El Baile De La Victoria
- Автор: Skármeta Antonio
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Baile De La Victoria». Краткое содержание книги:
Al salir de la cárcel, un imaginativo joven y un famoso ladrón tienen dificultades para rehacer su vida. El dispar dúo decide que la única salida que les queda es dar el Gran Golpe. Pero en la vida de ambos se cruza la joven Victoria, un talento natural para la danza, hermosa y sensible, asediada sin embargo por el desamparo familiar.
¿Qué energía podrían sacar los pobres de esos hielos? ¿Qué calor de esa nieve que horadaba sus pezuñas mártires? ¿Y dónde estaría su amado? ¿Habría renunciado al camión y su tardanza se debía a que en la excitación del triunfo vendría desde Santiago galopando a todo vapor en los lomos del rucio?
Poco después de que empezara a expandirse la noche la caravana llegó a una extensión plana cubierta de hierbas y matorrales, y el baquiano desmontó de su tordillo y fue a ofrecerles ayuda con una semisonrisa. Les anunció que era imposible cruzar la frontera esa noche, pero ya tenían lo peor de la ruta tras ellos, y en ese paraje que pisaban, detrás de la maleza había una cueva de tal proporción que podrían acampar los tres con sus cabalgaduras.
Allí podrían pestañear y dormir un tiempecito hasta que levantase la primera claridad y luego, tras dos horas de marcha, estarían muy cerca de una aldea trasandina donde encontrarían un hotel y un recepcionista que a precio razonable olvidaba exigir que acreditaran sus identidades. Allí mismo podrían comprar valijas, incluso modernas, con chapas de seguridad incluidas, y atuendos propios de los paisanos de la región hasta que se perdieran en ese tumultuoso océano que es Buenos Aires. Si Ángel Santiago no llegaba oportunamente, él lo colmaría de señas y bosquejos que le permitieran encontrarlos.
Luego les pidió ayuda para desbrozar un matorral circundado por rocas y espinas. Quienes estaban en el secreto ocultaban de ese modo el acceso a la caverna. El compromiso de honor con los ladrones de ganado y contrabandistas era borrar toda huella antes de partir.
Se multiplicaron los arañazos en las manos y los rostros, un arbusto con espinas como alambre de púa hizo sangrar el lóbulo derecho de la bailarina, y el barro semilíquido se filtró por las botas de Vergara Grey. Cuando despejaron un tramo lo suficientemente grande, con agradecida humildad, las cabalgaduras fueron a ubicarse al fondo, y el baquiano les derramó ante los belfos el heno que llevaba en un hatillo.
Mientras las bestias mordisqueaban sus raciones, Títo puso tres mantas de gaucho sobre la tierra y comenzó a bombear una pequeña cocinilla de queroseno en la cual calentaría agua para disolver café instantáneo. Victoria acercó sus pies a la llama y al cabo de unos segundos pudo sentir que sus talones, casi tallados en hielo, empezaban a ceder y le permitieron flexionar las extremidades en uno de esos ejercicios preparatorios que hacía en las barras.
El baquiano les sugirió que no perdieran tiempo en imaginarse el futuro, pues según su experiencia, la huida era un proyecto en sí misma.
– Una vez que se huye, uno nunca para.
Cuando Victoria Ponce se sacó los calamorros forrados en piel y pulsó uno a uno los dedos de sus pies para constatar que seguían allí, Vergara Grey se le acercó con un poncho del grosor de un choapino y se los envolvió diligente.
– La plata es la plata. Pero en verdad estos pies alados son nuestro único capital, hija.
– Y tu cabeza, papi -respondió ella con una sonrisa.
Puso su nuca sobre la montura, y mientras la niebla penetraba en la caverna, se fue quedando dormida tocada por esas manos leves y difusas.
CINCUENTA
Fue la primera en despertar. Entre los matorrales se expandía una cautelosa luz y la chica intuyó que afuera ya había abierto el día. Salió de la caverna de prisa, sin calzarse los zapatones, ansiosa de ver qué le deparaba hoy la cordillera. Una vez afuera, ni el frío, ni el viento silbando sobre sus orejas la arredraron ante el espectáculo que se le ofrecía.
El pequeño llano estaba ubicado a medio camino entre el extenso valle que se diluía en el horizonte y las cimas nevadas de las montañas. Sobre las cumbres, el sol en pleno dominio delataba todos los matices del paisaje, quebrachos con eucaliptos dispersos, vertientes de agua bulliciosa, laderas de nieve, elevados picos que parecían esculturas talladas por un orfebre de otro mundo, algunas cabras mordísqueando yerbas, la manada de nubes rápidas que volaban hacia su disolución, y encima de todo, un cielo de un celeste tan puro que Victoria Ponce se preguntó si alguna vez antes había visto ese color.
Y de pronto, corno un meteorito de plumas que cayera desde la más alta cima, vino a depositarse sobre una roca a metros de ella, en un aterrizaje de armónica coreografía, un pájaro cuya cresta roja remataba la cabeza negra asentada sobre un collar de plumaje blanco.
Una vez equilibrado sobre el promontorio, el animal sostuvo la misma mirada de curiosidad que Victoria le dedicaba, como si estuvieran en duelo tácito de poder a ver quién doblegaba al otro.
Vergara Grey vino, le puso una mano sobre el hombro y para no perturbar la intensa comunicación entre el ave y la chica, le susurró:
– Es un cóndor.
Ella no apartó la vista hacia el interlocutor, pero tras aspirar una bocanada de aire tan puro como el primer día de la creación, le replicó con una sonrisa:
– Nombre científico Vultur Gryphus, de la familia de los Cathartidae. Lo aprendí cuando preparaba mi examen con Ángel.
– ¿Tú crees que él sabe eso?
– ¿Qué?
– El cóndor, si él mismo sabe que se llama Vultur Gryphus.
– Yo creo que sí, maestro. Tiene el aspecto de un pájaro culto. Ojos de cirujano y pedantería de doctor.
– Doctor de los aires.
– Bravo, don Nico. ¡Tremenda metáfora!
Se disponía a premiarlo con un sonoro beso en la frente cuando al girar la cabeza la presencia de una diminuta figura en la más absoluta lejanía del terraplén dejó el cariño suspendido. Apretando las pestañas para agudizar el foco de su vista, le pareció discernir en la distante llanura la imagen de un caballo con su jinete. Sintió que el corazón se le expandía en un repentino júbilo.
– Don Nico. ¡Es Ángel!
– ¿Dónde, muchacha?
– Allá, bien abajo, hacia la cuenca del río.
– No veo nada.
– Un jinete y su caballo. Avanza hacia nosotros.
– No distingo nada, chiquilla.
– Vea, don Nico. Es Ángel. Viene en dirección a la cordillera.
– Es demasiado lejos. Parece un caballo y su jinete.
– Lo veo cada vez más claro. Es Ángel Santiago montado en un caballo azul.
– No, muchacha. Es un jinete cualquiera que monta un caballo que carga una manta azul.
– No es una manta azul, maestro. Es un caballo azul.
El baquiano llegó hasta ellos, y estirándose en un inconmensurable bostezo, dijo:
– Lo siento jóvenes, pero es hora de partir.
Victoria Ponce se dio vuelta hacia el arriero, el rostro encendido, y le preguntó si allá abajo, en el verde tapiz que se derramaba desde el río, no veía él a su amigo de infancia Ángel Santiago galopando hacia ellos en un caballo azul.
El hombre se empinó sobre las puntas de sus pies, levantó un tanto su gorro de lana, y negó con el cuello. No, en verdad, no veía nada, pero era preciso partir, pues lo requerían urgentemente otros trabajos.
Entonces la chica se arrodilló y, abrazando las rodillas del baquiano, dijo:
– Se lo imploro, don Tito. No nos vayamos aún. Esperemos a Santiago.
El hombre, sorprendido, quiso apartar sin éxito la cara de la joven de su cuerpo.
– No tiene sentido, chiquilla. Santiago conoce estos ámbitos tanto como ese cóndor. Cuando llegue, seguirá la huella y nos encontrará.
– Déme dos horas, ¡una hora que sea!
Ambos intercambiaron una mirada, y alzando los hombros, Vergara Grey se unió tácitamente al ruego de la joven.
Entonces Victoria Ponce trepó sobre una roca, puso una mano como visera encima de las cejas y clavó los ojos en la planicie.
Tito le ofreció un cigarrillo a Vergara Grey, éste lo aceptó, y los dos hombres se sentaron a fumar bajo la precaria sombra de una higuera.
Agradecimientos a mis maestras la señorita Lozano e Impacta Domínguez, del tiempo cuando era colegial, y a Teresa Calderón, por su poesía y sus lúcidas crónicas.