La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
– Escuchad -les dije a los dos guerreros-, ambos me habéis demostrado ser valientes y dignos de confianza, por eso quiero pediros algo.
– Lo que quieras, Ramón -dijo Ricard.
– Espera hasta que escuches lo que quiero pedirte -le corté; y señalé hacia los jinetes gog-. Esos lobos nos van a alcanzar muy pronto, y quiero que me juréis que no vais a permitir que me cojan con vida. No quiero pasar otra vez por el mismo horror.
Ricard y el búlgaro me miraron aterrorizados.
– No podemos hacer eso -protestó Ricard-. Juramos a Roger, antes de separarnos de él, que protegeríamos tu vida con la nuestra. No puedes pedirnos eso.
– Lo haremos -dijo Sausi Crisanislao.
Ricard levantó la cabeza hacia el enorme búlgaro y dijo:
– ¡Maldito seas! ¿Por qué dices eso?
– Porque es verdad. Y tú harás lo mismo por mí… Y yo por ti.
– Pero Roger nos ordenó…
– Roger no está aquí -concluyó Sausi que era hombre de pocas palabras.
Ricard rezongó un poco, pero acabó por aceptar mi juramento.
– Dime una cosa -me preguntó, al cabo de un rato-, ¿por qué no nos dejaste acabar con las vidas de esos perros traidores de sarracenos?
– Fueron engañados por Ibn-Abdalá.
– ¿Y eso qué importa? -protestó Ricard-. ¡Pretendían traicionarnos!
– Es posible, pero si los matamos, y si por ventura conseguimos regresar a la ciudad, sus compañeros nunca creerán la verdad de lo sucedido.
– ¿Y qué? -Ricard se encogió de hombros-; los liquidamos a todos y en paz.
Yo sonreí y dije:
– No creo que las gentes de Apeiron te permitieran hacer eso.
– Puede que sí y puede que no…
Ricard se detuvo en mitad de su frase. Un nuevo estallido había hecho crujir horriblemente la estructura de metal haciendo saltar trozos de vigueta por todos lados.
¿Qué había sucedido? Nuestra altura era ya tan escasa que nos habíamos estrellado contra las ramas más altas de un árbol reseco y solitario.
La estructura gimió, y lo que quedaba de la nave dio un violento bandazo.
Yo perdí mi punto de apoyo, y caí al vacío.
Sausi intentó cogerme, estirando su enorme cuerpo cuanto pudo, pero no le fue posible.
Rodé por el suelo, que era bastante plano y lleno de matorrales que amortiguaron el impacto. Pero mis huesos eran ya tan débiles como el cristal, y mientras rodaba noté claramente cómo mi antebrazo se partía con un chasquido.
Vi lucecitas bailando frente a mis ojos, y apenas logré ponerme en pie con dificultad, sujetándome con la mano mi brazo herido y apretando los dientes para soportar el dolor, notando las aristas de hueso arañándome la carne desde dentro.
A lo lejos, la nube de polvo indicaba dónde estaban los jinetes, y pude distinguir ya sus negras siluetas.
Una mano se posó en mi hombro. Me volví, para encontrarme enfrentado al enorme torso del búlgaro.
– ¡Sausi! -exclamé.
Por encima del hombro del gigante, los lastimosos restos de la Salaminia se alejaban arrastrados por el viento, y vi a Ricard en el mismo borde de la pasarela mirarnos indeciso.
Finalmente saltó, y tras él saltaron varias figuras con armadura roja. Liberada del peso de aquellos valientes, los restos de la nave se elevaron un poco y siguieron alejándose de nosotros.
Ricard llegó el primero, sonriente, cortando los matorrales con su espada. Tras él iban Mirina y diez de los dragones rojos de la ciudad.
– Ellos son un centenar o más -dije con expresión abatida. El dolor del brazo estaba a punto de hacerme perder el sentido-. No habéis actuado con inteligencia dividiendo vuestras tropas, capitán.
Mirina se encogió de hombros y dijo:
– Cualquier sitio es bueno para morir.
Dos de los dragones les ofrecieron a Ricard y Sausi sus pyreions; pero éstos las rechazaron.
Me llevaron junto al tronco reseco del árbol contra el que habíamos chocado, donde podría protegerme de las flechas de los gog. Los dragones formaron un semicírculo defensivo a mi alrededor, mientras Ricard y Sausi se situaban a mis flancos, con sus espadas desenvainadas y trazando amenazadoras líneas en el aire.
Agotado, me dejé caer de rodillas. Alcé la vista y sentí como si las retorcidas ramas del árbol, las nubes, y el cielo giraran locamente en torno a mí. ¿Era ése el lugar elegido por el Señor para mi final?
A través de las piernas sentí ascender la vibración creciente del centenar de jinetes diabólicos que se nos venían encima. Luego escuché claramente sus aullidos de guerra.
– Ahí los tenemos -dijo Mirina con asombrosa tranquilidad.
Junto a mí, Ricard, gritó con fuerza:
– ¡Desperta ferro! ¡Aragón, Aragón!
Con su habitual flema, Sausi no dijo nada, pero su cuerpo se tensó como el de un león dispuesto para la lucha.
A lo lejos se distinguía ya una primera línea de jinetes gog; erguidos sobre sus pequeñas monturas, sus retorcidos arcos listos para ser disparados.
Siguieron avanzando, durante un interminable instante, antes de que una lengua de fuego surgiera de las armas de los dragones y se estrellara como una ola flamígera contra los jinetes.
Escuché el horrible aullido agónico de los gog y sus bestias mezclarse; y vi cómo aquella primera fila de jinetes gog continuaba su carrera envuelta en llamas, con el pelo de los caballos y el que cubría sus cuerpos ardiendo salvajemente. Las flechas que estaban preparadas para ser disparadas antes de que la llamarada les alcanzase, salieron erráticas de los arcos llameantes, como flechas de fuego, dejando tras de sí un rastro de humo negro. Algunas se clavaron en el tronco del árbol, y allí siguieron consumiéndose.
La carrera de los jinetes envueltos en llamas no se detenía, y me pregunté por qué. Los pobres animales siguieron trotando hacia nosotros, movidos por la loca inercia de su larga carrera, mientras los tendones de sus patas se carbonizaban. Finalmente, la mayoría se derrumbó a un par de varas frente a la fila de dragones, y allí formaron grandes montones llameantes que soltaban un humo negro y aceitoso, con un repulsivo olor a carne quemada que llegó rápidamente hasta mis narices.
La segunda fila de jinetes, aprendida la lección del tipo de enemigo que tenían delante, hizo un quiebro, y mantuvo las distancias con el semicírculo de dragones.
Empezaron a cabalgar alrededor del árbol reseco, dirigiendo sus monturas sólo con las piernas, y con las manos libres tensaban sus arcos y disparaban.
Los dragones extendieron su fila hasta convertir el semicírculo defensivo en un círculo completo en torno al árbol y proteger así a los tres que no llevábamos armadura.
Una flecha rebotó inútil contra la coraza roja de uno de los dragones. Como respuesta, otro de los dragones apuntó con su pyreion e hizo fuego. Un gog cayó entonces de su montura, y rebotó aparatosamente contra el suelo.
El tanteo concluyó así. Los gog habían aprendido que desde aquella distancia no podían atravesar las armaduras de los dragones, y que ellos, en cambio, sí que podían alcanzarles con sus armas de pólvora. Si realizaban otra carga, se expondrían a morir achicharrados por el fuego griego, igual que sus compañeros.
¿Qué iban a hacer a continuación?
Tuve la respuesta al instante; con un aullido bestial, todos los jinetes gog se lanzaron a la vez, ciegamente, al ataque.
Chorros de líquido ardiente volvieron a surgir de la fila de dragones para ir a estrellarse contra la vanguardia de los gog, que rodó por el suelo envuelta en llamas. Pero la segunda fila de jinetes saltó sobre los cadáveres llameantes de sus compañeros y recibió su propia ración de fuego griego.
Pero ya estaban muy cerca de los dragones. Contemplé horrorizado cómo un gog y su caballo, convertidos en una bola de fuego, se estrellaron contra el centro de la fila de dragones, derribando y envolviendo en llamas a varios de éstos. Los dragones alcanzados se pusieron de pie aturdidos, convertidos en antorchas humanas.