El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
A la izquierda, se alzaba una pequeña vitrina de mercancía. El negocio de Van Corvaire se realizaba sólo por cita previa; sus joyas se diseñaban sólo por encargo para los muy ricos e ignorantes, personas que estimaban necesario comprar collares de cien mil dólares para lucirlos en cenas benéficas a mil dólares el cubierto y eran incapaces de captar la ironía.
La pared del fondo era un inmenso espejo en donde Corvaire se contempló con evidente satisfacción mientras atravesaban el aposento. Apenas apartó los ojos de su persona hasta que atravesó la puerta que daba al taller.
Bobby se preguntó si aquel tipo no estaría tan cautivado por su imagen que acabaría dándose de narices con ella. No le gustó Jim Bob van Corvaire, pero el conocimiento sobre piedras preciosas y joyería que tenía ese pelele narcisista solía ser de utilidad.
Hacía ya bastantes años, cuando Dakota amp; Dakota Investigations era sólo Dakota Investigations sin el signo amp; ni la redundancia (mejor sería no exponerlo así delante de Julie porque celebraría el ingenioso juego de palabras pero le haría tragarse lo de la redundancia), Bobby había ayudado a Corvaire a recuperar una fortuna en diamantes sin montar robados por una amante. El viejo Jim Bob había querido, desesperadamente, recobrar sus gemas pero no que la mujer fuera encarcelada, así que recurrió a Bobby en lugar de ir a la Policía. Éste era el único punto flaco que Bobby había visto en Corvaire; sin duda, el joyero se había encallecido también al respecto con el paso de los años.
Bobby sacó del bolsillo una de las piedras rojas semejantes a canicas. Vio cómo se dilataban los ojos del joyero.
Mientras Clint se plantaba a su lado y Bobby miraba por encima de su hombro, Van Corvaire se sentó en un taburete alto ante el banco de trabajo y examinó con una lupa la piedra sin tallar. Luego la colocó sobre el portaobjetos de un microscopio y la estudió con el potente instrumento.
– ¿Qué le parece? -preguntó Bobby.
El joyero no contestó. Se levantó, los apartó con el codo y fue a otro taburete, también frente al banco de trabajo. Allí utilizó una balanza para pesar la piedra, y otra para determinar si su peso específico era comparable al de otras gemas conocidas.
Por fin se trasladó a un tercer taburete que estaba situado frente a un torno. Abrió un cajón y sacó un estuche circular en donde había tres grandes gemas talladas sobre un terciopelo azul.
– Diamantes defectuosos -dijo.
– A mí me parecen bonitos -opinó Bobby.
– Demasiadas manchas.
Escogió una de las piedras y la apresó en el torno dando un par de vueltas a la manivela. Luego con unas pinzas pequeñas cogió la belleza roja y empleó una de sus aristas cortantes para rascar la faceta pulida del diamante en el torno, haciendo una presión considerable. Entonces dejó a un lado las pinzas y la piedra roja y, cogiendo otra lupa de joyero, se inclinó hacia delante y examinó el diamante defectuoso.
– Un leve rasguño -dijo-. El diamante corta al diamante. -Sostuvo la piedra roja entre pulgar e índice escudriñándola con evidente fascinación… y codicia-. ¿Dónde consiguió esto?
– No puedo decírselo -contestó Bobby-. ¿Así que es sólo un diamante rojo?
– ¿Sólo? ¡Tal vez el diamante rojo sea la piedra preciosa más rara del mundo! Debe permitirme usted que lo comercialice. Tengo clientes que pagarían cualquier cosa por tener esto como piedra central de un collar o pendentif. Probablemente será demasiado grande para una sortija, incluso después de la talla final. ¡Es inmenso!
– ¿Cuánto vale? -preguntó Clint.
– Imposible decirlo hasta que lo talle. Por lo pronto, millones.
– ¿Millones? -exclamó, dubitativo, Bobby-. Es grande pero no tanto.
Al fin Van Corvaire consiguió apartar su mirada de la piedra y contempló a Bobby.
– Usted no lo entiende. Hasta ahora, ha habido sólo siete diamantes rojos conocidos en el mundo. Éste es el octavo. Y cuando lo talle será uno de los dos mayores. No hay nada que se acerque tanto a lo inestimable como esto.
Fuera de la pequeña tienda de Archer van Corvaire, donde la densa circulación rugía por la autopista Costa del Pacífico con relampagueos frenéticos de la luz solar reflejándose en el cromo y el cristal, resultó difícil creer que la quietud de Newport Harbor, con su carga de hermosos yates, estaba poco más allá de los edificios al otro lado de la concurrida vía. En un momento de inspiración súbita, Bobby vislumbró que su vida entera (y quizá la de cada cual) era como aquella calle en aquel instante preciso del tiempo: todo barullo y estruendo, fulgor y movimiento, un esfuerzo desesperado por salirse del rebaño, por alcanzar algo y trascender el remolino frenético del comercio, alcanzando así un respiro para la reflexión y una inyección de serenidad…, cuando la serenidad estaba sólo a pocos pasos de allí, al otro lado de la calle pero fuera de la vista.
Aquel atisbo contribuyó a reforzar la impresión, hasta entonces sutil, de que el caso Pollard era una trampa; o para exponerlo con más exactitud, una jaula de ardillas que giraba cada vez más aprisa, aunque él luchara frenéticamente por asentarse sobre su suelo giratorio. Durante unos segundos, Bobby permaneció inmóvil ante la puerta abierta del coche sintiéndose atrapado, enjaulado. En aquel instante no supo explicarse por qué, y a despecho de los evidentes peligros, había mostrado tanta ansiedad por asumir los problemas de Frank y arriesgar todo cuanto él quería. Ahora supo que las razones enumeradas a Julie…, simpatía por Frank, curiosidad y la emoción inherente a un tipo de trabajo diferente y disparatado…, eran meras justificaciones, no razones, y que su verdadera motivación significaba algo todavía incomprensible para él.
Desanimado y desconcertado, subió al coche mientras Clint ponía en marcha el motor.
– Escucha, Bobby, ¿cuántos diamantes dirías que hay en el tarro? ¿Un centenar?
– Más. Dos centenares.
– Que valdrán cientos de millones, ¿no?
– Tal vez mil millones, o más.
Durante un rato se miraron sin hablar. Y no porque las palabras no fueran propias de la situación, sino más bien porque había demasiado que decir y no resultaba fácil determinar cuál debía ser el comienzo.
Por fin, Bobby dijo:
– Pero las piedras no se pueden convertir en metálico, por lo menos no muy de prisa. Es preciso introducirlas en el mercado con cuentagotas durante muchos años, no sólo para impedir una mengua súbita de su rareza y valor, sino también para evitar el sensacionalismo, atraer una atención no solicitada y haber de responder a algunas preguntas sin respuesta posible.
– Después de haber explotado las minas de diamantes durante centenares de años en el mundo entero sin encontrar más que siete diamantes rojos…, ¿dónde diablos encontró Frank un tarro lleno?
Bobby sacudió la cabeza y no respondió.
Clint echó mano al bolsillo de los pantalones y sacó un diamante más pequeño que el que Bobby había llevado a tasar a Archer van Corvaire.
– Me llevé éste a casa para enseñárselo a Felina. Cuando llegué a la oficina quise devolverlo al tarro, pero tú me diste prisa y dejé escapar la oportunidad. Ahora que conozco su valor no quiero tenerlo en mi poder ni un minuto más.
Bobby cogió la piedra y la guardó en el bolsillo junto con el diamante mayor.
– Gracias, Clint.
El despacho del doctor Dyson Manfred en su casa de Turtle Rock era el lugar más incómodo que Bobby había visto jamás. Se había sentido más feliz la semana pasada, aplastado contra el suelo de la furgoneta para evitar ser hecho añicos por el fuego de armas automáticas, que entre los bichejos repulsivos y exóticos del doctor Manfred, con sus múltiples patas y caparazones, antenas y mandíbulas.