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Los 36 hombres justos

Электронная книга - «Los 36 hombres justos». Краткое содержание книги:

Nueva York. Will Monroe es un joven periodista novato educado en Inglaterra y felizmente casado que decide mudarse a Estados Unidos donde vive su padre, un prestigioso juez. Empieza a destacar en el New York Times cuando se publica su primer artículo sobre el extraño asesinato de un chulo de burdel. Una historia interesante: aparentemente tras la fachada de hombre oscuro se escondía un hombre que había hecho el bien y su cadáver tratado con respeto. Sin embargo este es el primero de una serie de asesinatos en distintos lugares del mundo con extrañas similitudes y Will se ha puesto sobre la pista. De pronto recibe un e-mail que le avisa del rapto de su mujer y lo chantajean para abandonar la investigación y no acudir a la policía. Will acude a su padre, que le da su apoyo moral, y a un amigo experto programador para que rastree el mail anónimo. Esta pista le lleva al corazón de barrio hasídico, judío ultraortodoxo de Brooklyn, donde descubre que su mujer ha sido retenida para su protección pues está ligada a una profecía antigua de la cábala sobre la existencia de 36 hombres justos en el mundo cuya muerte provocaría el fin del mundo. Le piden 4 días y luego se la devolverán. Will empieza a recibir ahora mensajes cifrados en su móvil que le animan a seguir investigando: claves bíblicas. Acude entonces a su amiga y ex novia judía, experta en textos bíblicos, para que le ayude a descifrar el enigma. Los asesinatos se siguen sucediendo en el resto del mundo, siempre hombres de bien escondidos tras una fachada distinta ante el mundo, y Will pista tras pista, enigma tras enigma, descubre que existe una gran conspiración de un grupo fundamentalista cristiano para provocar el fin del mundo. Poco a poco los hombres justos según la cábala judía están siendo asesinados, y Will se involucra en una carrera contrarreloj para evitar sus muertes y tal vez la de su propia esposa en peligro…y tal vez el fin del mundo.
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Capítulo 36

Domingo, 9.13 h, Sag Harbor, Nueva York

Había dejado el móvil conectado y cerca de la cabecera, pero estaba tan exhausto que el sonido de un nuevo mensaje no fue suficiente para despertarlo. En vez de eso, apareció vagamente en sus sueños: metía la llave en la cerradura de la puerta principal de su apartamento; entraba y se encontraba con que Beth se hallaba en la cocina abrazando a un niño contra su cintura. Su actitud era de fiereza, como si pretendiera proteger a aquella criatura de cualquier daño que pudiera infligirle un intruso. «Atrás», parecían decir sus ojos. Su aspecto era de una violencia primitiva. «Ya lo entiendo -se dijo Will en el sueño-, es el niño de la rosa.» Justo en ese momento, como si fuera el aviso que confirmara esa idea, empezó a sonar una campana.

Como el molinete de un ancla a la que iza lentamente a la superficie, su cerebro consciente lo arrancó de las profundidades del sueño. Cogió el teléfono y se lo acercó a los ojos.

Tiene un nuevo mensaje.

fOrtY

Saltó de la cama y fue hacia el dormitorio de TC, uno de los pocos que no tenía vistas al mar, pero, en cambio, sí a un jardín de estilo inglés. El sol penetraba por el pasillo acompañado por el rumor de las olas. No se podía negar: su padre había escogido un lugar privilegiado.

Su padre. Solo entonces recordó el encuentro de la noche anterior. Le había faltado poco para abrirle la cabeza. Habría podido matarlo. Pero no tenía tiempo para pensar en aquello.

– De acuerdo -dijo una vez hubo despertado a TC y ella se hubo acomodado contra uno de los muchos almohadones que la mujer que se encargaba de la casa de su padre dejaba en todas las camas-.Ya tenemos otro. «Forty», «Cuarenta».

– ¿Cuarenta mensajes? -balbuceó TC abriendo a duras penas un ojo.

– No. Eso es lo que dice el mensaje. Mira.

– ¿Por qué lo habrá escrito de una forma tan rara?

– No tengo ni idea. Échale un vistazo a ver si te sugiere algo. Entretanto, tengo que hacer una llamada.

Consultó su reloj: las 9.30 horas. A continuación miró su Blackberry: nada nuevo de Crown Heights. Sin duda no creían que hubiera accedido a las peticiones del rabino de mantenerse al margen y esperar. Estaba claro que no confiaban en semejante posibilidad. ¿Acaso no habían enviado a alguien para que lo siguiera, precisamente porque sabían que él continuaría investigando?

Las 9.30 horas. A esa hora ya habría alguien en la sección de Internacional del periódico. Además, no podía permitirse descuidarlo mucho más. Mientras marcaba el número alzó los ojos al cielo en una silenciosa plegaria: «Por favor, que responda Andy».

Había al menos cuatro ayudantes que trabajaban en la sección de Internacional de The NewYork Times. A Will le costaba acordarse del nombre de todos ellos, pero al menos conocía a uno. Andy debía de ser unos cuatro años más joven que él y, desde la primera vez que se vieron y charlaron en la cola de la cafetería, Will se convirtió en algo parecido a su mentor. Era de Iowa y tenía un sentido del humor cortante; a Will le cayó bien desde el primer momento, porque le parecía una especie de sustituto de la sensibilidad que echaba de menos en su casa.

– Internacional, diga.

– ¿Andy?

– Ni más ni menos.

– Gracias a Dios.

– ¿Eres tú, Will?

– Sí, ¿por qué?

– No. Por nada, solo que…

– ¿Qué?

– Colega, si tuviera que creer todos los perversos rumores que he oído…

– ¿Qué perversos rumores?

– Por aquí se dice que el Gran Hombre te soltó una bronca anoche; que te encontró husmeando en la mesa de otro. Yo les he contestado que el periodismo de investigación es un trabajo muy duro.

– Gracias, Andy.

– ¿Es verdad?

– Mejor lo dejamos en que no es del todo mentira.

– De acuerdo. Debo reconocer que se trata de una nueva forma de progresar profesionalmente. Eso lo admito.

– Escucha, Andy. Necesito que me hagas un favor: tienes que conseguirme el número de teléfono del corresponsal del periódico en Bangkok.

– ¿De John Bishop? Caramba, todo el mundo está interesado en este caso. Al pobre lo tienen agobiado.

– ¿Y cómo es eso?

– ¿Acaso no ves las noticias? La policía está por todo Brooklyn. Según parece, esos ultra ortodoxos judíos intentaron matar a un tipo en Tailandia. La sección de Local se encarga de cubrir la historia, Walton en concreto.

– ¿Walton? -Era lo que le faltaba: más intromisiones del ladrón de cuadernos de notas. Tendría que hablar con Bishop a sus espaldas.

– Sí. Tengo entendido que Walton intentó escaquearse porque era fin de semana. Dicen que te propuso a ti para la historia, al menos hasta que la sección le dijo que tú estabas…,ya sabes…

– ¿Que yo estaba qué?

– Pues eso, que no estabas disponible por el momento.

– ¿Así es como lo expresan?

– Más o menos. Oye, Will, ¿qué pasa? ¿Estás enfermo o algo así? ¿Has fumado hierba de mala calidad?

Will sabía que Andy estaba intentando quitarle hierro al asunto burlándose de que el felizmente casado y muy trabajador Will Monroe pudiera estar bajo sospecha, como un vulgar drogata. Sin embargo, sus comentarios no le hicieron reír; las chanzas de su amigo no hacían más que confirmar sus peores temores: que el periódico lo había suspendido y que se había convertido en el objeto de todas las conversaciones y de todos los «cotilleos de máquina de café». El hecho de que aquello fuera un asunto sin importancia y que, comparado con sus otros problemas, a duras penas mereciera tenerse en cuenta, no hacía más que subrayar lo desesperado de su situación.

– No, Andy, nada de hierba de mala calidad. De hecho, ni siquiera hierba. De todas formas imagino lo que puede parecer. Excelente. Maravilloso.

– Lo siento, colega. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

– Sí. Si me consigues ese número de teléfono serás de gran ayuda. A ser posible el del móvil, si lo tienes.

– Claro. Recuerda que hay doce horas de diferencia. Allí son casi las diez de la noche.

Will no se concedió ni un momento para digerir su conversación con Andy. Mientras marcaba el número para comunicar con Bangkok imaginó a los reporteros del periódico echando mano en ese mismo instante de sus móviles para comentar el ascenso y la caída de Will Monroe; pero eso fue todo, porque apartó la idea de su cabeza y se concentró en la llamada que sonaba en su oído.

– Hola…

– ¿John? Hola, soy Will Monroe, de la sección de Local del periódico. ¿Te pillo en mal momento?

– No. Solo llevo de pie treinta y seis horas y me disponía a enviar una historia, de modo que podría decirse que el momento es inmejorable. ¿En qué puedo ayudarte?

– Lo siento. Intentaré ser lo más breve posible. Sé que estás colaborando con Terry Walton y no quisiera entorpecer nada que esté haciendo…

– Ya…

– Pero es que estoy trabajando en un artículo… -aquello era una mentira en toda regla y Bishop podía destaparla fácilmente, pero Will pensó que ya estaba hasta el cuello de problemas y que uno más no tendría importancia- y estoy intentando hacerme una idea lo más precisa posible de esa víctima, el tal Sangsuk.

– Samak -contestó Bishop-. Se llamaba Samak Sangsuk. En Tailandia el apellido va en primer lugar, como Mao Zedong. En fin, el caso es que envié esa información al periódico ayer. Debe de estar en la sección de Internacional.

«¡Mierda! -se dijo Will-, tendría que habérselo pedido primero a Andy.»

– Ya lo sé. Es solo que uno de los hasidim de aquí me ha hecho algunas sugerencias.

– Ah, ¿sí? Eso es fabuloso, Will. ¿Qué clase de sugerencias? -El tono de Bishop había cambiado. La perspectiva de poder conseguir alguna información valiosa siempre mejoraba los modales de los periodistas.

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