El Baile De La Victoria
- Автор: Skármeta Antonio
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Baile De La Victoria». Краткое содержание книги:
Al salir de la cárcel, un imaginativo joven y un famoso ladrón tienen dificultades para rehacer su vida. El dispar dúo decide que la única salida que les queda es dar el Gran Golpe. Pero en la vida de ambos se cruza la joven Victoria, un talento natural para la danza, hermosa y sensible, asediada sin embargo por el desamparo familiar.
En buenas cuentas -se sobó las manos-, un gesto de compadrazgo generacional al cual había que retribuir generosamente descerrajando el baúl del pirata en el más clásico de los estilos.
No tuvo aprensiones ni prisa al desplegar todas las herramientas de su maletín sobre la alfombra, pues el hecho de haber logrado ingresar al centro de la pieza sin que. trinara ningún timbre de alarma probaba que las huestes de Canteros habían preferido colocar todas sus chillonas campanillas en el umbral de la entrada por el lado de la oficina.
Nadie pudo haber tenido la inspiración divina de que el bandolero caería desde el cielo vía ascensor, y no podrían por tanto cazarlo en ninguna de las trampas y ardides que seguramente estaban esparcidas por la otra vía. Para esa proeza se necesitaba la gracia de alguien tan mínimo como el gran Enano Lira, que combinaba precisamente las artes del albañil con un concepto utilitario de su tamaño.
¿Qué dicha debió de haber sentido cuando el azar le puso ese regalo a sus pies y cuánto pesar debió de haberle causado entrar a presidio provisto de tamaña fortuna eventual y sin ninguna probabilidad de echarle mano?
¡Y qué homenaje a él, a Nicolás Vergara Grey, que el artífice de ese bombón le hubiese procurado el secreto, sonrió, para pintar esa capilla Sixtina!
Un refrán en Chile saluda a los huéspedes diciéndoles: «La casa es chica, pero el corazón es grande.» Mientras Vergara Grey maniobraba destornilladores, llave inglesa, ganzúa, alicates, alambritos de diferente grosor y tamaño, estetoscopio, cincel, cortafríos, lima, berbiquí y barrena, jubiloso ante la convencional fórmula de la cerradura, ideó el texto de una taijeta postal que alguna vez le haría llegar a Canteros: «La caja es grande, aunque tu corazón es chico.»
Tras cuarenta minutos de trabajo, la última traba cedió y a pesar de que el premio a su proeza estaba al alcance, no abrió la puerta de acero. Previo a llevarse la desilusión o la dicha del siglo, se dijo que procedería a fumarse un cigarnito. Pero justo cuando estaba a punto de raspar el fósforo en la banda combustible de su ca ita marca Andes, eso le recordó que la maravillosa cordillera de Chile acaso lo acogiera en pocas horas más, puso el fósforo apagado entre los dientes y devolvió el cigarro al bolsillo de la camisa.
Tuvo que concentrarse un minuto más a ver si la intuición que lo había frenado de fumar le decantaba ahora racionalmente el significado de ese stop que lo privaba de unas pocas reconfortantes inhalaciones. Buscó ayuda recorriendo con la vista el cuarto, hasta que una plaqueta metálica, con el signo de una llama, le reveló la verdad: ¡allí dentro había alarma, pero contra humos!
¡Ay, si su intuición de oro le sirviera para algo fuera del mundo del delito! ¡Si su percepción extrasensorial le dictase las palabras y los gestos con los cuales reconquistar el amor de Teresa Capriatti.! ¡Daría todo el oro ajeno del mundo -sonrío- por vivir con ella!
Entonces, con gesto natural, sin teatralizar para sí mismo el clímax de su faena, abrió la caja fuerte, y tras echar una mirada a los diversos compartimentos, rasgó uno de los paquetes, y después otro, y luego la punta de aquel al fondo, hasta que pudo formarse el convencimiento de que los paquetes envueltos en papel verde contenían consecuentemente dólares, y aquellos en azul, varios kilos de moneda nacional. Una cajita con incrustaciones de nácar era el refugio de algunas joyas, que acaso databan de las jornadas patrióticas de antaño, cuando las damas pinochetistas habían regalado sus pulseras, sus anillos, sus aros y sus collares a los uniformados, para contribuir a la refundación de la patria tras el golpe contra Salvador Allende.
Sin más dilaciones, y con certeros manotazos, fue metiendo el abigarrado botín en la bolsa amarilla impermeable, y no cesó su acción hasta que advirtió que un fajo más podría ser tanta carga que no podrían llevar el saco al hombro. Lo cerró valiéndose de la soga que pasaba entre anillos metálicos por la parte superior, y en tres o cuatro minutos completó la segunda bolsa y avanzó con ellas hasta el forado junto al ascensor. Abajo, como si se hubiera mantenido en esa pose expectante durante toda la última hora, el joven Ángel Santiago preguntó con una seña qué debía hacer.
Vergara Grey hizo pasar una de las bolsas a través del forado y el muchacho emprendió la ascensión de la escalera con la velocidad -recordó el examen de Victoria- de un tigre con sus garras retráctiles.
Al tomar el botín entre sus manos, la instrucción gestual del maestro fue breve y unívoca: bajas y vienes por la segunda.
La acción se repitió con éxito, y temiendo que el cuerpo de don Nico tuviera problemas con el tránsito desde la escalera a la oficina, Ángel subió una tercera vez, lo asistió en sus trabajosos despliegues, y una vez que lo dejó instalado en el peldaño superior, bajó rápido hasta la plataforma, inspirado en la idea de no sobrecargar la escalera, que podría quebrarse bajo el peso de dos personas.
Sólo cuando ambos estuvieron en la plataforma, el viejo extendió los brazos como un triunfal pelícano que trae el buche lleno de apetitosas sardinas, y le pidió al cómplice un abrazo inconmensurable.
Así, durante largo tiempo mantuvieron unidas sus ardientes mejillas.
CUARENTA Y OCHO
Dentro del mismo coche de Monasterio procedieron a llenar una decena de bolsas plásticas con moneda nacional.
Se dieron prisa, pues la cita con el baquiano tendría que ser un par de horas antes de la puesta del soclass="underline" la osadía de cruzar de noche la cordillera les estaba vedada hasta a los muleros que contrabandeaban drogas.
Las tareas ahora se repartirían de tal modo que hacia las cuatro de la tarde Vergara Grey y Victoria entraran a la autopista al sur cargando las tres bolsas amarillas impermeables que transportarían en mochilas más tarde por el paso cordillerano. Por su parte, Ángel Santiago llevaría el postre en billetes verdes para el almuerzo que encargó a Elsa en la calle de las Tabernas con el argumento de que quería tenerlos a todos juntos en la hora del reparto para no dilatarse en la última parte de su plan: tomar un taxi con Charly de la Mirándola hasta el Hipódromo Chile y montarse a la misma camioneta de transportes equinos donde lo esperaría impaciente su rucio. ¡Él sería su cabalgadura en los intrincados senderillos ¡legales de la montaña!
Se recomendaron mutuamente cautela y Vergara Grey depositó al joven en la estación del metro más cercana al bar de Monasterio. Se estrecharon las manos por la ventana del vehículo y Ángel aprovechó ese contacto para sacarle al maestro la promesa de que no lo esperarían en el rancho suizo en caso de que no apareciera a la hora convenida. En este mismo momento le resultaba fácil suponer que el transportista de caballos avanzaría muy lento con su viejo carromato y, por otra parte, si partían junto al baquiano con la luz del sol, él sabría encontrarles la pista un par de horas más tarde, pues había sido equilibrista de esos abismos cordilleranos desde la infancia.
Todas las bolsitas pequeñas habían sucumbido en una mayor que ahora balanceaba alegre por la calle de las Tabernas. Cada una tenía escrito con plumón azul el nombre del beneficiado. Por el tamaño del envoltorio se podía inferir el valor que habían atribuido en fulminante concilio sobre ruedas a cada uno de los cómplices del atraco. A la cajera Elsa y a Nemesio Santelices les estaban destinados paqueutos dignos de un top one. Sin que esto permitiera suponer que había tacañerías en las ofrendas para Charly de la Mirándola, el proveedor de las herramientas y la cesante profesora Sanhueza.
Pero la frutilla de la torta era un contundente paquete de color azul Prusia, que evidentemente no había merecido el escarnio de una bolsita cualquiera de plástico, y que dejaría a todo el mundo perplejo con la inscripción que lo identificaba: «Em-No.» Así de grandes eran sus letras; inversamente proporcionales al tamaño de su receptor.