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El Baile De La Victoria

Электронная книга - «El Baile De La Victoria». Краткое содержание книги:

Premio Planeta 2003
Al salir de la cárcel, un imaginativo joven y un famoso ladrón tienen dificultades para rehacer su vida. El dispar dúo decide que la única salida que les queda es dar el Gran Golpe. Pero en la vida de ambos se cruza la joven Victoria, un talento natural para la danza, hermosa y sensible, asediada sin embargo por el desamparo familiar.
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Por su parte, don Nico no tendría otra cosa que hacer que escribir sus memorias, preparar pisco-sour, y hacer diariamente alguna gimnasia que le desinflara el colesterol. A ese plan exhaustivo del muchacho, el hombre comenzaba a concebir otro.

De tanto sacar y poner el forro a Tres rosas amarillas de Carver, había terminado por leer el cuento de la muerte de ChéJov antes de una siesta, y al despertar se sorprendió iniciando una relectura lápiz Faber en ristre, con el cual fue subrayando un par de situaciones. No sería malo que la pequeña hacienda de su socio estuviera cerca de un pueblo con biblioteca municipal de donde pudiera prestarse libros. Le importaba un ápice que éstos no fueran de moda, pues sus carencias en esa materia eran tantas que perfectamente podría empezar por Don Quijote de la Mancha y seguir cronológicamente hasta Madame Bovaiy. Al llegar a esas alturas estaría prácticamente difunto, y se habría evitado el bochorno de tener que discutir con las vacas y ovejas los volúmenes que nutrían las listas de best sellers.

Faltaban diez minutos para la medianoche cuando Ángel Santiago llegó desde la calle y miró por encima de su hombro las anotaciones y los croquis producto de esta última jornada.

– ¿Todo bien, maestro?

– Todo bien, discípulo.

– ¿Falta algo para mañana?

– Dormir para que estemos lúcidos.

– ¿Chequeó todos los detalles?

– Aquí está: auto, patente, recoger Victoria, ropa invierno, taxi al sur, camino longitudinal, rancho suizo, arriero amigo, chaqueta Schendler, credenciales, caja herramientas, guantes contra golpes eléctricos, bolsas impermeables, escalera, ventana segundo piso para arrojar botín, tres mochilas grandes transporte dinero, bolsa plástica, propinas personal, agua mineral, encendedor, cigarrillos, cenicero, radio portátil, y estanque lleno.

Ángel fue asintiendo con alegría a la larga lista, mas se detuvo sorprendido cuando Vergara Grey la dio por terminada.

– ¿Qué fue, chiquillo?

– Le falta algo, profesor.

El hombre lo miró tan dubitativo como si el joven quisiera premiarlo con una broma, pero Ángel se abrió los broches de la chamarra, sacó el contundente revólver robado a Santoro y lo puso sobre los croquis del escritorio.

– Esto -dijo.

CUARENTA Y SEIS

La lluvia no era torrencial, pero lo suficientemente fastidiosa para que los pocos transeúntes tempraneros agacharan el lomo bajo ese azote escurridizo. La vista en la calzada, algunos se protegían con el periódico que ha ian comprado en la esquina y que aún no leían.

El guardia quiso saber qué harían con esa escalera telescópica, de modo que Vergara Grey le explicó con lujo de detalles la verdad: necesitaban llegar a un lugar prácticamente inaccesible, pues tenían indudables señales de que la polea atrancada casi producía roce con el techo.

Pusieron el familiar cartel «en reparaciones», desconectaron el servicio automático y subieron, apartándose del ensayo general, sólo hasta el penúltimo piso.

– Sería una pena tener esta escaleraza y no estirarla algunos metros más, socio -apuntó Vergara Grey.

El motivo secreto, sin embargo, era otro. En caso de un incidente serio, los rufianes de Canteros echarían abajo la puerta del ascensor en el mismo piso de la oficina, y Ángel Santiago sería bañado en municiones antes de apretar el dedo sobre el botón de descenso. Un piso, por magra que fuera la distancia, le daría al chico aire para intentar la fuga. Si bien no explicitó este fundamento, a medida que soltaba con la mano los pernos del techo, aprovechó de instruirlo.

– No hemos hablado de esto, chiquillo. Pero si llegas a escuchar balazos o cualquier ruido extraño, por ningún motivo subas a curiosear lo que está pasando.

– Se olvida de que estoy armado, maestro.

– Eso, ni en última instancia.

– Yo no lo voy a dejar solo a merced de esos pistoleros. Quiero saber qué pasa y ayudarlo.

– Te puedo satisfacer la curiosidad de antemano. Si tú entras a la cámara del botín, me verás tendido cuan largo soy, boqueando sangre a borbotones. Una vez que hayas empalidecido con el espectáculo, los amigos del guarén te propinarán sin pestañear la misma dosis y con buena suerte quizás alcances a arrastrarte hasta mí y extenderme la mano, que yo apretaré fraternalmente. Pero no alcanzaré a decirte «adiós, compañero» porque me habrán acribillado hasta la lengua. Sujeta los pernos, muchacho.

El chico acató la orden y puso las piezas en el bolsillo de su chaqueta.

– Haré como usted dice, maestro. Pero se me hace que ha estado leyendo mucha literatura tétrica.

– Ni tanto. Leí el cuento ese de ChéJov del que me hablaste.

– ¿En serio, profesor?

– Me interesó mucho.

– Pero el cuento no es de ChéJov. Chéjov es el personaje del cuento. El autor se llama Carver, Raymond Carver.

– ¿Cómo haces para retener cosas tan complicadas

– Acuérdese de que tengo buena memoria, Vergara Grey. Aún me sé todas las respuestas a las preguntas del examen que le tomaron a Victoria.

– ¿Te acuerdas del desayuno?

– Naturalmente.

El joven apoyó la escalera en el muro metálico izquierdo de la cabina, trepó por ella y ayudó al maestro a levantar el techo hasta que consiguieron apoyarlo en la pared con menos bullicio que la vez anterior pero con suficiente ruido como para llamar la atención de algún eventual vigía.

– Esperemos un minuto -susurró don Nico, poniéndose un dedo sobre los labios.

Ángel Santiago asintió y se frotó fuertemente la frente, como tratando de llegar a algo en su interior. Al cabo de un tiempo prudente, habló con sigilo:

– ¿Quiere que le cante su desayuno, socio?

– Bueno, pero calladito.

– «Dos marraquetas, dos colizas, tres hallullas, tres flautas, cuatro tostadas, tres bollitos con grumos de cebolla y tres porciones de kuchen con fruta confitada y pasas.»

La cara de Vergara Grey se puso tan roja como la de los borrachines que actúan de Santa Claus en los grandes almacenes durante la Navidad. Se apretó simultáneamente el corazón y el estómago e, inflando los cachetes, quiso detener la marcha incontrolable de la risa que pugnaba por salir, hasta que vencido terminó arrojando un silbido asmático.

– ¡Me vas a provocar un infarto, bestia!

– Nadie se ha muerto por una carcajada, maestro.

– ¿De qué te ríes tú ahora?

– De su apetito. Sumando unos con otros se llega a veinte panes.

Santiago se aferró al cable, lo trepó a pulso, y una vez arriba, continuó el despliegue de la escalera que había iniciado don Nico en la plataforma. A esas alturas, y en forma simultánea, advirtieron que el espacio de la cabina no les permitía accionar el tercer tramo de la telescópica, y en un segundo, sin darle tiempo a la cautela, el especialista abrió la puerta del ascensor, sacó un tramo de escalera hasta el piso y ubicándola ligeramente en diagonal consiguió que Ángel la extendiera hasta la dimensión que precisaban. Volvió a cerrar y le indicó al muchacho que bajara a fumarse un cigarrillo.

– Superado el imprevisto, llegó la hora de actuar.

Encendieron los tabacos y, frente a frente, sentados en el piso, las espaldas apoyadas en las paredes, casi rozándose las rodillas, fumaron en silencio. Vergara Grey inspiró el humo, lo soltó de a poquito hacia arriba y dejó una estela delgada.

– Chéjov -dijo entonces.

– ¿Maestro?

– Quería comentarte: Chéjov y su esposa están en un hotel de la costa francesa. Esa noche se siente muy mal, la mujer manda a buscar al médico, éste va, y cuando ve que Chéjov no tiene remedio y ya agoniza, llama a la recepción y pide que manden para arriba una botella del mejor charnpagne con tres vasos. ¿Es así o me equivoco?

– Igualito que como lo está contando, profesor.

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