El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Antes de bajar del coche desplegó el plano sobre el asiento del copiloto y se caló las gafas progresivas. Nine Sisters Henge se contaba entre los monumentos más recientes de Calder Moor, pues solo llevaba en su sitio cinco mil años. Lynley estudió la ruta que debería seguir para llegar hasta allí, y tomó nota de los puntos característicos del paisaje que le servirían para orientarse. Hanken le había ofrecido un detective como guía, pero había declinado la oferta. No le habría importado un guía experimentado como escolta, pero prefería que no le acompañara un miembro de la policía de Buxton, que tal vez se ofendería (e informaría a Hanken de dicha ofensa) cuando Lynley examinara el lugar del crimen, con una atención que daba a entender que la policía local no había hecho bien su trabajo.
– Es la última posibilidad de encontrar el maldito busca, y me gustaría eliminarla -había aducido Lynley.
– Si hubiera estado allí, mis chicos lo habrían encontrado -repuso Hanken, y le recordó que habían peinado la zona en busca del arma homicida, y que habrían encontrado el busca aunque no hubieran descubierto el cuchillo-. Pero si así te quedas más tranquilo, adelante.
En cuanto a él, iba a ver a Upman, complacido por la idea de acosar al abogado.
Lynley, seguro de su ruta, dobló el plano y devolvió las gafas al estuche. Guardó plano y gafas en los bolsillos del chaquetón, y salió al viento. Se encaminó hacia el sudeste, con el cuello del chaquetón levantado y los hombros hundidos contra las ráfagas que soplaban. La pista pavimentada conducía en la dirección que deseaba, pero antes de cien metros terminaba en un montón de piedras disgregadas, compuestas en su mayor parte de grava y alquitrán. Desde allí la excursión empezaba a complicarse por una senda de tierra y piedras irregular, cruzada por cursos de agua casi secos debido al verano sin lluvia.
La caminata duró casi una hora. Su ruta seguía senderos pedregosos que se entrecruzaban con otros aún más pedregosos. Se abría paso a través de brezo, aulaga y helechos, y remontaba afloramientos de piedra arenisca. Pasó ante los restos de túmulos divididos en cámaras.
Estaba a punto de llegar a una bifurcación de la senda cuando vio que un excursionista solitario se acercaba hacia él por el sudeste. Como estaba muy seguro de que aquella era la dirección de Nine Sisters Henge, Lynley recordó dónde estaba, y esperó a ver quién había hecho aquella visita vespertina al escenario del crimen. Por lo que sabía, Hanken aún mantenía el círculo de piedras perimetrado con una cinta policial y custodiado. Si el excursionista era un periodista o un fotógrafo de prensa, su paseo por el páramo no le habría deparado los resultados buscados.
No era un hombre. Ni tampoco un periodista o un fotógrafo. Por algún motivo, Samantha McCallin había decidido dejarse caer por Nine Sisters Henge.
Por lo visto, Samantha le reconoció en el mismo instante que él a ella, porque su paso cambió de ritmo. Se desplazaba con una rama de abedul en la mano, que utilizaba para azotar el brezo mientras recorría la senda. Pero cuando vio a Lynley tiró la rama, cuadró los hombros y se dirigió sin vacilar hacia él.
– Es un lugar público -dijo-. Pueden cortar el acceso al círculo y dejar guardias, pero no pueden alejar a la gente del resto del páramo.
– Se encuentra a unos cuantos kilómetros de Broughton Manor, señorita McCallin.
– ¿Es que no vuelven los asesinos al lugar del crimen? Solo estoy interpretando esa parte del guión. ¿Le gustaría detenerme?
– Me gustaría que me explicara qué está haciendo aquí.
La mujer miró hacia atrás.
– Él cree que yo la maté. ¿A que es fantástico? Esta mañana hablé en defensa de él, y por la tarde decidió que yo lo había hecho. Es una forma curiosa de decir «Gracias por apoyarme, Samantha», pero esto es lo que hay.
Lynley tuvo la impresión de que había estado llorando.
– Bien, ¿qué está haciendo aquí, señorita McCallin? Debe saber que su presencia…
– Quería ver el lugar donde murió la obsesión de mi primo. -El viento había soltado su pelo de la trenza, y algunos cabellos ondeaban sobre su cara-. Él dice que su obsesión murió el lunes por la noche, cuando le propuso matrimonio. Pero yo no lo creo. Creo que mientras Nicola hubiera caminado sobre la Tierra, mi primo Julian se habría aferrado a la fantasía de una vida con ella. A la espera de que cambiara de opinión. A la espera de que ella, como suele decir, le viera de veras. Y lo más divertido es que, si ella le hubiera señalado con el dedo de la manera correcta, o incluso de la equivocada, para qué engañarnos, él lo habría interpretado como la señal que estaba esperando, la prueba de que ella le amaba pese a todo lo que había dicho y hecho en sentido contrario.
– No le caía bien, ¿verdad? -preguntó Lynley.
Ella lanzó una breve carcajada.
– ¿Qué más da? Nicola iba a conseguir lo que quería, me gustara o no.
– Lo que consiguió fue la muerte. No creo que deseara eso.
– Ella le habría destruido. Le habría absorbido el alma. Era esa clase de mujer, inspector.
– ¿De veras?
Los ojos de Samantha se entornaron cuando una ráfaga de viento arreció.
– Me alegro de que haya muerto. No le mentiré al respecto. Pero se equivoca si piensa que soy la única persona que bailaría sobre su tumba si le concedieran la oportunidad.
– ¿Quién más lo haría?
Ella sonrió.
– No pienso hacer el trabajo por usted.
Dicho esto, se alejó por el sendero, en la dirección que Lynley había seguido desde el límite norte del páramo. Se preguntó cómo habría llegado al páramo, pues no había visto coches aparcados cuando se había desviado de la carretera. También se preguntó si habría aparcado en otro sitio por ignorancia de la existencia de un sitio apto tras el muro de piedra, o para ocultar su conocimiento de la existencia del mismo.
La siguió con la mirada, pero ella no se volvió para comprobarlo. Tendría que haberlo hecho, era propio de la naturaleza humana, y el que se hubiera controlado era muy revelador de su grado de disciplina. Lynley continuó andando.
Reconoció Nine Sisters Henge por la roca llamada Piedra Reina, que señalaba su emplazamiento en el interior de un espeso bosquecillo de abedules. Sin embargo, llegó al monumento por el lado contrario, y no se dio cuenta de que estaba muy cerca hasta que rodeó el bosquecillo, consultó la brújula, dedujo que el círculo de piedras tenía que estar próximo, se volvió y vio el monolito erosionado, el cual se alzaba junto a un estrecho sendero que se internaba en la arboleda.
Volvió sobre sus pasos, con las manos en los bolsillos. Encontró al guardia apostado por Hanken a escasos metros del lugar. Dejó que Lynley pasara por debajo de la cinta y se acercara al centinela de piedra. Lynley se detuvo junto a la Piedra Reina y la examinó. Estaba erosionada por la intemperie, como cabía esperar, pero también por obra del hombre. En el pasado se habían tallado muescas en la parte posterior de la enorme columna. Formaban huecos para apoyar pies y manos, y así poder ascender a la cumbre.
¿Con qué propósito habían colocado esa roca allí?, se preguntó Lynley. ¿Como punto de reunión de la asamblea de la comunidad? ¿Como puesto de vigilancia para el encargado de proteger a los chamanes que practicaban los rituales dentro del círculo? ¿Como pared falsa del altar de los sacrificios? Era imposible saberlo.
Le dio una palmada y se internó entre los árboles, donde lo primero que observó fue que los abedules actuaban de abrigo natural contra el viento, tan aglutinados estaban. Cuando penetró por fin en el círculo prehistórico, descubrió que no soplaba ni la más leve brisa.
Pensó que no había nada parecido a Stonehenge, y se dio cuenta de que la palabra estaba enraizada en su mente acompañada de una imagen concreta. Había monolitos (nueve, como indicaba el nombre), pero estaban cortados con mucha más tosquedad. No había piedras de dintel como en Stonehenge, y el talud exterior y la zanja interior que encerraban a los monolitos estaban menos definidos.