El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Con una mano reverente, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, luego los deslizó por su cuello hasta la piel tierna que se asomaba por encima del corpiño. Llevaba el vestido abrochado a la espalda por una fila enloquecedora de botones, pero ya casi había soltado una tercera parte, y ahora estaba lo bastante flojo como para deslizar el tejido sedoso sobre sus pechos.
En todo caso, parecían aún más hermosos que dos días antes. Sus pezones rosados coronaban unos pechos que sabía que se ajustaban a sus manos a la perfección.
– ¿Sin camisola? -murmuró en señal de apreciación mientras le pasaba un dedo por la línea prominente de su clavícula.
Negó con la cabeza, su voz sonó entrecortada al contestar:
– El corte del vestido no lo permitía.
Un lado de la boca de Anthony se elevó formando una sonrisa muy varonil.
– Recuérdame que envíe una gratificación a tu modista.
La mano bajó aún más, cogió uno de los pechos y lo apretujó con suavidad. Sintió que un gemido de deseo ascendía dentro de él mientras escuchaba un gimoteo similar que escapaba de los labios de Kate.
– Qué preciosidad -murmuró. Retiró la mano y se dedicó a acariciarla con la mirada. Nunca se le había ocurrido pensar que pudiera producir tanto placer el simple acto de contemplar a una mujer. Hacer el amor siempre había tenido que ver con tocar y saborear, y ahora, por vez primera, la vista resultaba igual de seductora.
Era tan perfecta, era tan absolutamente hermosa para él… Notó que le producía una sensación de satisfacción bastante extraña y primitiva el hecho de que la mayoría de hombres estuvieran ciegos a su belleza. Era como si cierto lado de ella sólo fuera visible para él. Le a encantaba que sus encantos quedaran ocultos al resto del mundo.
La hacía parecer más suya.
De repente estuvo ansioso porque ella le tocara también, de modo que le cogió una de las manos, todavía envuelta en el guante de satén y se la llevó al pecho. Pudo sentir el calor de su piel incluso a través del tejido, pero no era suficiente.
– Quiero sentirte -susurró, y luego le quitó los dos anillos que llevaba en el dedo anular. Los dejó en el hueco que formaban sus pechos, un espacio que quedaba poco profundo por su posición supina.
Kate jadeó y se estremeció con el contacto del frío metal contra su piel, luego observó con fascinación anhelante cómo Anthony se ocupaba del guante, tiraba con delicadeza de cada dedo hasta dejarlo suelto, luego escurría toda su largura por el brazo y lo sacaba de la mano. La ráfaga del satén fue como un beso interminable, y erizó el vello de todo su cuerpo.
Luego, con una ternura que casi le arranca las lágrimas, volvió a ponerle los anillos en el dedo, uno a uno, deteniéndose en medio para besar la sensible palma de su mano.
– Dame la otra mano -ordenó con ternura.
Lo hizo, y repitió la misma tortura exquisita, tiró y deslizó el satén por su piel. Pero esta vez, cuando acabó, llevó el dedo rosado de Kate a su boca, se lo metió entre los labios y lo lamió, rodeando la punta con la lengua.
Kate, como respuesta, sintió un tirón de deseo por todo el brazo que estremeció luego su pecho y se propagó por ella hasta acumularse ardiente y misterioso en su interior y entre sus piernas. Algo despertaba dentro de ella, algo oscuro y tal vez un poco peligroso, algo que había permanecido aletargado durante años, a la espera de un solo beso de este hombre.
Toda su vida había sido una preparación para este momento, ni siquiera sabía qué esperar a continuacion.
La lengua de Anthony descendió por la longitud interior de su dedo, luego siguió las líneas de la palma de la mano.
– Qué manos tan preciosas -murmuró mientras mordisqueaba la parte carnosa del pulgar y entrelazaba sus dedos con los de ella -. Fuertes, y no obstante tan graciosas y delicadas.
– Qué tonterías dices -dijo Kate con timidez-. Mis manos…
Pero él la calló con un dedo sobre los labios.
– Sshhh -reprendió-. ¿Aún no has aprendido que no deberías llevar la contraria a tu esposo mientras éste admira tus formas?
Kate tembló de deleite.
– Por ejemplo -continuó, con toda la malicia del mundo-, si quiero pasar una hora examinando el interior de tu muñeca -sus dientes, con velocidad de relámpago, rozaron la delicada y delgada piel del interior de la muñeca- está claro que estoy en mi derecho, ¿no te parece?
Kate se quedó sin respuesta, y él soltó una risita, de sonido grave y afable a los oídos de ella.
– Y no confíes en que no vaya a hacerlo -advirtió mientras empleaba el dedo para seguir las venas azules que pulsaban debajo de la piel-. Podría decidir pasar dos horas examinándote la muñeca.
Kate observó con fascinación cómo sus dedos, que la tocaban con suavidad estremecedora, avanzaban hasta el interior del codo y luego se detenían para trazar unos círculos sobre su piel.
– No me imagino -dijo con voz suave- que pueda pasar dos horas examinando tu muñeca sin encontrarla preciosa. -Su mano se desplazó entonces hasta el torso, empleó la palma para acariciar otra vez con suavidad el pecho-. Me sentiría muy dolido si no estuvieras de acuerdo.
Se inclinó hacia delante y atrapó los labios de Kate en un beso breve pero abrasador. Alzó la cabeza un par de centímetros y murmuró.
– A una esposa le corresponde aceptar todo lo que diga su esposo, ¿mmm?
Sus palabras eran tan absurdas que a Kate le costó encontrar la voz.
– Si sus opiniones le parecen bien a ella, milord -dijo con una sonrisa divertida.
Anthony arqueó una ceja con gesto imperioso.
– ¿Está discutiendo conmigo, milady? Y en mi noche de bodas ni más ni menos.
– También es mi noche de bodas -aclaró Kate.
Él chasqueó con la lengua y sacudió la cabeza.
– Tal vez tenga que castigarla -dijo-. Pero ¿cómo? ¿Tocando? -Sus manos pasaron rozando un pecho, luego el otro-. ¿O sin tocar?
Apartó las manos de su piel, pero se inclinó hacia abajo y, desde sus labios fruncidos, lanzó un suave soplido por encima del pezón.
– Tocando -respondió Kate con un jadeo. Arqueó un poco el cuerpo separándose del colchón-. Sin duda tocando.
– ¿Seguro? -Sonrió, despacio, como un gato-. Nunca había pensado que diría esto, pero sin tocar tiene su encanto.
Kate se quedó mirándole y él se elevó sobre ella colocándose a cuatro patas como un cazador primitivo que se prepara caer para sobre su presa. Parecía salvaje, triunfante y poderosamente posesivo. Su espeso pelo castaño caía sobre su frente, y le daba un peculiar aire juvenil, pero sus ojos ardían y relucían con un deseo muy adulto.
La quería. Era cautivador. Aunque fuera un hombre que podía encontrar satisfacción en cualquier mujer, en este preciso instante la deseaba a ella. Kate estaba convencida.
Y la hacía sentir la mujer más hermosa de la Tierra.
Envalentonada por el conocimiento de su deseo, alzó un brazo para colocarle una mano en la nuca y atraerle hacia abajo hasta que sus labios quedaron a un susurro de los de ella.
– Bésame -ordenó, sorprendida por el tono imperioso de su voz-. Bésame ahora.
Anthony sonrió con vaga incredulidad, pero sus palabras, en el último segundo antes de que se encontraran sus labios fueron:
– Lo que usted desee, lady Bridgerton. Lo que usted desee.
Y entonces todo pareció suceder de inmediato. Los labios de Anthony sobre los de Kate, devorando y martirizando, mientras la levantaba para dejarla sentada. Sus dedos se ocuparon con destreza de los botones del vestido. Kate pudo notar el fresco roce del aire en la piel cuando el tejido se deslizó hacia abajo, centímetro a centímetro dejando al descubierto la caja torácica, luego el ombligo y luego…