El Baile De La Victoria
- Автор: Skármeta Antonio
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Baile De La Victoria». Краткое содержание книги:
Al salir de la cárcel, un imaginativo joven y un famoso ladrón tienen dificultades para rehacer su vida. El dispar dúo decide que la única salida que les queda es dar el Gran Golpe. Pero en la vida de ambos se cruza la joven Victoria, un talento natural para la danza, hermosa y sensible, asediada sin embargo por el desamparo familiar.
En tanto, Vergara Grey y Ángel Santiago descendieron con la escala hacia el andén del tren subterráneo y tomaron en pocos segundos el último vagón, que los llevó con eficacia, seguridad y rapidez a destino, vale decir, al edificio de Servicios Canteros, donde les solicitaron a los mismos guardias ya conocidos que les guardaran la escalera hasta el día siguiente cuando, a temprana hora, irían a completar el reemplazo de la polea. ¿Ningún problema? Ningún problema, señores.
La señora Elsa, por su parte, les tenía copias de la llave del coche Chevrolet de Monasterio y se había comprometido personalmente a que su patrón no echaría de menos su joyita hasta la tarde del próximo día, pues el hombre recién sacaba su vehículo del garaje tras una larga siesta: «adoraba tanto al sol, que prefería no gastar al astro rey con su mirada», era su texto favorito en las reuniones sociales de bohemios.
Según mapas que forraron otros dos libros (a saber A caballo entre milenios de Fernando Savater, y Chile, país de rincones de Mariano Latorre, edición Zig-Zag de 1962, en cuya cubierta aparecen un caballito y un jinete al modo de las cerámicas de Quinchamalí), una vez que el auto de Monasterio llegara con Victoria y Vergara Grey a cierta encrucijada del desvío de la carretera longitudinal hacia la cordillera, debían aún viajar una hora al oriente, hasta encontrar a la izquierda del río Maipo un rancho que tendría elevada la bandera suiza en vez de la chilena, no en un ataque a la soberanía de la patria, sino como un esporádico aviso de que allí mismo los recogería el baquiano que los haría atravesar a lomo de caballo la cordillera de los Andes rumbo a Argentina.
De este modo, no quedaba consignada en ninguna compañía aérea a qué país específico volaron, y nadie entre los semicómplices en Santiago tendría que conseguir dinero para tres pasajes. El arriero sería beneficiado en la cumbre de algún cerro andino desde el mismo botín que abrirían a campo descubierto, cerca del sol, y untados por las veloces nubes que pasaban abofeteando los cerros.
La señora Elsa -por favor, Elsita, por Diosito Santo tendría que hacerle un servicio muy especial y secreto a Ángel Santiago. No podrían enterarse ni Vergara Grey ni su Victoria. Cuando estos dos hubieran partido en el coche, él iría con una parte del botín a agradecer los buenos oficios que los habían mantenido a los tres vivos hasta ese día de gloria. En algún momento del sábado, aparecería él en persona con una bolsa de plástico de La joya del Pacífico, para repartir raudamente dinero a todos y cada uno.
Vale decir a la muelle madame Sanhueza, a la espigada miss Ruth Ulloa, a la melancólica madre de su novia, al eterno Santelices, a Charly de la Mirándola y a la mismísima Teresa Capriatti, si ésta anduviera con ánimo de descender hasta la plebe.
Deudas pendientes con el alcaide Huerta debía cancelarlas mucho después por secretísimas vías diplomáticas, y podría olvidarse sin más del cabo Zúñiga, quien le había declarado en una inolvidable tertulia, a las patas del rucio, que ningún carabinero de Chile se dejaba ni sobornar ni propinear por mucho que pelaran el ajo. Lo que había hecho por Victoria era un dictamen de su corazón, y las consecuencias las pagaría con estoica felicidad.
– Todo lo que tiene que hacer, Elsita, linda preciosa, es reunirme a estos campeones en el bar. Yo les hago de Viejito Pascuero, cada uno se queda con su bultito, y yo desaparezco con rumbo que ni Dios ni el diablo pueden saber.
– ¿Y Victoria Ponce? -preguntó la cajera, ariscando la nariz.
– Bailará.
– ¿Dónde?
– En Río de Janeiro, en Londres, en París… En cualquier ciudad donde no llegue Canteros porque lo meterían preso.
– ¡Londres, entonces, pues, mijito!
– ¡0 España con Garzón, mamita!
Sellaron el pacto con varios besos en las frentes y las mejillas.
CUARENTA Y CUATRO
Cuando Victoria le dijo a su madre que desaparecería por algún tiempo, la mujer aceleró la velocidad de los puntos cruz de lana que hacía sobre el chaleco e interpretó que la muchacha se iría a vivir con el joven de pelo disoluto a alguna pensión de mala muerte.
Quiso decirle «qué más puedo ofrecerte que esta pena tenaz y estéril. Cómo no comprenderte, si a veces yo misma me miro las manos y quisiera apretarlas en mi garganta hasta que el aire no pase».
«Está bien -pudo haber formulado-, tienes a ese tipo y tu danza. Bailas lo que eres, dijo el crítico. Sé tú misma. Bien, perfecto. No lo tomo como una deserción.» Todo eso no le dijo la madre a su hija.
Victoria navegó en ese silencio sabiendo que arriba estaba lista la mochila, que dentro de pocas horas se la colgaría al hombro, y enfundada en su abrigo de huérfana (pues era la profesional adaptación a sus medidas hecha por una costurera del sobretodo que pertenecía a su padre), tuvo la lealtad de decirle a su madre que la ausencia sería larga, tanto así, que en una de ésas pasarían anos sin que volviera a verla.
Ella dejó de tejer y se miró las rodillas como si fueran un paisaje lejano. Se mantuvo en un silencio mortuorio. La lejanía de Victoria sólo podría significar una cosa: la clandestinidad. La resistencia. Por lo tanto, la muerte. Por lo tanto, sí acaso con suerte, un furgón de la morgue que algún día la llevaría a reconocer el cadáver desfigurado por los proyectiles. Se lo dijo. Le dijo:
– Van a matarte, mi amor.
– Se quedó clavada en el tiempo, mamá. Ahora estamos en democracia. No hay lucha. Nadie me puede matar porque nadie dispara para ningún lado. No hay resistencia. No hay terrorismo, no hay lucha armada. No es como en los tiempos del papi.
– Tú te vas a ir a la clandestinidad y van a matarte. Saldrá tu foto en los diarios y vendrá mucha gente a llorar conmigo. Después me quedaré sola.
Retomó el tejido, y con el extremo que remataba en una bola ocre, se limpió las paredes de la nariz.
– Puede estar contenta, mami. Yo estaré viva y feliz en otra parte. No muerta, ¡bailando!
– ¿Dónde?
– Póngale que en Brasil. Hay un grupo formidable. Se llama Corpo. Tienen una coreografía sobre san Agustín.
– ¿Un baile sobre un santo?
– Sí. Pero se trata de la vida pecadora que llevó el santo antes de convertirse al cristianismo y la lucha contra los placeres del cuerpo que lo atacan después.
– ¿Tú crees en Dios?
– Puchas, mamá. Ésa es una pregunta que una contesta al fin de la vida, no cuando se tienen diecisiete años.
– La fe a mí no me ha ayudado.
– Pero se te ve mucho mejor.
– Vendrán a tomar té mis amigas.
– ¿Viste?
– Es decir, tengo amigas.
Victoria ladeó el cuello y se entretuvo en la destreza con que su madre trabajaba las hebras del tejido, trenzándolas como quien resolviera un crucigrama.
– No te vayas antes de que termine este jersey.
– Le falta mucho, mamá. Yo debo partir mañana.
– Volverás a buscarlo cuando esté listo.
– Seguro.
– Me gustaba comer contigo una sopa de verduras. Voy a extrañarte.
– ¿Por qué la sopa de verduras, precisamente?
– También me gustaba compartir contigo el consomé.
– No lo sabía, mamá. Nunca me lo dijiste.
– Para mañana prepararé un strudel de manzanas. Lo serviré junto con el té.
– Perfecto, mami.
– Yo calculo que el jersey estará listo para… ¿Qué mes es ahora?
– Junio.
– Nos quedan dos meses de invierno.