El retorno de los dragones
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El retorno de los dragones». Краткое содержание книги:
Y ellos, menos que nadie.
Goldmoon se había apoyado contra la pared, temblando. No miró a Riverwind cuando éste llegó al suelo y pasó junto a ella con expresión distante.
—¿Dónde estamos? —gritó Tanis para poder ser oído a pesar del tremendo rugir de la cascada. La niebla era tan espesa que lo único que podía verse eran unas columnas destruidas, cubiertas de hongos y enredaderas.
—Hacia la plaza Grande, esa dirección —Bupu señaló hacia el oeste con sus sucios dedos—. Vosotros seguir. ¡Ir a ver a Gran Bulp!
Cuando la enana comenzaba a caminar, Tanis la sujetó, obligándola a detenerse. Ella le miró fijamente, profundamente ofendida. El semielfo retiró la mano.
—Por favor. Escúchame sólo un momento! ¿Qué ocurre con el dragón? ¿Dónde está el dragón?
Los ojos de Bupu se agrandaron.
—¿Quieres dragón?
—¡No! No queremos ver al dragón. Sólo necesitamos saber si el dragón vive en esta parte de la ciudad... —Sintió el brazo de Sturm sobre su hombro y desistió —. Olvídalo, no te preocupes —dijo cansado—. Sigamos.
Bupu miró a Raistlin con profunda simpatía, compadeciéndole por tener que soportar a gente tan chiflada. Tomó la mano del mago y comenzó a trotar por la calle en dirección oeste, seguida de un enjambre de enanos gully. Ensordecidos por el estruendoso ruido de la cascada, los compañeros chapotearon tras ellos, mirándose unos a otros, inquietos, temiendo que en cualquier momento apareciesen los escamosos draconianos armados. Pero los enanos gully no parecían preocupados, chapaleaban por la calle, manteniéndose lo más cerca posible de Raistlin y parloteando en su tosco lenguaje.
A medida que avanzaban, el ruido de la catarata fue ahogándose en la distancia. No obstante, la niebla continuaba arremolinándose a su alrededor y el silencio de la ciudad muerta era opresivo. Caminaron por un cauce de oscuras aguas que fluían y gorgoteaban a lo largo de la calle empedrada. De pronto, la calle desembocó en una inmensa plaza circular. A través del agua, se entreveían en el pavimento de losas los vestigios de un complicado diseño que representaba un amanecer. En el centro de la plaza, al río se le unía otra corriente proveniente del norte. Las aguas formaban un pequeño remolino antes de unirse y continuar hacia el oeste sorteando un grupo de edificios derruidos.
La plaza estaba iluminada, pues por una grieta del techo, a cientos de pies de altura, se filtraba la luz del exterior a raudales, iluminando la fantasmagórica niebla y danzando en la superficie del agua cada vez que la bruma despejaba.
—Otro lado Gran Plaza —señaló Bupu.
El grupo se detuvo entre las sombras de los derruidos edificios. Todos pensaron lo mismo: La plaza tenía un diámetro de unos cien pies y estaba totalmente al descubierto. Una vez se aventuraran a cruzarla, no podrían ocultarse.
Bupu, que trotaba despreocupadamente, de repente se dio cuenta de que sólo la seguían los enanos gully, ya que Raistlin se había soltado de su mano. Miró hacia atrás, enojándose por la tardanza.
—Vosotros venir. Gran Bulp este camino.
—¡Mira! —Goldmoon sujetó a Tanis por el brazo.
En el lado opuesto de la plaza, había unas altas columnas de mármol que sostenían un tejado de piedra. Las columnas se habían resquebrajado, por lo que el techo estaba combado. La niebla se despejó y Tanis entrevió fugazmente un patio; más allá del patio se distinguían unas formas oscuras de edificios altos y abovedados. Un segundo después, la niebla los envolvió. Aunque esa estructura estaba ahora en ruinas, se adivinaba que en su día debía haber sido la más espléndida de Xak Tsaroth.
—El Palacio Real—confirmó Raistlin entre toses.
—¡Shhhh...! —Goldmoon sacudió el brazo de Tanis —. ¿No lo ves? No, espera...
La niebla envolvió las columnas y por unos instantes los compañeros no pudieron ver nada. Cuando nuevamente se dispersó, retrocedieron espantados. Los enanos gully se detuvieron en seco en medio de la plaza y, girándose rápidamente, se apresuraron a esconderse detrás de Raistlin, junto al resto del grupo.
Allí estaba el dragón.
Bupu miró a Tanis sin dejar de agarrarse a la túnica del mago.
—¡Ese ser dragón! —dijo—. ¿Tú quieres?
Negro, brillante, reluciente, con las alas dobladas en los costados, Khisanth surgió bajo el tejado, agachando la cabeza al pasar por la curva fachada de piedra. Sus patas, terminadas en garras, resonaron en las escaleras de mármol hasta que se detuvo y miró hacia la vaporosa niebla con sus ojos rojos y centelleantes. No se le veían ni las patas traseras ni la pesada cola de reptil, pues parte de su cuerpo, que medía como mínimo unos treinta pies, estaba aún dentro del patio. Junto a él caminaba un pérfido draconiano, y ambos estaban enzarzados en una intensa conversación.
Khisanth estaba enojado. El draconiano le había traído noticias preocupantes: ¡era imposible que alguno de aquellos forasteros hubiese sobrevivido a su ataque en el pozo! Pero el capitán le notificaba que había forasteros en la ciudad. Advenedizos que habían atacado a sus ejércitos con destreza y osadía, extraños que llevaban una vara marrón cuya descripción era conocida por cualquier draconiano destinado en esa parte del continente de Ansalon.
—¡Me niego a creer estas noticias! ¡Nadie puede escapar a mi llamarada mortal! —La voz de Khisanth era baja, casi ronroneante; no obstante, el draconiano tembló al escucharla—. Ninguno de ellos tenía la Vara, hubiese percibido su presencia. ¿Dices que esos intrusos están aún arriba, en las cámaras superiores? ¿Estás seguro?
El draconiano tragó saliva y asintió.
—No hay otra forma de llegar abajo, Su Alteza, excepto utilizando el mecanismo.
—Sí que hay otras posibilidades, asquerosa lagartija —dijo Khisanth con desprecio —. Esos miserables enanos gully pasean por el lugar como parásitos. Los forasteros tienen la Vara y planean llegar a la ciudad, eso sólo puede significar una cosa... ¡Están buscando los Discos! ¿Quién les habrá informado de su existencia? —El dragón retorció la cabeza de izquierda a derecha, arriba y abajo, como si pudiese ver a través de la espesa niebla a aquellos que atentaban contra sus planes. Pero la niebla se arremolinaba a su alrededor, más espesa que nunca.
—Podríais destruir los Discos —sugirió el draconiano con gran osadía.
—¿Crees que no lo hemos intentado? —prorrumpió Khisanth levantando la cabeza—. De ahora en adelante será demasiado peligroso permanecer aquí. Si los forasteros conocen el secreto, no deben ser los únicos. Debemos llevar los Discos a un lugar seguro. Informa a Lord Verminaard que me marcho de Xak Tsaroth para reunirme con él en Pax Tharkas, y que llevaré a los intrusos conmigo para que sean interrogados.
—¿Qué yo informe a Lord Verminaard? —preguntó el draconiano sorprendido.
—Muy bien —respondió Khisanth con sarcasmo —. Si insistes en la pantomima, pide permiso a Lord Verminaard. ¿Supongo que habrás enviado a la mayor parte de nuestras fuerzas arriba, al nivel superior?
—Naturalmente, Su Alteza —el draconiano hizo una reverencia.
Khisanth reflexionó sobre el asunto.
—Mira por donde, quizás no seas tan idiota. Yo me encargaré de este nivel, tú concentra la búsqueda en los niveles superiores de la ciudad. Cuando encontréis a esos intrusos, traédmelos directamente. No les hagáis más daño del que sea necesario para prenderlos y tened cuidado con la Vara!
El draconiano cayó de rodillas frente al dragón, el cual, después de un gesto de mofa, retrocedió hacia las sombras de las que había surgido.
El draconiano bajó corriendo las escaleras, reuniéndose con varias criaturas más que surgieron de entre la niebla. Tras un breve y apagado diálogo en su propio idioma, comenzaron a caminar por una de las calles del norte. Andaban indolentemente, riéndose de algo gracioso. Pronto se evaporaron en la niebla.
—No parecen preocupados —comentó Sturm.