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El Lugar Maldito

Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:

Frank Pollard despierta en un callejón sin saber más que su nombre y que una oscura fuerza diabólica lo persigue para darle muerte. Abocado a una amnesia impenetrable acude al matrimonio de detectives Dakota para que investiguen su pasado. Bobbie y Julie se enfrentarán al caso más extraño de su carrera para acabar descubriendo que en el mundo de los vivos hay lugares más horrorosos que en el reino de los muertos.
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
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Solicitó a los archivos abiertos el número de hombres llamados Frank Pollard existentes en los registros de la Administración, y al cabo de unos segundos la respuesta apareció en la pantalla: contando las variantes de Frank, tales como Franklin, Frankie y Franco, más nombres como Francis de los que Frank podría ser un diminutivo…, había seiscientos nueve Frank Pollard que poseían números de la Seguridad Social.

– Oye, Bobby -dijo, preocupado, Frank-, ¿tiene sentido para ti ese embrollo de la pantalla? ¿Son reales esas palabras o sólo letras revueltas?

– ¿Cómo? Son palabras claras, por supuesto.

– No para mí. A mí no me parece nada. Galimatías.

Bobby cogió un ejemplar de la revista Byte que estaba entre dos ordenadores, lo abrió por un artículo largo y dijo:

– Léete esto.

Frank aceptó la revista, la miró pasmado, volvió un par de hojas, luego dos más. Sus manos comenzaron a temblar, y la revista con ellas.

– ¡Dios santo, no puedo! También he perdido eso. Ayer perdí la capacidad para sumar. Siento cada vez más confusión, niebla en la cabeza, me duele cada articulación, cada músculo. El «teletransporte» me está deshaciendo, matando. Me estoy haciendo añicos, Bobby, mental y físicamente, cada vez más aprisa.

– Todo saldrá bien -dijo Bobby. Pero su confianza era en gran parte ficticia. Estaba seguro de que llegarían al fondo de la cuestión, averiguarían quién era Frank, adonde iba por la noche y cómo y por qué; sin embargo, podía ver también que Frank decaía aprisa, y no apostaría dinero si le dijesen que encontrarían todas las respuestas mientras Frank estuviese vivo, sano y capacitado para beneficiarse de sus descubrimientos. No obstante, puso una mano sobre el hombro de Frank y le dio un apretón de ánimo.

– Mantente firme, compañero. Todo va a salir bien. Lo creo de verdad.

Frank inspiró profundamente y asintió.

Volviéndose otra vez hacia la pantalla y sintiéndose culpable por su mentira, Bobby preguntó:

– ¿Recuerdas cuál es tu edad, Frank?

– No.

– Pareces tener treinta y dos o treinta y tres.

– Me siento más viejo.

Silbando para sí Satín Dolí, de Duke Ellington, Bobby reflexionó un momento y luego pidió al ordenador SSA que eliminara a los Frank Pollard menores de veintiocho años y mayores de treinta y tres. Así, quedaron tan sólo setenta y dos.

– Escucha, Frank, ¿te consideras un californiano arraigado a tu tierra o crees haber vivido en otros lugares?

– No lo sé.

– Supongamos que eres hijo del Estado del Sol.

Acto seguido, pidió al ordenador SSA que redujese los restantes Frank Pollard a los que habían solicitado su número de la Seguridad Social mientras vivían en California (quince) y luego a aquellos cuyas señas del archivo estuviesen en California (seis).

Como la ley prohibía que se revelase el número de la Seguridad Social a los investigadores ocasionales, Bobby recurrió a las instrucciones del código de Lee Chen y entró en los archivos restringidos mediante una complicada serie de manipulaciones que burlaban la seguridad SSA.

No le gustaba quebrantar la ley, pero un hecho de la alta tecnología era que no obtenías nunca el beneficio máximo con tu sistema de recopilación de datos si te atenías estrictamente a las reglas. Los ordenadores eran instrumentos de libertad y los gobiernos eran, en mayor o menor grado, instrumentos de represión: era difícil que ambos coexistieran siempre en perfecta armonía.

Bobby obtuvo seis números y señas de los Frank Pollard que vivían en California.

– Y ahora, ¿qué? -inquirió Frank.

– Ahora -dijo Bobby-, cotejaré esos números y señas con los datos del Departamento californiano de Vehículos a Motor, la Policía estatal, la Policía municipal, todas las Fuerzas Armadas y otras dependencias gubernamentales para conseguir las descripciones de esos seis Frank Pollard. Cuando averigüemos su talla, peso, color del pelo, color de los ojos, raza… iremos eliminándolos uno por uno. O mejor todavía, si uno de ellos resultas ser tú, y si has servido en el Ejército o has sido arrestado por algún crimen, podríamos incluso obtener una foto tuya en alguno de esos archivos y confirmar tu identidad.

Sentados ante la mesa, frente a frente, Julie y Hal quitaron las cintas de goma a más de la mitad de los fajos de billetes. Luego, examinaron diversos billetes de cien dólares para comprobar si algunos tenían números consecutivos de serie, lo cual podría denotar que habían sido robados de un Banco, o una Caja de Ahorros o cualquier otra institución.

De pronto, Hal levantó la vista y dijo:

– Me pregunto por qué esos sonidos aflautados y esas corrientes preceden a Frank cuando se «teletransporta».

– ¡Quién sabe! -dijo Julie-. Quizá cuando él se zambulle en algún túnel de otra dimensión el aire que se desplaza desde el lugar que abandona hasta el lugar adonde va, cause ese fenómeno.

– Yo estaba pensando… Si ese señor Luz Azul es auténtico, y si está buscando a Frank, y si Frank oyó esa flauta y sintió ese soplo en aquel callejón…, entonces el señor Luz Azul podrá también «teletransportarse».

– Sí. ¿Y qué?

– Pues que Frank no es único. Sea lo que fuere, hay otro semejante a él. Tal vez incluso más de uno.

– Ahí tenemos otra cosa en que pensar -dijo Julie-. Si el señor Luz Azul puede «teletransportarse» y descubre dónde se halla Frank, nosotros no podremos defender un escondite de sus asechanzas. Él podrá surgir en nuestro medio. ¿Y qué pasará si llega con una metralleta escupiendo balas mientras se materializa?

Tras un momento de silencio, Hal dijo:

– ¿Sabes una cosa? La jardinería ha sido siempre un oficio placentero. Te basta con una segadora, un rastrillo y otras herramientas sencillas. Los gastos generales son más bien reducidos y apenas corres peligro de que te ametrallen.

* * *

Bobby siguió a Frank hasta el despacho en donde Julie y Hal estaban examinando el dinero. Colocando una hoja de papel sobre la mesa dijo:

– Lárgate, Sherlock Holmes. Ahora el mundo tiene un detective más grande.

Julie puso en diagonal la hoja para que ella y Hal pudieran leerla al mismo tiempo. Era una copia impresa con láser de la información que había facilitado Frank al Departamento californiano de Vehículos a Motor para solicitar una ampliación de su permiso de conducir.

– Los datos físicos coinciden -dijo Julie-. ¿Francis es de verdad tu primer nombre y Ezequiel el segundo?

Frank asintió.

– No lo recordaba hasta que lo vi. Pero soy yo sin duda. Ezequiel.

Golpeando con un dedo la copia, ella dijo:

– Y estas señas en El Encanto Heights…, ¿te hacen evocar algo?

– No. No puedo decirte siquiera lo que es El Encanto.

– Está cerca de Santa Bárbara -dijo Julie.

– Ya me lo ha dicho Bobby. Pero no recuerdo haber estado allí. Excepto…

– ¿Qué?

Frank se acercó a la ventana y miró hacia el lejano mar, sobre el cual se extendía ahora un cielo todo azul. Algunas gaviotas madrugadoras trazaban arcos con tanta fluidez y soltura que su exuberancia constituía un espectáculo emocionante. Pero era evidente que las aves no emocionaban a Frank ni el panorama le encantaba.

Al fin, mirando todavía por la ventana, dijo:

– No recuerdo haber estado en El Encanto Heights…, sin embargo, cada vez que oigo ese nombre el estómago se me revuelve, ya sabéis, como si descendiera por la montaña rusa. Y cuando intento pensar en El Encanto, esforzarme por recordarlo, el corazón se me acelera, la boca se me seca y me cuesta un poco más respirar. Así, pues, creo que me esfuerzo por reprimir cualquier recuerdo que tenga de ese lugar, tal vez porque algo me ha sucedido allí, algo malo…, algo que me asusta demasiado recordar.

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