El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
– Su permiso de conducir caducó hace siete años, -dijo Bobby-, y según el registro del DMV, no hizo nada para renovarlo. De hecho, este mismo año se le excluirá incluso de los archivos muertos, por tanto hemos tenido suerte de encontrar esto antes de que le borren del mapa. -Diciendo esto, puso otros dos impresos sobre la mesa-. ¡Largaos, Holmes y Sam Spade!
– ¿De qué tratan éstos?
– Partes de arrestos. Frank fue detenido por infracción de tráfico una vez en San Francisco, hace poco más de seis años. La segunda vez fue en la autopista 101, al norte de Ventura, hace cinco años. Y como no llevaba permiso de conducción válido en ninguna de esas ocasiones, y por añadidura su conducta era sospechosa, se le puso bajo arresto.
Las fotografías que formaban parte de los informes sobre ambos arrestos mostraban a un hombre más joven y también más rechoncho, que era sin duda su cliente del momento.
Bobby apartó el dinero de la mesa y tomó asiento en el borde.
– En ambas ocasiones nuestro hombre escapó de la cárcel, y por eso se le busca todavía después de tantos años aunque, probablemente, no con demasiado ahínco pues no fue arrestado por un delito mayor.
– También estoy en blanco al respecto -dijo Frank.
– Ninguno de esos informes explica cómo escapó -añadió Bobby-, pero sospecho que no se abrió paso entre los barrotes, ni excavó un túnel, ni confeccionó una pistola con una pastilla de jabón, ni utilizó ninguno de los métodos tradicionales para una evasión. ¡Oh, no, no nuestro Frank!
– Se «teletransportó» -sugirió Hal-. Se desvaneció cuando nadie le miraba.
– Apostaría cualquier cosa por eso -convino Bobby-. Y después, empezó a llevar carnets de identidad falsos lo bastante buenos para satisfacer a cualquier poli que le diera el alto.
Examinando los papeles que tenía delante, Julie dijo:
– Bien, Frank, ya sabemos por lo menos que éste es tu verdadero nombre, y hemos localizado unas señas auténticas para ti en el Condado de Santa Bárbara, no más habitaciones de motel. Estamos empezando a hacer camino.
Bobby dijo:
– ¡Largaos, Holmes, Spade y también miss Marple!
Incapaz de compartir su optimismo, Frank volvió a la butaca en donde se había sentado antes.
– Camino. Pero no el suficiente. Ni lo bastante aprisa. -Se inclinó hacia delante con los brazos sobre los muslos, las manos entrelazadas entre las rodillas abiertas, y miró abatido el suelo-. Se me acaba de ocurrir algo muy desagradable. ¿Qué pasará si no cometo sólo errores con mi ropa cuando me reconstituyo? ¿Qué pasará si empiezo a cometer errores con mi propia biología? Nada importante. Nada visible. Pero quizá centenares o millares de errores insignificantes en el plano celular. Ello explicaría por qué me siento tan mal, tan fatigado, tan dolorido. Y si mi tejido cerebral no se rehiciera como es debido…, eso explicaría también por qué estoy tan confuso, tan aturdido, incapaz de leer o sumar.
Julie miró a Hal, a Bobby y comprendió que los dos intentaban tranquilizar a Frank pero no podían hacerlo porque el escenario que había descrito no era sólo posible sino también probable.
Frank dijo:
– La hebilla metálica parecía perfectamente normal hasta que Bobby la tocó… Entonces se convirtió en polvo.
Capítulo 40
Durante toda la noche, cuando el sueño vaciaba la cabeza de Thomas, unas pesadillas espantosas la llenaban. Soñó que comía cosas vivas. Soñó que bebía sangre. Soñó que él mismo era la «cosa malévola».
Concluido de súbito el sueño, Thomas se sentó en la cama, quiso gritar pero no pudo encontrar sonidos dentro de sí. Durante un rato estuvo sentado allí, temblando de horror, jadeando tanto y tan aprisa que el pecho le dolía.
El sol reapareció y la noche se esfumó, lo cual le hizo sentirse mejor. Saltando de la cama, se puso las zapatillas. El pijama estaba frío de sudor. Se estremeció. Se puso un batín. Acercándose a la ventana miró afuera y arriba; le pareció agradable el cielo azul. Los restos de lluvia daban un aspecto pastoso al verde césped, las aceras estaban más oscuras que de costumbre, la tierra de los macizos casi negra y en los charcos se reflejaba el cielo azul como una cara en un espejo. A Thomas le agradó también todo aquello porque el mundo entero parecía limpio y nuevo después de que toda aquella lluvia vaciara el cielo.
Se preguntó si la «cosa malévola» estaría todavía lejos o más cerca, pero no hizo el menor ademán para alcanzarla. Porque anoche ella había intentado retenerle, y como era tan fuerte él había encontrado muchas dificultades para escapar. E incluso cuando lo logró, ella intentó seguirle. Había sentido cómo se le adhería, cómo le acompañaba a través de la noche, y cómo conseguía sacudírsela con diligencia, pero tal vez la próxima vez no tuviera tanta suerte, tal vez le acompañase durante todo el camino hasta su habitación, no sólo la mente sino la propia «cosa malévola». Thomas no pudo explicarse cómo podría ocurrir semejante cosa, pero por alguna razón desconocida supo que ello sería posible. Y si la «cosa malévola» llegase al Hogar, el estar despierto sería como estar dormido con una pesadilla llenándote la cabeza. Ocurrirían cosas horribles y no habría lugar para la esperanza.
Apartándose de la ventana para encaminarse hacia la puerta cerrada del baño, Thomas echó una ojeada a la cama de Derek y vio que estaba muerto. Tenía la cara magullada y tumefacta, los ojos tan abiertos que se podía ver brillar en ellos la luz de la ventana y la luz tamizada de la lámpara junto a la cama.
La boca estaba también abierta como si gritara, pero se le había escapado ya todo sonido como el aire de un globo deshinchado, y el pobre no tendría sonidos nunca más, se podía ver. También le brotaba sangre, grandes cantidades, y había unas tijeras clavadas en su vientre, tan profundas que apenas se veía el mango, las mismas tijeras que Thomas usaba para recortar de las revistas aquellas fotografías destinadas a sus poemas.
Sintió una punzada en el corazón como si alguien se lo atravesara también con unas tijeras. Pero no fue tanto dolor de golpe como lo que él llamaba «dolor de sentimiento», porque lo que sintió fue la pérdida de Derek y no el verdadero dolor. Sin embargo, eso fue tan malo como el verdadero dolor, porque Derek era su amigo y Derek le gustaba. También se asustó, porque por alguna razón supo que la «cosa malévola» había quitado la vida a Derek, la «cosa malévola» estaba allí, en el Hogar. Entonces se le ocurrió que todo podría suceder tal como solían ocurrir las cosas en las historias de TV, con los polis acudiendo y asegurando que Thomas había matado a Derek, culpando a Thomas y todo el mundo aborreciendo a Thomas por lo que había hecho, pero él no lo había hecho y durante todo ese tiempo la «cosa malévola» seguía suelta, causando más muertes e incluso haciendo a Julie lo que había hecho a Derek.
El dolor, el temor por él, el temor por Julie… todo resultó demasiado agobiante. Thomas se aferró a los pies de su cama, cerró los ojos e intentó aspirar aire. Este no quiso entrar. Sintió una opresión en el pecho. Por fin el aire entró, y de paso un olor feo, desagradable, el hedor de la sangre, de la sangre de Derek, que le causó náuseas y casi le hizo vomitar.
Comprendió que debía recobrar el dominio de sí mismo. Las ayudantes no estaban satisfechas cuando perdías el dominio de ti mismo, y de resultas te daban «algo» por «tu propio bien». El no había perdido nunca el «dominio de sí mismo» y no quería perderlo ahora.
Procuró no oler la sangre. Inspiró profundamente. Hizo un esfuerzo para abrir los ojos y mirar el cuerpo sin vida. Se figuraba que mirarlo por segunda vez no sería tan malo como la primera. Sabía que esta vez, eso seguiría estando allí, así que no le causaría tanta sorpresa.