El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Aún.
– Pp-para el matrimonio -tartamudeó ella.
Aquello pareció hacerle gracia. Jugueteó animado con los anillos que descansaban en sus dedos enguantados.
– Es un poco tarde para eso, ¿no te parece?
– Para la noche de bodas -aclaró.
Él retrocedió y sus oscuras cejas formaron un línea recta, tal vez un poco enojada.
– No -dijo sin más, pero no se movió para volver a abrazarla.
Kate intentó encontrar palabras que le ayudaran a él a entender, pero no era fácil; no estaba segura de entenderse a sí misma. Estaba casi convencida de que no la creería si le explicaba que no era su intencion haber hecho esta petición; sencillamente había surgido de su interior de forma repentina, producto de un pánico que, hasta aquel momento, ni siquiera sabía que estuviera ahí.
– No lo pido para siempre -explicó. Odiaba el temblor que oyó en sus palabras-. Sólo una semana.
Aquello atrajo la atención de Anthony, quien alzó una de sus cejas con expresión de ironía.
– Y, por favor, explícame, ¿qué esperas conseguir en una semana?
– No lo sé -respondió con toda sinceridad.
Anthony centró la mirada en los ojos de Kate, con dureza, intensidad y sarcasmo.
– Tendrás que ofrecerme algo mejor.
Kate no quería mirarle, no quería la intimidad a la que se veía forzada cuando estaba atrapada por aquella mirada oscura. Era fácil ocultar los sentimientos cuando ella podía mantener el enfoque en su mentón o en su hombro, pero cuando tenía que mirarle directamente a los ojos…
Le daba miedo que pudiera ver el interior de su alma.
– Ha sido una semana de muchísimos cambios en mi vida – empezó, y deseó saber a dónde quería ir a parar con esa afirmación.
– También para mí -comentó él con amabilidad.
– Para ti no tanto -respondió ella-. Las intimidades del matrimonio son algo nuevo para ti.
Un extremo de su boca formó una mueca algo arrogante.
– Le aseguro, milady, que nunca antes he estado casado.
– No me refiero a eso, y lo sabes.
No la contradijo.
– Es tan sencillo como que me gustaría disponer de un poco más de tiempo para prepararme – explicó Kate, y dobló los brazos sobre el regazo con gesto remilgado. Pero no podía tener los pulgares quietos: giraban con ansiedad, como prueba de su estado de nervios.
Anthony se la quedó mirando durante un buen rato, luego volvió a reclinarse hacia atrás en su asiento y apoyó el tobillo izquierdo con aire informal en su rodilla derecha.
– Muy bien -admitió.
– ¿De veras? -Kate se enderezó con sorpresa. No confiaba en que él capitulara con tal facilidad.
– Siempre que… -continuó él.
Kate se hundió. Debería haber sabido que habría algún imprevisto.
– … que me alecciones en una cuestión.
Ella tragó saliva.
– ¿Y de qué se trata, milord?
Él se inclinó hacia delante con ojos de diablo.
– ¿Cómo, con exactitud, tienes planeado prepararte?
Kate miró por la ventana, luego soltó un juramento ininteligible al percatarse de que ni siquiera habían entrado todavía en la calle de Anthony. No había manera de escapar a esta pregunta, estaría atrapada en el carruaje al menos durante cinco buenos minutos.
– B-bien -se atascó-, estoy segura de que no he entendido a qué te refieres.
Él soltó una risita.
– Yo tampoco estoy seguro.
Kate le miró con el ceño fruncido. No había nada peor que ser blanco de las bromas de alguien, y parecía especialmente inadecuado cuando eres una novia en el día de tu boda.
– Encima te diviertes conmigo – le acusó.
– No -dijo con algo que podría describirse como sonrisa lasciva-, me gustaría divertirme contigo. Hay ciertas diferencias.
– Me gustaría que no hablaras así -balbuceó ella-. Sabes que no te entiendo.
Él centró la mirada en la boca de Kate mientras sacaba la lengua para humedecerse los labios.
– Entenderías -murmuró Anthony- sólo con que te entregaras a lo inevitable y te olvidaras de tu tonta petición.
– No me gusta que me traten con condescendencia -dijo Kate en un tono tenso.
Los ojos de Anthony centellearon.
– Y a mí no me gusta que me nieguen mis derechos -replicó con voz fría. Su rostro era el duro reflejo del poder aristocrático.
– No estoy negando nada -insistió.
– Oh, ¿de veras? -arrastró las palabras sin nada de humor.
– Sólo pido un aplazamiento. Un aplazamiento breve, temporal, breve – repitió la palabra por si el cerebro de Anthony estuviera demasiado embotado por su resuelto orgullo varonil como para entenderla a la primera-. Sin duda no me negarás una petición tan sencilla.
– De nosotros dos -respondió con voz cortante- no creo que sea yo quien niega algo.
Tenía razón, caray con aquel hombre, y Kate no tenía ni idea de qué más podía decir. Sabía que llevaba todas las de perder con aquella petición imprevista; él tenía todo el derecho del mundo a echarse a su esposa sobre el hombro, arrastrarla hasta la cama y encerrarla en la habitación durante una semana si así le venía en gana.
Actuaba de un modo alocado, prisionera de su propia inseguridad… inseguridad que desconocía hasta que conoció a Anthony.
Durante toda su vida, siempre había sido la segunda: la segunda a la que miraban, la segunda a la que saludaban, la segunda a la que besaban en la mano. Como hija mayor, lo correcto hubiera sido que se dirigieran a ella antes que a su hermana pequeña, pero la belleza de Edwina era tan asombrosa, el azul puro y perfecto de sus ojos era tan impactante, que la gente se olvidaba de todo en su presencia.
Cuando presentaban a Kate a alguien, la respuesta habitual era un apurado «Por supuesto» y un saludo cortés murmurado mientras la mirada se escabullía de nuevo al rostro puro y resplandecien de Edwina.
A Kate nunca le había importado demasiado. Si Edwina hubiera sido una muchacha consentida o de mal carácter, tal vez habría resultado más difícil. Y para ser sinceros, la mayoría de hombres que conocían eran superficiales y tontos, o sea, que no le había importado que se molestaran en saludarla sólo después de hacerlo con su hermana.
Hasta ahora.
Quería que la mirada de Anthony se iluminara cuando ella entrara en la habitación. Quería que recorriera la multitud hasta encontrar su cara. No hacía falta que la amara -o al menos eso era lo que se repetía a sí misma-, pero quería desesperadamente ser la primera en recibir su afecto, la primera en su deseo.
Y tenía la espantosa impresión de que todo esto significaba que se estaba enamorando.
Enamorante de tu esposo… ¿quién habría pensado que podía ser un desastre?
– Ya veo que no tienes respuesta -dijo Anthony con calma.
El carruaje acabó por detenerse, a Dios gracias la libró de tener que responder. Pero cuando un lacayo con librea se adelantó con premura e intentó abrir la puerta, Anthony la cerró de nuevo de golpe sin apartar la mirada de ella ni por un instante.
– ¿Cómo, milady? -repitió.
– Como… -repitió Kate. Casi había olvidado qué le preguntaba.
– ¿Cómo -repitió una vez más, con una voz gélida como el hielo pero intensa y fervorosa como una llama- planeas prepararte para la noche de bodas?
– No… no lo he considerado aún -fue su respuesta.
– Eso pensaba. -Soltó la manilla de la puerta, y ésta se abrió de par en par. Aparecieron los rostros de dos lacayos que obviamente se esforzaban por no mostrar su curiosidad. Kate permaneció callada mientras Anthony la ayudaba a bajar y la llevaba hasta el interior de la casa.
El personal de la residencia estaba reunido en el pequeño vestíbulo de entrada, y Kate murmuró saludos a cada miembro que le presentó el mayordomo o el ama de llaves. El personal no era excesivo ya que la casa era pequeña según las costumbres de la aristocracia, pero las presentaciones tardaron sus buenos veinte minutos.