfrutaba de su descanso para almorzar. Se abrió paso entre ellos para llegar a la escalera del otro lado y bajó los peldaños de dos en dos ayudándose de la barandilla. Una mujer que iba cargada con una pantalla de ordenador se cruzó en su camino, y Will se apartó a la derecha. Ella también. Will se desplazó al otro lado, y la mujer lo imitó. Al final, se hizo a un lado para dejarla pasar, pero oyó que ella dejaba escapar un gemido que fue seguido del estruendo del cristal al romperse. Había dejado caer el monitor.
En ese momento, Will se encontraba en el vestíbulo principal, mirando un amplio guardarropa. Allí era donde los lectores habituales empezaban su jornada. Había taquillas para dejar las bolsas y una larga hilera de colgadores para los abrigos que serpenteaba por la sala igual que en una lavandería. El hombre de la capucha caminaba hacia él, tranquilamente.
Will tuvo que ser rápido. Mientras el recepcionista miraba hacia otro lado, saltó por encima del mostrador y se lanzó entre los abrigos. Apretado entre un anorak y una mugrienta chaqueta afgana, se aplastó contra la pared. Notaba que su perseguidor se había detenido; suponía que estaría cerca del guardarropa, asomándose por encima del mostrador. Intentó contener el aliento.
De repente, notó movimiento. El recepcionista estaba desplazando los abrigos, apartándolos en grandes grupos en busca de un número. Will se encogió tanto como pudo, pero el hombre se acercaba, se acercaba cada vez más, hasta que se detuvo a menos de treinta centímetros. Will vio que cogía una chaqueta y regresaba al mostrador.