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El Lugar Maldito

Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:

Frank Pollard despierta en un callejón sin saber más que su nombre y que una oscura fuerza diabólica lo persigue para darle muerte. Abocado a una amnesia impenetrable acude al matrimonio de detectives Dakota para que investiguen su pasado. Bobbie y Julie se enfrentarán al caso más extraño de su carrera para acabar descubriendo que en el mundo de los vivos hay lugares más horrorosos que en el reino de los muertos.
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
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Bobby miró al presunto luchador irlandés de sumo pero el hombre no se movió de su butaca ni habló, de modo que no debía de ser el tal geólogo.

Manfred explicó lo que Bobby y Clint sabían ya: que aquellos diamantes escarlata figuraban entre las cosas más raras de la tierra…, mientras que ellos fingieron que todo aquello les parecía insólito.

– Ese descubrimiento fortaleció mis sospechas sobre la criatura, así que me fui derecho a la casa del doctor Gavenall y le desperté hacia las dos de la madrugada. Se puso un chándal y nos vinimos en seguida aquí, y aquí estamos desde entonces trabajando juntos e incapaces de dar crédito a nuestros ojos.

Por fin, el hombre robusto se levantó y avanzó hacia la mesa.

– Roger Gavenall -dijo Manfred, a modo de presentación-. Roger es genetista, un especialista en el ADN y muy conocido por sus proyecciones creativas de ingeniería genética a escala macroscópica que podrían significar un progreso concebible desde los conocimientos ordinarios.

– Lo siento -dijo Bobby-, pero me he perdido en «Roger es…» Temo que necesitaremos más de ese lenguaje profano.

– Soy genetista y futurista -explicó Gavenall. Extrañamente su voz era melódica, como la de un presentador de televisión dirigiendo un concurso-. Casi toda la ingeniería genética para un futuro previsible tendrá lugar a escala microscópica…, creando bacterias nuevas y útiles, reparando genes defectuosos en las células de los seres humanos para corregir las flaquezas hereditarias y atajar las enfermedades hereditarias. Pero algún día podremos crear especies inéditas de animales e insectos…, ingeniería a escala macroscópica; cosas útiles como voraces consumidores de mosquitos que eliminarán la necesidad de fumigar con Malathion las regiones tropicales, como Florida. Vacas cuyo tamaño será tal vez la mitad del de las vacas actuales y cuyo metabolismo será más eficiente, así que requerirán menos alimento y producirán mucha más leche.

Bobby quiso sugerir a Gavenall que considerara la posibilidad de combinar los dos inventos biológicos para producir una vaca pequeña que comiera cantidades ingentes de mosquitos y diera tres veces más leche. Pero mantuvo cerrada la boca, por estar seguro de que ninguno de los dos científicos apreciaría esa vena humorística. De cualquier modo, hubo de admitir que su inclinación a bromear con aquello fue un intento para disipar su profundo temor ante el creciente misterio del caso Pollard.

– Esta cosa -dijo Gavenall señalando el desmembrado bicho en la bandeja- no es nada creado por la Naturaleza. A todas luces es una forma de vida «construida», tan asombrosamente funcional en cada aspecto de su biología que resulta ser ante todo una máquina biológica. Una excavadora de diamantes.

Usando un fórceps y el bisturí, Dyson Manfred dio la vuelta al insecto que no era insecto para que pudieran ver el caparazón negro azabache orillado de marcas rojas. Bobby creyó oír movimientos sigilosos en muchas partes del despacho y deseó que Manfred dejara entrar luz del sol en la habitación, pues las ventanas estaban cubiertas por persianas interiores de madera, cuyas tablillas estaban completamente cerradas. A los bichos les gustaban la oscuridad y las sombras, y aquellas lámparas no parecían lo suficientemente resplandecientes para coartarles e impedirles escurrirse fuera de los cajones planos para pasearse por sus zapatos, trepar por sus calcetines y meterse en las perneras de su pantalón.

Dejando colgar su vientre pendular sobre la mesa y señalando el orillo carmesí del caparazón, Gavenall dijo:

– Alentados por un presentimiento que compartimos Dyson y yo, mostramos una copia de este dibujo a un colega en el departamento de matemáticas, quien confirmó que esto es un código binario evidente.

– Como el código universal de productos que aparece en todo cuanto compramos en los ultramarinos -explicó el entomólogo.

– ¿Quiere decir usted que estas marcas rojas son el número del bicho? -preguntó Clint.

– Sí.

– ¿Como…, bueno, como una matrícula de coche?

– Más o menos -dijo Manfred-. No hemos cogido todavía un fragmento del material rojo para analizarlo, pero sospechamos que resultará ser una materia cerámica pintada en el caparazón mediante un procedimiento u otro, por ejemplo rociándolo.

– En algún lugar hay numerosas cosas de éstas excavando laboriosamente para buscar diamantes, diamantes rojos, y cada una lleva un número codificado de serie que identifica a quienquiera que las creara y las pusiera a trabajar -explicó Gavenall.

Durante un momento, Bobby forcejeó con aquel concepto intentando encontrar algún modo de verlo como una parte del mundo en que vivía, pero no lo halló.

– Vale, doctor Gavenall, usted mismo es capaz de concebir criaturas construidas así…

– Yo no puedo haber concebido esto -replicó, inconmovible, Gavenall-. Jamás se me habría ocurrido. Sólo puedo reconocerlo como lo que es, como lo que debe ser.

– Está bien. No obstante, usted lo reconoce como lo que debe de ser, es decir, algo que ni Clint ni yo podríamos haber hecho. Así que ahora dígame: ¿quién podría hacer algo como esta maldita cosa?

Manfred y Gavenall cambiaron una mirada significativa y guardaron silencio durante un rato como si conocieran la respuesta a esa pregunta pero no quisieran divulgarla. Por fin, bajando la voz de presentador de concursos hasta darle un tono más melifluo, Gavenall dijo:

– El conocimiento sobre ingeniería genética requerido para producir esta cosa es todavía inexistente. Distamos aún mucho de poder…, poder…, distamos mucho.

– ¿Cuánto tiempo habrá de pasar para que el avance de la ciencia haga posible esta cosa? -dijo Bobby.

– No hay forma de dar una respuesta concreta -contestó Manfred.

– Conjetúrenlo.

– ¿Décadas? -sugirió Gavenall-. ¿Un siglo? ¡Quién sabe!

– Aguarde un minuto -saltó Clint-. ¿Qué está usted diciéndonos? ¿Que esta cosa proviene del futuro? ¿Que mediante alguna…, alguna deformación del tiempo ha llegado del próximo siglo?

– Eso, o bien… que no proviene en absoluto de este mundo -dijo Gavenall.

Aturdido, Bobby miró el bicho con no menos repugnancia, pero mostrando bastante más asombro y respeto que antes.

– ¿Creen ustedes de verdad que esto podría ser una máquina biológica creada por la gente de otro mundo? ¿Un artefacto alienígena?

Manfred movió los labios pero no emitió ningún sonido, como si pensar sobre lo que iba a decir le hubiese dejado sin habla.

– Sí -asintió Gavenall-, un artefacto alienígena. Eso me parece más probable que la posibilidad de que nos llegara dando tumbos atravesando algún agujero en el tiempo.

Mientras Gavenall hablaba, Dyson Manfred continuó moviendo la boca en un intento vano de romper el silencio que le atenazaba; sus agitadas mandíbulas le dieron el aspecto de una mantis religiosa masticando un horripilante almuerzo. Cuando las palabras le brotaron al fin, llegaron en avalancha:

– Quede bien entendido que no les devolveremos éste espécimen. Como científicos seríamos verdaderos insensatos si permitiésemos que esta cosa increíble permaneciera en manos de profanos; debemos protegerla y preservarla, y así será aunque hayamos de hacerlo por la fuerza.

La actitud desafiante enrojeció el rostro pálido y angular del entomólogo dándole un aspecto saludable por primera vez desde que Bobby lo había conocido.

– Incluso por la fuerza -repitió.

Bobby tuvo la certeza de que él y Clint podrían zurrar a aquel palillo humano y a su rotundo colega. Pero no había ninguna razón para hacerlo. No le importaba que ellos guardaran la cosa en la bandeja de laboratorio…, siempre y cuando se atuvieran a unas simples reglas básicas sobre la forma y fecha de hacer público aquel asunto.

Todo cuanto quería hacer de momento era abandonar aquel insectario y salir al sol y al aire fresco. El siseo proveniente de los cajones de especimenes, aun siendo imaginario, se hizo cada vez más sonoro y frenético. Su entomofobia terminaría arrebatándole la poca razón que le quedaba y le haría lanzar alaridos por toda la habitación. Se preguntó si su ansiedad sería visible o si tenía el suficiente dominio de sí mismo para disimularla. Una gota de sudor resbalándole por la sien izquierda le dio la respuesta.

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