El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
No lo hallaron hasta media mañana. Se detuvieron sólo el tiempo suficiente para acomodar a sus amigos heridos en las parihuelas y cubrirlos con mantas y lona impermeable. Richard comprobó con satisfacción que el arreglo funcionaba muy bien; no frenaba su marcha y, gracias al barro, las parihuelas se deslizaban sin problemas. Él y Kahlan comieron su almuerzo encima de los caballos, compartiendo los alimentos al tiempo que cabalgaban uno junto a otro. Avanzaron bajo la lluvia y sólo se pararon para echar un vistazo a Zedd y a Chase.
Llegaron a su destino antes de caer la noche. Puerto Sur no era más que un grupo de edificios destartalados y casas que se levantaban torcidas entre robles y hayas, casi como si dieran la espalda al camino para eludir preguntas y miradas honestas. Ninguna parecía haber recibido nunca una capa de pintura. Algunas habían sido remendadas con parches de hojalata, sobre los que la continua lluvia repiqueteaba. En el centro de la ciudad había una tienda de suministros y, a su lado, un edificio de dos plantas. Un letrero toscamente tallado proclamaba que era la taberna, pero en él no figuraba ningún nombre. La luz amarilla de las lámparas que se filtraba por las ventanas de la planta baja era la única nota de color que rompía el gris del día y de los edificios. Tambaleantes montones de basura se apilaban contra un costado del edificio, y la casa vecina se inclinaba en solidaridad con la pila de inmundicias.
—No te separes de mi lado —dijo Richard al desmontar—. Los hombres de por aquí son peligrosos.
—Estoy acostumbrada a los de su ralea —replicó Kahlan con una extraña sonrisa en una comisura de los labios.
Richard se preguntó qué habría querido decir pero se abstuvo de preguntar.
Las conversaciones enmudecieron cuando Richard y Kahlan traspusieron la puerta, y todos se volvieron a mirarlos. La taberna era lo que Richard ya se esperaba. Las lámparas de aceite iluminaban una sala en la que flotaba el acre y espeso humo de pipa. Las mesas, dispuestas sin orden ni concierto, eran toscas; algunas simples tableros colocados sobre barriles. No había sillas, sólo bancos. A la izquierda se veía una puerta cerrada que probablemente conducía a la cocina. A la derecha, en las sombras, se veía una escalera sin pasamanos que llevaba a las habitaciones de los huéspedes. En el suelo, moteado con manchas oscuras y salpicaduras, se abrían pasillos entre los desperdicios.
Los parroquianos eran un hatajo de tipos duros; tramperos y aventureros. Casi todos eran fornidos y muchos llevaban una barba desaliñada. El lugar olía a cerveza, humo y sudor.
Kahlan se mantenía muy erguida y con gesto altivo a su lado. No era una mujer que se dejara intimidar fácilmente. Richard pensó que, tal vez, en esta ocasión sí debería sentirse intimidada. La mujer resaltaba entre aquella chusma como un anillo de oro en el dedo de un mendigo. Su modo de conducirse resaltaba aún más el patético aspecto del local.
Cuando se retiró la capucha de la capa, los hombres esbozaron muecas que dejaron al descubierto una colección de dentaduras torcidas y con huecos. Las hambrientas miradas de los hombres contradecían sus sonrisas burlonas. Richard deseó que Chase estuviera despierto.
El alma se le cayó a los pies al darse cuenta de que habría problemas.
Un hombre corpulento se acercó a ellos. Llevaba una camisa sin mangas y un delantal que parecía que nunca hubiese sido blanco. La parte superior de la cabeza, que había sido afeitada, relucía y reflejaba la luz de las lámparas, mientras que el encrespado vello negro de los brazos rivalizaba con el de la barba. El hombre se limpió las manos en un mugriento trapo, que después se colocó sobre un hombro.
—¿Puedo hacer algo por vosotros? —preguntó en tono seco. Esperó haciendo rodar un palillo en la boca con la lengua.
—¿Hay algún curandero en esta ciudad? —preguntó Richard. Con el tono de voz y la mirada informó al tabernero de que se enfrentaría a los camorristas.
—No —respondió el hombre, fijando primero los ojos en Kahlan y después otra vez en Richard.
El joven reparó en que, a diferencia de los demás hombres, el tabernero no miraba a Kahlan con lujuria. Era un dato importante.
—Entonces quisiéramos una habitación. Fuera hay dos amigos que están heridos —añadió, bajando la voz.
—No quiero problemas. —El tabernero se sacó el palillo de la boca y se cruzó de brazos.
—Y yo tampoco —replicó Richard, en tono deliberadamente amenazador.
El hombre calvo examinó a Richard de la cabeza a los pies, deteniéndose por un momento en la espada. Con los brazos aún cruzados, evaluó la mirada del joven.
—¿Cuántas habitaciones quieres? Estoy casi hasta los topes.
—Con una bastará.
Un hombretón se puso en pie en el centro de la sala. Tenía una greñuda mata de pelo rojizo y unos ojos demasiado juntos, de mirada malvada. La parte delantera de su espesa barba estaba húmeda de cerveza y llevaba una piel de lobo sobre un hombro. Una mano descansaba en la empuñadura de un largo cuchillo.
—La zorra que te acompaña parece de las caras, chico —dijo—. Supongo que no te importará que subamos a tu habitación y la compartamos contigo.
Richard lo fulminó con la mirada. Sabía que ese reto sólo podía saldarse con sangre. Sin apartar la mirada del hombretón se llevó una mano hacia la espada, lentamente. La cólera se apoderó de él antes incluso de que sus dedos se cerraran alrededor de la empuñadura. Ese día tendría que matar a otros hombres.
A muchos.
La mano de Richard se cerró con fuerza sobre el trenzado, hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Kahlan le tiró con fuerza de la manga derecha y pronunció su nombre en voz baja, haciendo una inflexión en la última sílaba, tal como su madre solía hacer para advertirle que se mantuviera alejado de algo. El joven la miró furtivamente. Kahlan dirigió al pelirrojo una seductora sonrisa.
—Me parece que lo habéis entendido mal, muchachos —dijo con voz ronca—. Veréis, hoy es mi día libre. Soy yo quien ha contratado los servicios de él por una noche. —Con estas palabras dio una buena palmada a Richard en el trasero. Éste se quedó paralizado por la sorpresa. La mujer se pasó la lengua por el labio superior mientras miraba al camorrista—. Pero si no se gana lo que le he pagado, tú serás el primero al que acudiré. —Kahlan sonrió lasciva.
Se hizo un silencio total. Richard luchó con todas sus fuerzas para resistir el impulso de desenvainar la espada. Con la respiración contenida esperó a ver el cariz que tomaban los acontecimientos. Kahlan seguía sonriendo a los hombres de un modo que encolerizaba aún más al joven.
La vida y la muerte se tomaron las medidas en los ojos del hombre de cabello bermejo. Nadie se movía. Finalmente sus labios dibujaron una amplia sonrisa y prorrumpió en carcajadas. Todos los demás se pusieron a silbar, gritar y reír. El hombre se sentó y los demás parroquianos empezaron de nuevo a hablar, sin hacer caso de Richard y Kahlan. El joven soltó un suspiro. El tabernero hizo con ellos un pequeño aparte y dirigió a Kahlan una sonrisa de respeto.
—Te doy las gracias, señora. Me alegro de que tu cabeza sea más rápida que la mano de tu amigo. Es posible que este local os parezca muy poca cosa, pero es mío, y tú, señora, acabas de impedir que quede destrozado.
—Ha sido un placer —respondió Kahlan—. ¿Tienes una habitación para nosotros?
—Hay una arriba, al final del pasillo a la derecha —dijo el tabernero, volviendo a meterse el palillo en una esquina de la boca—. La puerta tiene cerrojo.
—Tenemos dos amigos fuera —intervino Richard—. Necesitaré ayuda para subirlos.
—No es buena idea que esa panda vea que cargáis con heridos —dijo el tabernero señalando con la cabeza a la sala llena de hombres—. Vosotros id a la habitación, como ellos esperan. Mi hijo está en la cocina. Él y yo subiremos a vuestros amigos por las escaleras de atrás para que nadie los vea. —A Richard no le gustó la idea—. Confía un poco en mí, amigo —dijo el tabernero en voz baja—, o tus compañeros lo pasarán mal. Por cierto, me llamo Bill.