Los 36 hombres justos
- Автор: Bourne Sam
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los 36 hombres justos». Краткое содержание книги:
Will tuvo que hacer un esfuerzo para regresar al presente. Había empezado a explicárselo en el tren, pero ahora se extendió largamente para contarle a TC lo que ardía en deseos de comunicarle desde que había recibido la llamada de su amigo Jay. Aquella era la primera vez que ella oía hablar de Newell o de la conversación que Will había mantenido con él, pero no tuvo que esforzarse mucho; tan pronto como Will le habló del mensaje de su amigo, ella no tuvo más que atar cabos.
– Así, tanto Baxter como Macrae fueron anestesiados antes de ser asesinados, ¿no? A decir de quienes los conocían, ambos eran personas rectas y justas; y según Yosef Yitzhok y los proverbios, suponiendo que tu interpretación sea correcta, lo importante es precisamente la bondad, la justicia de sus acciones. Todo ello nos conduce a algún plan de mayor alcance de los hasidim, entre cuyas incógnitas figura por qué secuestraron a Beth, por qué mataron a ese tipo de Bangkok o por qué nos han seguido esta noche. Más o menos esta es la teoría, ¿verdad?
– Bueno, yo diría que se trata de algo más que de una teoría. Recuerda: «Más por llegar». Es decir, más muertes. Eso fue lo que Yosef dijo. ¡Y se estaba dirigiendo a mí directamente! Ese tío había leído mis reportajes en el periódico y me estaba diciendo: «De acuerdo, has desenterrado dos historias; pero habrá más». ¡Lo cual significa que debemos relacionar esto con todo lo que está ocurriendo! ¿Acaso no lo ves?
– Si, sí. Lo veo. -TC escogió las palabras con cuidado-. El problema es que… Bueno, mi problema es que no entiendo de qué modo pasamos del asunto Baxter, Macrae y sus actos de justicia, que admito que resultan increíbles pero a la vez fascinantes, a ese «más» que se supone que está por llegar.
Will se hundió en su silla con un suspiro.
– ¡No seas así, Will! -exclamó TC-. Has hecho grandes progresos. Casi lo hemos resuelto. Estoy segura. Mira, lo mejor será que durmamos un poco. Luego volveremos sobre el asunto -le dijo poniéndole una mano en el hombro y despertando recuerdos tanto en ella como en él-.Vamos, será lo mejor.
De repente, Will se levantó y salió de la cocina. TC lo siguió.
– ¡Will! ¡No te vayas!
Lo encontró de pie, en el estudio de su padre, una estancia repleta de libros desde el suelo hasta el techo. Hilera tras hilera, se alineaban volúmenes de textos legales, jurisprudencia seleccionada y dictámenes del Tribunal Supremo que se remontaban al siglo xix. Otra de las paredes estaba llena de textos más actuales: estudios sobre política, la Constitución y, desde luego, las leyes. Todo parecía haber sido ordenado con el celo de un bibliotecario: reunidos según temas y, dentro de cada uno, por orden rigurosamente alfabético. La mirada de TC se posó en la sección dedicada al cristianismo: Documents of the Christian Church, de Henry Bettenson; The Early Church, de Henry Chadwick; From Christ to Constantine, de Eusebius; Early Christian Doctrines, de JND Nelly. Todos estaban alineados en perfecto orden.
Pero Will hacía caso omiso de los libros. En su lugar, había conectado el ordenador que su padre tenía en el escritorio y estaba revisando una noticia de Associated Press sin apenas leer las palabras; buscaba algo.
Movió el cursor sobre el texto para resaltar dos palabras: el nombre de la víctima de los hasidim en Bangkok: Samak Sangsuk. A continuación entró en Google e introdujo el nombre como criterio de búsqueda.
Su búsqueda de Samak Sangsuk no ha producido resultados.
Estaba a punto de soltar una maldición, pero se contuvo. No fue por la presencia de TC, sino por un ruido que procedía claramente del pasillo. Y no solo uno. Varios. No cabía duda. Había alguien más en la casa.
Capítulo 34
Domingo, 12. 12 h, Manhattan
Ya había esperado bastante. Lo que hizo que sospechara fue que las luces se apagaran. Le habían dicho que aquel hombre estaba buscando desesperadamente a su esposa, de modo que no tenía sentido que se fuera a la cama tranquilamente poco después de medianoche.
Además, temía estar despertando sospechas después de haber estado plantado delante del apartamento durante horas. Sin duda, aquello era Manhattan, la ciudad donde nada ni nadie resultaba sospechoso, pero permanecer allí seguía siendo un riesgo.
En consecuencia, telefoneó a sus superiores y pidió permiso para su siguiente movimiento.
– De acuerdo, pero hágalo limpiamente, ¿entendido?
– Entendido.
– Y que el Señor lo acompañe.
Esperó a que llegara el siguiente inquilino al edificio; era una mujer que regresaba de comprar en una tienda 24 horas, cargada con una bolsa de comestibles. Le bastaron unas pocas zancadas para alcanzarla en la portería, como si él también fuera otro vecino a punto de entrar.
– Permítame que la ayude -dijo mientras sostenía la puerta que ella había abierto. Luego, entró.
Mientras la mujer comprobaba el correo en su buzón, él se encaminó por la escalera hacia el sótano; se detuvo brevemente para cubrirse con un pasamontañas.
Oyó el sonido del televisor que se filtraba a través de la puerta. Llamó y aguardó mientras acariciaba el frío acero del revólver que pensaba desenfundar en cuanto le abrieran. No tuvo que esperar mucho.
Pugachov retrocedió del susto y levantó los brazos en señal de rendición.
– Bien -dijo el hombre-, ahora todo lo que tiene que hacer es portarse bien. No queremos tener problemas, ¿verdad? Lo que quiero es que me conduzca hasta el apartamento del quinto piso, el que da a la calle, donde vive esa chica tan guapa. Ya sabe a quién me refiero. Una chica realmente guapa.
Pugachov no había oído nunca un acento como aquel. Era diferente del de la mayoría de los neoyorquinos que conocía, y tardó un momento en comprender lo que le decía. Al final, creyó adivinarlo y metió la mano por detrás de la puerta.
– ¡Eh! ¡Arriba las manos, hombre! ¿No ha oído lo que le he dicho?
– ¡Perdón, perdón! -balbuceó Pugachov-.Yo coger la llave, ¡la llave! -Gesticuló señalando para que el hombre del pasamontañas viera la hilera de ganchos numerados de donde colgaban las copias de las llaves de los apartamentos.
El desconocido lo agarró por la ropa y lo empujó hacia la escalera de servicio. Era tarde, y no había nadie a la vista; pero, aun así, coger el ascensor resultaba demasiado arriesgado. Sus órdenes estaban claras: no debía ser visto.
El encargado abrió la puerta con cuidado y llamó con un débil «Hola» mientras notaba el cañón de la pistola en los riñones.
El hombre de la máscara encendió una linterna en busca de la puerta del dormitorio y empujó a su rehén hacia ella.
– Ábrala.
Pugachov hizo girar el picaporte lentamente, pero el pistolero lo apartó bruscamente y abrió de golpe.
– ¡Todos quietos! -gritó alumbrando la cama con la linterna.
Al no ver a nadie se dio la vuelta intuyendo una emboscada por la espalda. Pero tampoco. Luego, agarrando a Pugachov por las solapas, empezó a abrir las puertas de los armarios sin dejar de apuntarlo con su arma. Cuando llegó a la puerta del cuarto de baño, le propinó una patada y saltó dentro al tiempo que se daba la vuelta para que nadie pudiera sorprenderlo.