El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
Aunque aquella inmutabilidad inalterable pudiera ser ficticia, su talento para los ordenadores era auténtico, sin lugar a dudas. Cuando Julie hubo concluido su versión resumida de los últimos acontecimientos, Lee dijo:
– Vale. Y ahora, ¿qué necesitas de mí? -No había la menor duda por parte de ambos de que, a su debido tiempo, él podría proporcionarle lo que ella solicitara.
Julie le entregó un bloc de taquigrafía. Sus diez primeras páginas tenían en doble columna números de serie de billetes.
– Éstos son muestras escogidas al azar de los billetes de las bolsas que le guardamos a Frank. ¿Puedes averiguar si es dinero sucio…, robado…, tal vez producto de una extorsión o el pago de un rescate?
Lee hojeó aprisa las listas.
– ¿No hay números consecutivos? Eso lo hará más difícil. Por lo general, los polis no tienen un registro de los números de serie del dinero robado, a menos que sean billetes flamantes que estén todavía formando paquetes y tengan números consecutivos…, vamos, recién salidos de la prensa.
– La mayor parte de ese papel moneda ha circulado lo suyo.
– Hay una lejana probabilidad de que corresponda a un rescate o a una extorsión, como has dicho. Entonces los polis anotarían todos los números antes de que la víctima soltara la pasta, por si el delincuente lograra escapar. Parece estar bastante negro, pero lo intentaré. ¿Qué más?
– En Garden Grove -dijo Julie-, una familia entera apellidada Farris fue asesinada el año pasado.
– Por culpa mía -terció Frank.
Lee apoyó los codos sobre los brazos de su butaca, se apoyó y unió los dedos de ambas manos. Parecía un sapiente maestro Zen obligado a ponerse la ropa de un artista vanguardista por haberse confundido de maleta en el aeropuerto.
– Nadie muere de verdad, señor Pollard. Simplemente se va de aquí. La manifestación de dolor es algo bueno, pero la de culpabilidad es inútil.
Aunque Julie conocía a pocos fanáticos del ordenador para estar segura, sospechaba que eran muy pocos los que sabían combinar las frías realidades de la ciencia y la tecnología con la religión. Pero, de hecho, Lee había llegado a creer en Dios por medio de su trabajo con ordenadores y su interés en la física moderna. Cierta vez, le había explicado por qué el conocimiento profundo del espacio sin dimensión dentro de una red de ordenadores, combinado con la noción del universo sustentada por un físico moderno, conducía inevitablemente a la fe en el Creador, pero Julie no había podido seguir ninguno de los razonamientos que le hizo.
Ahora, dio a Lee Chen los datos y pormenores de los asesinatos de los Farris y los Román.
– Creemos que todos fueron asesinados por el mismo hombre. No tengo ninguna pista sobre su verdadero nombre, y por eso le llamo señor Luz Azul. Considerando el salvajismo de los asesinatos, sospechamos que es un asesino reincidente con una larga serie de víctimas. Si eso es cierto, los asesinatos han distado tanto entre sí o el señor Luz Azul ha borrado tan bien su rastro, que la prensa no ha establecido nunca una conexión entre los crímenes.
– De lo contrario -dijo Frank-, los habría expuesto con sensacionalismo en sus primeras planas. Sobre todo si ese individuo muerde con regularidad a sus víctimas.
– Pero como hoy día casi todas las comisarías están enlazadas mediante ordenadores -dijo Julie-, podrían haber hecho conexiones a través de las distintas jurisdicciones y haber visto lo que no vio la Prensa. Necesitamos saber si algún departamento de Policía de California o el FBI a nivel nacional siguen la pista al señor Luz Azul, y necesitamos saber todo cuanto hayan averiguado sobre él por muy trivial que sea.
Lee sonrió. Ocupando el centro de su broncíneo rostro, los dientes semejaban fichas de marfil muy pulido.
– Eso significa entrar en sus ordenadores pasando por alto los archivos de acceso público. Tendré que violar su sistema de seguridad, pasando de una agencia a otra hasta penetrar en el FBI.
– ¿Difícil?
– Mucho. Pero no carezco de experiencia. -Lee se arremangó aún más, flexionó los dedos y se volvió hacia el teclado de la Terminal como si fuera un concertista de piano a punto de interpretar a Mozart.
Vaciló un instante y miró de reojo a Julie.
– Me introduciré indirectamente en sus sistemas para disuadirles de toda localización. No causaré daño a ningún dato ni quebrantaré la seguridad nacional, así que, probablemente, pasaré inadvertido. Pero si alguien descubre mi fisgoneo y me planta un detector que yo no vea o no pueda eludir, te quitarán tu permiso IP.
– Me sacrificaré y asumiré toda la culpa. El permiso de Bobby seguirá siendo válido y la agencia no se hundirá. ¿Cuánto tardarás?
– Cuatro o cinco horas, quizá más o quizá mucho más. ¿Podría traerme alguien el almuerzo hacia el mediodía? Prefiero comer aquí y evitar las interrupciones.
– Claro que sí. ¿Qué quieres tomar?
– Un Mac grande, doble ración de patatas fritas y batido de vainilla.
– ¿Es posible que un muchacho tan técnico como tú no haya oído hablar jamás del colesterol? -replicó Julie entre aspavientos.
– Lo he oído mencionar. Y no me importa. Si es cierto que no morimos nunca de verdad, el colesterol no podrá matarme. Sólo me trasladará fuera de esta vida un poco más temprano.
Capítulo 43
Archer van Corvaire abrió una rendija en la persiana Levolor y escudriñó a través del grueso cristal a prueba de balas, la puerta principal de su tienda de Newport Beach. Escrutó receloso a Bobby y Clint a pesar de conocerlos y esperar su llegada. Por fin descorrió el cerrojo de la puerta y los dejó pasar.
Van Corvaire tenía unos cincuenta y cinco años pero invertía mucho tiempo y dinero en el mantenimiento de una apariencia juvenil. Para burlar al tiempo se había sometido a la dermatoplastia, operaciones faciales para el estiramiento de la piel y liposucción; para enmendar la naturaleza había soportado una rectificación de nariz, implantaciones en las mejillas y una nueva estructuración del mentón. Llevaba un tupé de elaboración tan exquisita que habría pasado por su propio pelo negro teñido…, si no fuera porque él había insistido en añadir un copete exuberante y nada natural. ¡Si el hombre se metiera en una piscina llevando tal tupé, éste parecería la torreta de un submarino!
Después de echar otra vez los dos cerrojos, Van Corvaire se volvió hacia Bobby:
– Nunca hago negocios por la mañana. Sólo admito entrevistas por la tarde.
– Agradecemos la excepción que hace por nosotros -dijo Bobby.
Van Corvaire exhaló un suspiro teatral.
– Bien, ¿de qué se trata?
– Tengo aquí una piedra y me gustaría que usted la tasara.
El hombre entornó los párpados, lo cual no le favoreció nada pues sus ojos eran ya tan estrechos como los de un hurón. Antes de cambiarse nombre y apellido hacía treinta años, había sido Jim Bob Esplín y cualquier buen amigo debería haberle dicho que cuando entornaba los ojos parecía más bien un hipocondríaco y no un Van Corvaire.
– ¿Una tasación? ¿Es eso todo cuanto necesitan ustedes?
Los condujo a través de una sala de ventas pequeña pero lujosa: techo con molduras hechas a mano; paredes de ante decolorado; suelo de roble blanqueado; área para clientes con alfombras de Patterson y Flynn amp; Martin en tonos melocotón, azul celeste y arenisca; un moderno sofá blanco entre dos mesas de madera preciosa de Bau y cuatro elegantes sillas de caña rodeando una mesa circular con un cristal lo bastante grueso para resistir el golpe de un martinete.