Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El Baile De La Victoria - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Baile De La Victoria

Электронная книга - «El Baile De La Victoria». Краткое содержание книги:

Premio Planeta 2003
Al salir de la cárcel, un imaginativo joven y un famoso ladrón tienen dificultades para rehacer su vida. El dispar dúo decide que la única salida que les queda es dar el Gran Golpe. Pero en la vida de ambos se cruza la joven Victoria, un talento natural para la danza, hermosa y sensible, asediada sin embargo por el desamparo familiar.
1 ... 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63
Перейти на страницу:

– Entonces llega el mozo, el médico abre el champagne, el corcho salta para cualquier lado, los tres beben, y al poco rato Chéjov muere.

– ¡El gran Chéjov, don Nico!

– Conforme. Al día siguiente el mozo vuelve a la habitación con un jarrón con tres flores amarillas y no tiene la menor idea de que Chéjov ha muerto.

– Hasta aquí va bien.

– Le quiere entregar el jarrón a la mujer, pero ella está como ausente, apenada, bueno, es que ha muerto Chéjov.

– Efectivamente. Entonces viene lo del corcho.

– Justo. El mozo está ahí, con las dos manos sosteniendo el jarrón, todo compuesto, me lo imagino así como muy elegante y pituco, cuando de repente, zas, descubre en el suelo el corcho de la botella de champagne. Y entonces le baja la desesperación por recoger ese corcho que destruye todo el orden de la habitación. ¿Correcto?

– Eso es lo que escribió Carver.

– Entonces la viuda le pide que vaya a la mejor empresa de pompas fúnebres de la ciudad y le diga al dueño que se haga cargo de todo porque Chéjov ha muerto. Que camine altivo como si Chéjov mismo estuviera esperando las tres flores amarillas. Pero mientras la viuda le da las instrucciones, el chico con el jarrón en las dos manos sigue pensando en cómo recoger el corcho de la botella de champagne que está a sus pies. ¿Es eso el cuento?

Santiago escupió una mota de tabaco desde la punta de la lengua, y poniendo una mano en la rodilla de Vergara Grey, le dijo:

– Efectivamente. Así es más o menos el cuento.

El afamado profesional apoyó ahora la cabeza en la lámina de acero y avanzó con la mirada hacia la profunda oscuridad del túnel hasta el techo. Del maletín de cuero extrajo la linterna e iluminó el pedazo de muro falso que el Enano Lira había preparado desde su tiempo de mecánico en la Schendler.

– Es decir -continuó, fumando-, Chéjov está muerto y el problema del chico es cómo recoger el corcho del piso.

– Yo diría que ése es uno de los temas del cuento. ¿Por qué se quedó tan pensativo, don Nico?

Con los dedos el hombre se masajeó los huesos de los pómulos, como si quisiera relajar una tensión, y luego puso el cabo del cigarrillo en el cenicero.

– Por esto. Así como yo traje el cenicero, el joven quiere levantar el corcho.

– Bien pensado, profesor.

– Es decir, si ese joven y yo estuviéramos en el naufragio de un gran trasatlántico (ponle tú el Titanic) y los vidrios de la cabina estuvieran sucios, ese joven y yo los limpiaríamos.

– Según lo que me cuenta y lo que veo, diría que sí.

– Es decir, en la vida se da junto lo grande y lo pequeño. Pero como estamos siempre viviendo en lo pequeño no alcanzamos a darnos cuenta de qué parte de lo grande es lo pequeño que hacemos.

– Ése sería un gran tema de filosofía, que usted podría discutir latamente en mi hacienda con Victoria Ponce.

– ¿Tú no me entiendes?

– Algo pispo, profesor. Pero no se me olvida a lo que hemos venido.

– Es cierto.

– Usted mismo dijo el otro día la frase del presidente Aylwin: «Cada día tiene su afán.»

– Qué memoria que tienes, cabrón. Retienes más que un elefante.

– ¡Que un perro callejero, Vergara Grey!

– ¿Cómo lo logras? Yo para acordarme de mi propio nombre tengo que mirar todos los días mi cédula de identidad.

– Igual que los perros. Delante de cada árbol levanto la Pata.

– ¿Qué idiomas hablas tú?

– Castellano.

– Ahí llevamos uno. ¿Otro más?

– Por el momento sería todo. Algo de inglés sé.

– ¿A ver?

– One dollar, mister, please. ¿Usted?

– I should move the stones of Rome torise and mutiny.

– Eso suena lindo, maestro. ¿Qué significa?

– Shakespeare. «Haría que hasta la piedras de Roma se sublevaran.»

– Profesor, realmente me conmueve. Nunca me imaginé que podría citar a Shakespeare.

– He estado preso en varias oportunidades. Algunas veces con gente honorable, y otras con ingleses.

CUARENTA Y SIETE

Ambos se pusieron de pie. Vergara Grey cogió el combo de su caja de herramientas y Ángel se hizo cargo de una de las bolsas amarillas impermeables. Tendría que poner la lona sobre el espacio instituido por el Enano para conseguir que el ruido se amortiguara mientras el profesor iba descascarando la falsa pared con sus golpes de acero.

A intervalos detenían la demolición y escuchaban alertas por si alguien se aprestara a intervenir. Pronto se dieron cuenta de que al paisaje modernizador de Santiago pertenecía ya ese horizonte de construcciones con su bullicio implacable. Aun así, se mantuvieron en el volumen más discreto posible, hasta que intuyeron que bastaría empujar la falsa muralla con un dedo para que se derrumbara. La única duda era si el camelo debería caer hacia dentro de la oficina o descascararse por la vía del ascensor hasta el subterráneo. Lo primero era más controlable, lo segundo algo imprevisible: quién sabe qué actitud adoptaría el guardia al oír esa lluvia de cascajos.

Ahora llegaba el momento en que el maestro debía practicar su peculiar cirugía. Pasó por el boquete sin mayores esfuerzos, y ya del otro lado, le pidió con un gesto a Ángel que le extendiera el maletín arsenalero. En voz muy baja, le susurró:

– Hasta aquí llegamos juntos, socio. Ahora desciendes los dos pisos y me esperas con santa paciencia.

– Perdone, maestro, pero es que me gustaría ver al gran Vergara Grey en acción. Algo para contárselo a mi hijo.

– Lo primero que tenemos que asegurar es que el futuro hijo no nazca huérfano. Baja ya, y eso sí, pase lo que pase, por ningún motivo retires la escalera. El cable me da pánico, y desnucarme en el vacío, pavor.

El profesional dio un paso adelante, con la actitud de un escultor que va a enfrentarse con una mole de mármol, cuando el joven lo detuvo con un silbido. En la mano tenía las dos bolsas amarillas y se las extendió sonriendo.

– Buena cosecha, maestro.

Su socio había entrado en el umbral del trance y no quiso responder. Sin siquiera darse vuelta a mirarlo, llegó hasta la inmensa caja fuerte de color gris y la palpó reverente.

Santiago bajó algunos peldaños por la escalera, pero luego se colgó juguetón del cable y fue hasta la plataforma valiéndose de vigorosas pulsadas. En el maletín del maestro había un paquete de cigarrillos y el libro Tres rosas amarillas forrado en el ya familiar papel de matemáticas. Un sorbo de agua mineral, un puchito encendido y el volumen abierto en la página once, comenzó a leer, acaso por quinta vez, el cuento Cajas: «Mi madre ha hecho las maletas y está lista para mudarse.»

Como el artesano frente a la arcilla, la creyente ante la imagen de su santo milagrero, el bailarín junto a su danza, el actor detrás de su texto, el ave a la vera del vuelo, así poco menos estaba el ladrón frente al timón de la mole metálica. En la cárcel, frecuentes pesadillas de modernidad, nutridas por la televisión y la prensa, le habían hecho temer el gran afuera. Al salir, lo esperaba un infierno electrónico donde sus antiguas herramientas se fundirían. El celaje del tiempo lo haría trizas y sería un simple ratero jubilado vencido por dos rivales imbatibles: la traición de un socio, como Monasterio, que rompía todos los códigos de caballeros que rigen las relaciones delictuales, y la sofisticación electrónica con dígitos indescifrables y secretas claves comandadas por un control remoto.

Para su alivio, descubrió al primer contacto con la caja fuerte que, al fin y al cabo, algo tenía en común con el cerdo de Canteros: la edad.

Ambos habían sido arrollados por el progreso, los computadores, los teléfonos celulares, los bancos virtuales, los DVD, los semiconductores, y de allí que el máximo gangster de la república hubiera optado por una caja de seguridad que él comprendiera a plenitud sin tener que buscar la asesoría de prestidigitadores biónicos y cibernautas que, enterados de las vías de aforo de sus riquezas, podrían con sus artes de magia negra en cualquier momento birlárselas.

1 ... 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)