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Los coleccionistas [The Collectors - es]

Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:

l Camel Club entra de nuevo en acción. Son cuatro ciudadanos peculiares con una misma meta: buscar la verdad, algo difícil en Washington. Esta vez el asesinato del presidente de la Cámara de Representantes sacude Estados Unidos. Y el Camel Club encuentra una sorprendente conexión con otra muerte: la del director del departamento de Libros Raros y Especiales de la Biblioteca del Congreso. Los miembros del club se precipitarán en un mundo de espionaje, códigos cifrados y coleccionistas.
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– ¡No caigo tan bajo! -exclamó enfadada-. ¿Quién se cree que es para atreverse a acusarme de eso?

– A ver si aterrizamos de una vez, Cin. -Se tocó el pecho-. Soy Jerry Bagger. Tú eres una barriobajera de tres al cuarto que deja que los desconocidos se le corran en la boca a cambio de calderilla. Así que voy a repetirte la pregunta: ¿Le birlaste algo de dinero para compensar los cien dólares que te dio?

– No sé, a lo mejor-repuso ella-. Pero no me apetece hablar más.

Bagger la agarró con fuerza por la barbilla y le sacudió la cabeza para que lo mirara a los ojos.

– ¿Tu vieja te ha contado algo sobre mí alguna vez? -inquirió.

Cindy tragó saliva nerviosa y asustada.

– Me dijo que estaba muy contenta de trabajar para usted.

– ¿Algo más?

– Dijo que hay que ser imbécil para llevarle la contraria.

– Exacto. ¡Qué lista es tu madre! -Le apretó la barbilla con más fuerza y Cindy soltó un gritito-. Pues, si quieres volver a ver a tu mamá, respira hondo y dime qué viste en la cartera del guaperas.

– Vale, vale. Era raro, porque tenía dos documentos de identidad distintos.

– ¿Y?

– Uno se correspondía con el nombre que me había dado en el hotel, Robby Thomas, de Michigan. El otro era un carné de conducir de California.

– ¿El nombre? -preguntó Bagger con toda tranquilidad.

– Tony. Tony Wallace.

Bagger le soltó la barbilla.

– ¿Lo ves? No ha sido tan difícil. Y, ahora, ¿por qué no te vas a trotar la polla a unos cuantos viejos?

Cindy se levantó con las piernas temblorosas. Mientras se giraba para marcharse, Bagger le dijo:

– Oye, Cindy, ¿no te olvidas de algo?

Se giró lentamente.

– ¿De qué, señor Bagger? -preguntó nerviosa.

– Te he dado mil pavos. El guaperas te dio una décima parte de esto y se llevó una mamada. Ni siquiera me has preguntado si quería una. Eso no está bien, Cindy. Es algo que un hombre como yo recuerda durante mucho tiempo. -El esperó, mirándola.

– ¿Quiere que le haga una mamada, señor Bagger? -dijo ella con voz temblorosa, y añadió rápidamente-: Sería un honor.

– No, no quiero.

Capítulo 49

Annabelle y Caleb caminaban por un pasillo del edificio Jefferson. Ella llevaba una falda roja hasta la rodilla, una chaqueta negra y una blusa beis. Daba una imagen acertada, profesional y segura. Caleb parecía a punto de cortarse las venas.

– Lo único que tienes que hacer -indicó ella-es parecer triste y deprimido.

– Pues no va a resultarme nada difícil, porque estoy triste y estoy deprimido -espetó él.

Antes de entrar en la oficina de seguridad de la biblioteca, Annabelle se paró a ponerse unas gafas que llevaba colgadas del cuello con una cadena.

– ¿Estás segura de que va a funcionar? -susurró Caleb. Estaba empezando a resollar un poco.

– Nunca se sabe si un engaño va a funcionar hasta que funciona.

– ¡Oh, perfecto!

Al cabo de unos minutos, estaban sentados en el despacho del jefe de seguridad. Caleb se miraba los zapatos con la cabeza gacha mientras Annabelle hablaba.

– Como he explicado, Caleb me ha contratado como psicóloga para ayudarle durante el proceso.

El jefe estaba desconcertado.

– ¿Dice que tiene problemas para entrar en la cámara?

– Sí. Como ya sabe, encontró el cadáver de un buen amigo y colega allí. En circunstancias normales, a Caleb le encantan las cámaras. Hace muchos años que forman parte de su vida. -Miró a Caleb quien, respondiendo a su gesto, exhaló un largo suspiro y se secó los ojos con el extremo de un pañuelo-. Ahora, el sitio que tantos recuerdos positivos le traía se ha convertido en un lugar de profunda tristeza, incluso horror.

El jefe miró a Caleb.

– Estoy seguro de que le resultó duro, señor Shaw.

A Caleb le temblaban tanto las manos que, al final, Annabelle le agarró una.

– Por favor, llámele Caleb. Aquí somos todos amigos -dijo Annabelle para alentarlo, señalando al jefe sin que Caleb lo viera mientras le estrujaba la mano.

– Oh, sí, claro, somos amigos -repuso el jefe de mala gana-. Pero ¿qué tiene eso que ver con mi departamento?

– Mi plan es permitir que Caleb contemple las cintas de la sala de lectura, la gente que entra y sale de la cámara, todo normal, todo como debería ser, como método para ayudarle a superar este período tan difícil, y conseguir que la sala de lectura y la cámara vuelvan a ser una experiencia exclusivamente positiva para él.

– Bueno, no sé si puedo dejarle ver las cintas -dijo el jefe-. Es una petición muy poco habitual.

Caleb se disponía a levantarse dándose por vencido, pero la mirada cáustica de Annabelle lo dejó paralizado.

– Es que se trata de una situación muy poco habitual. Estoy segura de que usted haría todo lo que estuviera en sus manos por ver que un compañero de trabajo sigue adelante con su vida sin problemas.

– Sí, claro; pero…

– Entonces, ¿no sería un buen momento para ver esas cintas? -Lanzó una mirada furibunda a Caleb, que seguía medio levantado de la silla-. Es obvio que está desesperado. -Caleb se dejó caer en el asiento y colocó la cabeza entre las rodillas. Annabelle volvió a mirar al jefe y se fijó en la placa que lo identificaba:

– Dale, puedo llamarte Dale, ¿verdad?

– Sí, por supuesto.

– Dale, ¿ves la ropa que llevo?

Dale contempló su cuerpo atractivo y dijo con cierta timidez:

– Sí, me he fijado.

– Ya ves que llevo una falda de color rojo. Es un color positivo, que da poder, Dale. Pero la chaqueta es negra, lo cual transmite una vibración negativa, y la blusa es beis, un color neutral. Esto significa que estoy a medio camino de conseguir mi objetivo de que este hombre vuelva a tener una vida normal y sana. Pero, para acabar el trabajo, necesito tu ayuda, Dale. Quiero poder ir toda de rojo en honor a Caleb. Y estoy convencida de que tú también lo quieres. Acabemos el trabajo, Dale, acabémoslo. -Lo tanteó con la mirada-. Intuyo que vas a ayudarme, ¿verdad?

Dale miró al pobre desgraciado de Caleb.

– Bueno, vale, voy a buscar las cintas.

– Pareces una gran profesional -dijo Caleb, en cuanto el jefe salió del despacho.

– Gracias -respondió ella con sequedad.

Como ella no decía nada más, Caleb añadió:

– Y creo que yo lo he hecho bastante bien.

Annabelle se lo quedó mirando con expresión incrédula.

– ¿De veras?

Al cabo de unas horas, Annabelle y Caleb estaban tranquilamente sentados tras haber visionado las idas y venidas de la sala de lectura antes y después del asesinato de DeHaven.

– Son los movimientos típicos -dijo Caleb-. Ahí no hay nada.

Annabelle volvió a poner una cinta.

– ¿Quién es ése?

– Kevin Philips. El director en funciones desde que murió Jonathan. Vino a preguntarme sobre la muerte de Jonathan, y ahí está Oliver vestido de investigador alemán.

– Muy bueno -comentó Annabelle con admiración-. Representa muy bien el papel.

Volvieron a visionar unas cuantas secuencias más. Caleb señaló una escena.

– Esto es cuando me dieron la noticia de que era el albacea literario de Jonathan. -Observó la pantalla con atención-. ¿Estoy tan rechoncho? -Se apretó el vientre con la mano.

– ¿Quién te dio la noticia?

– Kevin Philips.

Annabelle miró la secuencia en la que Caleb tropezaba y rompía las gafas.

– No suelo ser tan torpe -dijo-. No habría podido leer la dichosa nota si Jewell English no me hubiera dejado las gafas.

– Sí, pero ¿por qué hizo un cambio?

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