Los coleccionistas [The Collectors - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Серия: Camel Club (es) #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:
– Sí.
– ¿Y por qué? ¿Por qué mataron a Behan?
– Porque averiguó cómo había muerto Jonathan. Bastaba con eso. -Stone le resumió su conversación con Marilyn Behan.
– O sea, ¿se cargan a Behan y culpan a Reuben porque casualmente estaba allí?
– Seguramente lo vieron entrar y salir de la casa, supusieron que el desván sería un buen lugar para disparar y materializaron el plan. Es posible que averiguaran que Behan llevaba mujeres a su casa y que pasaban un buen rato en esa habitación.
– Nos enfrentamos a una competencia muy dura. ¿Qué hacemos ahora?
– Tenemos que ver las cintas de vídeo de la cámara de la sala de lectura.
– En el camino de vuelta se me ocurrió cómo hacerlo.
– No lo he dudado ni un instante. -Se calló-. No creo que hubiéramos podido acabar esto sin ti. Es más, estoy seguro de ello.
– No me adules demasiado. Todavía no hemos acabado.
Los dos permanecieron en silencio unos instantes. Annabelle miró por la ventana.
– Aquí se está muy bien.
– ¿Con los muertos? Empieza a parecerme deprimente.
Annabelle sonrió y se levantó.
– Llamaré a Caleb para explicarle mi idea.
Stone también se puso en pie y estiró su cuerpo alto y delgado.
– Me temo que, a mi edad, el mero hecho de cortar el césped basta para dejarme las articulaciones molidas.
– Toma un poco de Advil. Te llamaré más tarde, en cuanto me haya instalado de nuevo.
– Me alegro de que hayas vuelto -le dijo Stone en voz baja, mientras ella pasaba junto a él de camino a la salida. Si lo había oído, Annabelle no replicó. Stone la vio subirse al coche y alejarse del cementerio.
Capítulo 48
Tras su revelación, Jerry Bagger había convocado al director del hotel situado frente a su despacho y le había pedido información sobre todos los huéspedes que habían ocupado una habitación en la vigésima tercera planta desde la que se abarcara su edificio en un día concreto. Y en Atlantic City, si Jerry Bagger te llamaba, pues ibas. Como de costumbre, los hombres de Bagger rondaban por el fondo.
El director del hotel, un hombre joven y apuesto que no ocultaba su ambición e intención de cumplir con su cometido lo mejor posible, no estaba predispuesto a dejar que el jefe del casino viera nada.
– A ver si entiendes la situación: si no me das lo que quiero, morirás -declaró Bagger.
El director se estremeció.
– ¿Me estás amenazando?
– No. Una amenaza es cuando existen posibilidades de que algo no ocurra. Esto es lo que en mi mundillo se llama «certeza».
El director palideció, pero habló con valentía:
– La información que me pides es confidencial. No puedo proporcionártela. Nuestros huéspedes esperan que sus asuntos se mantengan en privado, y tenemos unos estándares de…
Bagger lo interrumpió:
– Sí, sí. Mira, empezaremos por lo fácil. ¿Cuánto quieres por esto?
– ¿Intentas sobornarme?
– Ahora empezamos a entendernos.
– No puedo creer que lo digas en serio.
– Cien mil.
– ¡Cien mil dólares!
Bagger miró a sus hombres.
– Chicos, este tío es rápido, ¿eh? A lo mejor tendría que contratarlo para que me haga de gerente. Sí, cien mil dólares trasferidos a tu cuenta personal si me dejas echar un vistazo al registro. -Dio la impresión de que el hombre se pensaba la oferta, pero Bagger se estaba impacientando rápidamente-. Y, si no, ¿sabes qué? No te mataré, te romperé todos los huesos del cuerpo, te destrozaré el cerebro para que no puedas contarle a nadie lo que te ha sucedido y te pasarás el resto de tu vida en una residencia meándote encima mientras unos colgados te dan por culo todas las noches. Yo no veo demasiadas opciones, pero soy un hombre razonable, así que dejaré que te decidas. Tienes cinco segundos.
Al cabo de una hora, Bagger tenía toda la información que había pedido y rápidamente había seleccionado su lista de sospechosos. Acto seguido, interrogó al personal del hotel sobre algunos huéspedes. No tardó mucho en dar en el blanco debido a algunos servicios extra que uno de los clientes solicitó durante su estancia.
– Sí, le di un masaje -declaró una joven espabilada llamada Cindy, menuda, morena y atractiva con unas buenas curvas. Mascaba chicle y se toqueteaba el pelo mientras hablaba con Bagger en una sala privada del lujoso centro de salud y belleza del hotel.
La miró fijamente.
– ¿Sabes quién soy?
Cindy asintió.
– Es Jerry Bagger. Mi madre, Dolores, trabaja para usted en una mesa de dados del Pompeii.
– Sí, la buena de Dolores. ¿Te gusta esta mierda de hotel?
– El sueldo es penoso, pero las propinas son muy buenas. A los viejos les gusta sentir el contacto de unas manos jóvenes. A unos cuantos se les pone dura mientras les hago un masaje. Da bastante asco en un tío de ochenta años; pero, como he dicho, dan buenas propinas.
– Este tío al que le hiciste un masaje. -Bagger miró el nombre que tenía escrito-. Este tal Robby Thomas, háblame de él, dime qué pinta tiene, para empezar.
Cindy le hizo una descripción física:
– Un tío guapo, pero demasiado chulo. Se lo tenía muy creído. No me gustan los hombres así. Y era demasiado fino y guapo, no sé si me entiende. Si hubiéramos echado un pulso, probablemente le habría ganado. A mí me gustan los tíos cachas y duros.
– No me extraña. ¿Así que a este chico guapo sólo le diste un masaje? ¿O hubo algún extra?
Cindy se cruzó de brazos y dejó de hacer globos con el chicle.
– Soy profesional titulada, señor Bagger.
A modo de respuesta, Jerry extrajo diez billetes de cien dólares de la cartera.
– ¿Esto es suficiente para comprarte el título?
Cindy echó una mirada al dinero.
– Supongo que lo que hago en mi tiempo libre es asunto mío.
– Eso no te lo discuto. -Le tendió el dinero-. Cuéntamelo.
Cindy no se atrevía a coger los billetes.
– Es que podría perder el trabajo si…
– Cindy, me la suda si te follas a los muertos en este antro de mala muerte, ¿entendido? -Le introdujo el dinero por el escote-. Cuéntamelo y no me digas mentiras. Mentirme no te hará ningún bien.
Cindy empezó a hablar rápidamente:
– Bueno, desde el principio estuvo muy empalagoso conmigo. Le estaba masajeando y de repente noté que me ponía la mano en la pierna. Y luego puso la mano donde no debía.
– Ya, un verdadero animal. ¿Qué pasó a continuación?
– Empezó a tirarme los tejos sin contemplaciones. Al principio intenté quitármelo de encima. Luego se puso a hablar con arrogancia. Me dijo que estaba dando un gran golpe y que debía ser amable con él.
– Conque un gran golpe, ¿eh? Continúa.
– Me enseñó dinero y dijo que había salido de un sitio en el que había mucho más. Cuando acabé la jornada me estaba esperando. Nos tomamos un par de copas y se me subieron un poco a la cabeza. Tengo muy poco aguante con el alcohol.
– Sí, sí, sigue hablando, Cin -instó Bagger con impaciencia-. Tengo el trastorno de déficit de atención.
Cindy continuó atropelladamente:
– Pues acabamos en su habitación. Le hice una mamada para ir caldeando el ambiente, pero el imbécil se corrió enseguida. Me cabreé un montón. Es que ni siquiera conocía al tío. Él se sintió fatal y se puso a llorar como un niño. Me dio cien pavos. ¡Cien dólares de mierda! Luego se pasó por lo menos diez minutos vomitando en el baño. Cuando salió, me dijo que hacía tiempo que no follaba y que por eso se había corrido tan rápido. Como si a mí me importara.
– Menudo imbécil. ¿Qué pasó a continuación?
– Pues no pasó gran cosa. La verdad es que yo no tenía demasiados motivos para quedarme, ¿no? No es que tuviéramos una cita o algo así.
– ¿No dijo nada más? ¿De dónde era? ¿Adónde iba? ¿Cuál era el gran golpe? -Cindy negó con la cabeza. Jerry la miró fijamente y añadió-: Pareces una chica con iniciativa. ¿Le birlaste un poco de dinero de la cartera mientras estaba echando las potas?