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Los coleccionistas [The Collectors - es]

Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:

l Camel Club entra de nuevo en acción. Son cuatro ciudadanos peculiares con una misma meta: buscar la verdad, algo difícil en Washington. Esta vez el asesinato del presidente de la Cámara de Representantes sacude Estados Unidos. Y el Camel Club encuentra una sorprendente conexión con otra muerte: la del director del departamento de Libros Raros y Especiales de la Biblioteca del Congreso. Los miembros del club se precipitarán en un mundo de espionaje, códigos cifrados y coleccionistas.
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Ya en los vestuarios, mientras su jefe se duchaba, Seagraves abrió su taquilla y sacó una toalla. Se secó la cara y luego el pelo. Su jefe y él condujeron hasta el Reston Town Center y cenaron en el Clyde's, cerca de la chimenea de gas en el centro de la elegante sala. Se despidieron después de cenar. Mientras su jefe se alejaba en coche, Seagraves paseó por la calle principal y se detuvo frente a una sala de cine.

En lugares así, y en los parques de la zona, los espías del pasado realizaban las entregas o recogían el dinero. Seagraves recordó la sutil entrega de un paquete de palomitas que contenía algo más que una ración extra de mantequilla; una práctica sutil, aunque burda, en el arte del espionaje. Su jefe de sección y él ya habían realizado la entrega y recogida durante la tarde y era imposible que alguien se hubiera dado cuenta de ello. La CIA casi nunca vigilaba a dos empleados que pasaban unas horas juntos, y menos si era para jugar al tenis y cenar. Su concepto de los espías tradicionales indicaba que se trataba de una ocupación solitaria, y por eso había invitado al despistado de su jefe.

Condujo hasta casa, sacó la toalla que había traído de la taquilla y entró en una pequeña habitación de hormigón con un revestimiento especial situada en el sótano, una especie de habitación «secreta» a salvo de miradas indiscretas. Colocó la toalla en una mesa junto a un vaporizador manual. El logotipo del gimnasio estaba cosido en la superficie de la toalla. Bueno, lo habría estado si hubiera sido una toalla del gimnasio. Era una falsificación bastante aceptable, pero el logotipo estaba sobre la tela, como los parches que se planchan en la ropa de los niños. El vaporizador despegó el logotipo rápidamente. Al otro lado estaba aquello por lo que Seagraves había sudado durante tres sets: cuatro fragmentos de cinta de cinco centímetros de longitud.

Con un sofisticado dispositivo de aumento que, por algún motivo, su jefe permitía que el personal de cierta categoría tuviese, leyó y descifró la información contenida en los fragmentos. Luego la codificó de nuevo y la colocó en el medio adecuado para llevársela a Albert Trent. Eso lo mantuvo ocupado hasta la medianoche, pero no le importó. Como asesino, estaba acostumbrado a trabajar por la noche, y las viejas costumbres nunca cambian.

Una vez que hubo acabado, le quedaba otra tarea antes de concluir la jornada. Se dirigió al armario especial, lo abrió, desactivó la alarma y entró. Iba allí al menos una vez al día, para admirar su colección. Esa noche añadiría un objeto; aunque le fastidiaba que sólo fuera uno, porque deberían haber sido dos. Sacó el objeto del bolsillo del abrigo. Era un gemelo de Cornelius Behan que le había dado un socio de Seagraves que trabajaba para Fire Control, Inc. Al parecer, se le había caído mientras visitaba el almacén, una visita que al final le había costado la vida. Behan había averiguado la causa de la muerte de Jonathan DeHaven y no podía permitir que se lo contase a nadie.

Seagraves colocó el gemelo en un pequeño estante, junto al babero. Todavía no tenía nada de la joven a la que había disparado. Acabaría averiguando su identidad y obtendría un objeto. Había disparado a Behan en primer lugar; éste se había desplomado y le había dejado el espacio necesario para liquidar a la joven que se disponía a realizar un acto lascivo. De rodillas, la joven miró hacia la ventana, por donde había entrado el primer disparo. Seagraves no sabía si le veía o no, pero no importaba. La joven ni siquiera tuvo tiempo de gritar. La bala le destrozó aquella hermosa cara. Sin duda, iría en un ataúd cerrado, igual que Behan. La herida de salida siempre era mayor que la de entrada.

Mientras observaba el espacio vacío junto al gemelo, Seagraves prometió que encontraría un objeto de la joven y así su colección estaría al día. Como a él le gustaba.

Capítulo 46

No le resultó fácil, pero Stone logró despistar a los hombres que le seguían. Se dirigió de inmediato a una casa abandonada, cerca del cementerio, que utilizaba de piso franco. Se cambió de ropa y se encaminó hacia Good Fellow Street. Pasó junto a la casa de DeHaven y luego la de Behan. Había periodistas apostados en las inmediaciones de la casa de Behan, esperando la llegada de la viuda humillada. La casa calcinada, al otro lado de la calle, parecía vacía.

Mientras observaba la casa de Behan desde la esquina y fingía consultar un mapa, un camión de mudanzas se detuvo delante de la casa y salieron dos hombres corpulentos. Una sirvienta abrió la puerta principal mientras los periodistas se preparaban. Los hombres entraron y, al cabo de unos minutos, salieron con un baúl de madera. Aunque los hombres eran fuertes, les costaba llevarlo. Stone se imaginaba lo que pensarían los periodistas: la señora Behan iba en el baúl para evitar a los medios. ¡Eso sí que sería una primicia!

Los móviles empezaron a sonar y varios periodistas subieron a sus respectivos coches y siguieron al camión de mudanzas. Dos coches que cubrían la retaguardia de la casa pasaron a toda velocidad. Sin embargo, algunos periodistas, imaginándose que se trataba de una artimaña, no se fueron. Fingieron marcharse, pero se colocaron estratégicamente de modo que no se les viese desde la casa de Behan. Al cabo de unos minutos, se abrió la puerta principal y apareció una mujer vestida de sirvienta con un sombrero flexible. Subió a un coche aparcado en el patio delantero y se marchó.

De nuevo, Stone se imaginó qué estarían pensando los periodistas. El camión de mudanzas era un señuelo y la viuda se había disfrazado de sirvienta. Los periodistas restantes corrieron hacia sus coches y siguieron al de la sirvienta. Otros dos periodistas llegaron desde la calle paralela; sin duda sus compañeros los habían avisado.

Stone dobló la esquina rápidamente y recorrió la siguiente manzana hasta llegar a la zona posterior de la propiedad de Behan. Había un callejón y esperó detrás de un seto. La espera fue corta. Marilyn Behan apareció al cabo de unos minutos, ataviada con pantalones anchos, un largo abrigo negro y un sombrero de ala ancho bien calado. Al llegar al final del callejón, miró alrededor con cautela.

Stone salió de detrás del seto.

– ¿Señora Behan?

Ella se sobresaltó y se giró.

– ¿Quién eres? ¿Un maldito periodista? -le espetó.

– No, soy amigo de Caleb Shaw. Trabaja en la Biblioteca del Congreso. Nos conocimos en el funeral de Jonathan DeHaven.

Parecía tratar de recordar aquello. A juzgar por su porte, a Stone le pareció que iba un poco colocada, aunque el aliento no le olía a alcohol. ¿Tal vez drogas?

– Ah, sí, ahora lo recuerdo. Bromeé sobre el hecho de que CB sabía mucho sobre las muertes súbitas. -De repente, tosió y buscó un pañuelo en el bolso.

– Quería darle el pésame -le dijo Stone, confiando en que ella no recordase que Reuben, el supuesto asesino de su marido, también había estado en el funeral.

– Gracias. -Volvió la vista hacia el callejón-. Supongo que le parecerá un poco raro.

– He visto a los reporteros, señora Behan. Debe de haber sido una auténtica pesadilla para usted. Pero los ha despistado, y eso no es fácil.

– Cuando se está casada con un hombre acaudalado que despierta polémica hay que aprender a evitar a los medios.

– ¿Podríamos hablar unos minutos? ¿Tal vez mientras tomamos un café?

Ella parecía aturullada.

– No lo sé. Estoy pasando por un momento muy difícil. -Arrugó el rostro-. ¡Acabo de perder a mi marido, maldita sea!

Stone se mantuvo impasible.

– Esto tiene que ver con la muerte de su marido. Querría preguntarle sobre algo que dijo en el funeral.

Ella se quedó paralizada. -¿Qué sabe sobre su muerte? -le preguntó con suspicacia.

– Menos de lo que me gustaría, pero creo que tiene que ver con la muerte de Jonathan DeHaven. Resulta bastante misterioso que dos vecinos mueran en circunstancias tan… inusuales.

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