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Un Puerto Seguro

Электронная книга - «Un Puerto Seguro». Краткое содержание книги:

Hannah Drake, una de las siete hijas de un linaje de extraordinarias mujeres, ha sido el escurridizo objeto de los afectos de Jonas Harrington desde que el hombre tiene memoria. Ojalá la despampanante súper-modelo se dejara llevar por otra pasión que no fuera su carrera. Pero Jonas no es el único que desea a Hannah.
Desde las sombras ha emergido una vengativa figura que acecha a la belleza con un espeluznante propósito: despojarla de todo cuanto es y destruirla. Sólo un hombre está destinado a ser su protector. Ahora Jonas deberá ayudar a la mujer que ama a salir del remolino de siniestra oscuridad que amenaza no sólo a Hannah, sino también a toda la familia Drake
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No sabía que su blusa campesina de encaje lo volvía loco. Su boca y sus manos sí la volvían loca a ella. Permaneció quieta, queriendo más de su fantasía, en la seguridad de que estaba rozando la línea de peligro con él, pero queriendo continuar un poco más aún, antes de tener que regresar y enfrentarse con la realidad. Lo ansiaba y la hacía sentirse viva. Podía notar los cortes en su cara, garganta y cuerpo, pero Jonas lograba hacerla sentir como si su cara -su piel- fuera perfecta cuando la miraba.

– Adoro esa mirada en tu cara, soñadora y sexy y un tanto traviesa. No tengo ni idea de cómo puedes parecer seductora e inocente al mismo tiempo.

– Desearía poder verme través de tus ojos. -Ciertamente le hacía sentirse bella, aunque no lo pudiera ver por sí misma.

Él tiró de su mano y empezaron a caminar de nuevo, dejando sus huellas las unas junto a las otras en la arena mojada, caminando entre algas y algunas pequeñas medusas para bordear la cala donde se formaban charcas con la marea. La marea estaba baja, así que bordearon las rocas y alcanzaron la playa, observando las olas romper contra las cuevas incrustadas de percebes y rocas. Las aves agitaron sus alas impacientemente, en espera de que sol quedara libre de la niebla, antes de lanzarse al aire para desayunar.

– Cuando te recoja, Hannah, ponte esa falda larga y vaporosa que se mueve con cada paso que das. Esa azul claro con estampados en azul más oscuro y que va con tu blusa de encajes.

No podía evitar que la complaciera el que pudiera describir uno de sus conjuntos favoritos.

– Me gustaría que pudieras arriesgarte a salir conmigo. Me siento como si estuviera encerrada y alguien hubiera tirado la llave. Y ahora que sé que el peligro aún está ahí, voy a quedarme en mi cuarto para siempre.

– No puedes dejarles hacer de ti una prisionera. Sólo tenemos que ser un poco imaginativos. Podríamos ir a mi casa mañana por la tarde, o tal vez al faro. Inez tiene las llaves.

– ¿Cómo es que Inez tiene las llaves del faro? Dirige la tienda de comestibles.

– Inez tiene las llaves del pueblo entero. ¿Cómo no saber que las tiene? Podríamos tener un picnic privado allí, en el faro. Nadie lo sabría. Es fácilmente defendible. Y no tienes más que preparar tus bolsas y escaparte.

Estaba un poco avergonzada de ello. Por supuesto que la casa los había protegido, ella la había oído durante años creciendo, pero nunca lo había visto realmente. Ella aún tenía algunas dudas, pero no iba a admitirlo en voz alta.

– ¿Quieres llevarme al faro a un picnic con gente tratando de matarme?

– Es eso o sentarte en tu cuarto, Hannah, y uno o dos días más y vas a descolgarte por la pared lateral de la casa, tratando de escapar. Podemos lograr escabullirnos. Tus hermanas pueden distraer a todos y nosotros pasaríamos inadvertidos en la oscuridad.

Consideró su propuesta. Ya enloquecía a causa del confinamiento, pero con los reporteros, y ahora con el conocimiento de que alguien que quería matarla estaba en los alrededores, enviando a asesinos, dejar la protección de la casa parecía terrorífico. No quería ir a ninguna parte sola.

Jonas la atrapó por la cintura y la levantó sobre un ancho canal de agua fría que surcaba la arena hacia el mar. Apoyó las manos sobre sus hombros, sintiendo el racimo de músculos. Pareció elevarla sin ningún esfuerzo. Era un poco como volar, aunque estaba anclada y segura. La colocó sobre sus pies y siguió caminando alejándose de la casa.

– El banco de niebla no se va a mantener para siempre, Jonas -le recordó.

– No, pero tú y tus hermanas pueden manipular a algunos fotógrafos.

Enderezó sus hombros. Era cierto. ¿Por qué había estado tan asustada? Jonas estaba tan seguro de ella. Creía en ella y era difícil no creer en sí misma cuando tenía una convicción tan absoluta.

– Así que si me pongo mi falda azul y mi blusa campesina, y nos vamos al faro, ¿qué haríamos exactamente?

– Llevaría música así que podríamos bailar.

Sabía que era un bailarín maravilloso. Esta había sido una de las cosas que le diferenciaba en la escuela. Había bailado con las Drake, aprendiendo cada baile desde el baile de salón a la salsa, y eso le había hecho muy popular en cada baile escolar. A ella le gustaba bailar y Jonas lo sabía. Incluso cuando era una niña, había flotado alrededor de la casa, fingiendo ser una bailarina en un concurso de bailes de salón. Jonas incluso había bailado el Lindy y el Jitterbug con ella.

– Ese picnic comienza a sonar tentador.

– Un refresco italiano de fresa -sobornó él, conociendo sus debilidades-. Y pan francés.

Dos de sus cosas favoritas.

El faro estaría desierto y a Jonas le sería bastante fácil conseguir permiso para ir allí. Si realmente pudieran lograr escabullirse, sería un gran alivio tener algunas horas en las que no sentirse atrapada. Y le gustaba estar con Jonas. Era realmente tan sencillo. Necesitaba tiempo para organizarse, pero adoraba cada instante en su compañía.

– ¿Crees realmente que podríamos lograr escaparnos?

Había esperanza en su voz. Jonas le dirigió otra sonrisa traviesa.

– Mañana por la noche te raptaré -prometió.

– Sarah tendrá un ataque -advirtió Hannah.

– No, no lo hará. Sabe que no puedes permanecer enjaulada en la casa y no puedes salir en público, así que esto es lo mejor. Nadie pensará en buscarte allí. Estarás a salvo, Sarah lo aprobará, y conseguiré averiguar de una vez por todas si llevas tanga o nada en absoluto

– Estás terriblemente obsesionado con mi ropa interior -bromeó ella.

– O por la falta de ella -admitió él-. Pienso en ello más de lo que debería.

Advirtió la honestidad en su voz. ¿Cómo podía esa simple admisión hacer que se calentase por todas partes?

– Déjame asegurarte que casi siempre llevo puesta ropa interior. -Tuvo que apretar los dientes para evitar reírse de su expresión.

– ¿Casi siempre? Eso no está bien, Hannah. Ahora no voy a tener nunca un momento de paz a tu alrededor.

Pareció satisfecha.

– Lo sé.

Jonas se rió, un sonido intenso y verdadero, pleno de diversión y que hacía que su corazón remontara. Dio unos pasos de baile en la arena, extendiendo los brazos, olvidando completamente por un momento que estaba desfigurada y que alguien la odiaba lo suficiente como para matarla. Ella miró hacia el cielo.

– Probablemente podríamos construir un castillo de arena antes de que la niebla se vaya.

– No tenemos herramientas.

– ¿Herramientas? -dio un bufido desdeñoso-. Aficionado.

– Acabas de llamarme aficionado.

– Lo hice. Construye tu castillo de arena por ahí. Tienes doce minutos. Eso es todo y tendremos que irnos.

Ya estaba poniéndose en cuclillas, cavando en busca de arena más húmeda. Ella estaba de rodillas haciendo lo mismo. Minutos más tarde, cuando Jonas la miró, estaba haciendo trampa, dirigiendo pequeñas ráfagas de viento para construir las paredes del castillo. Abrió su boca para reprochárselo, pero parecía tan concentrada, como una niña jugando, despreocupada y feliz, que no quería interrumpirla ni siquiera para bromear.

Hannah hundió sus manos en la arena, guiando distraídamente pequeñas ráfagas de viento para esculpir el castillo. La arena se sentía bien, terrosa y granulada, el castillo tomaba forma rápidamente. Construyó un puente sobre el foso defensivo enviando una racha de viento a que tallara un túnel a través de la arena. Explotó por el otro lado, salpicando a Jonas lo bastante fuerte como para picarle.

Se cubrió la boca, amortiguando la risa cuando él giró tan rápido que perdió el equilibrio y cayó en la arena húmeda que había estado amontonando cuidadosamente.

– Pobrecito. Tu castillo de arena parece un poco anémico. -Se inclinó para meter su dedo en la ladera donde la arena se derrumbaba-. Tienes que apretarla fuerte, Jonas.

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