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¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]

Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva e hilarante entrega de Mundodisco, Terry Pratchett nos presenta a un nuevo grupo de personajes que viven en Ankh-Morpork. Bueno, viven..., digamos que moran o habitan, que ya se sabe que en Ankh-Morpork el único que vive es el patricio… La guardia (turno de noche) está formada por un grupo de hombres rudos, con alguna debilidad de carácter, de acuerdo, que se entregan con aplomo a su trabajo y hacen frente sin temor a un cúmulo de situaciones peligrosas.
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
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Lady Ramkin pasó las manos por el cuerpecito de Errol.

—No tengo ni la menor idea de lo que está pasando aquí dentro —dijo. El dragoncito trató de darle un lametón en la cara—. ¿Qué ha comido últimamente?

—Lo último, que yo sepa, una tetera.

—¿Una tetera de qué?

—No. Una tetera. Un cacharro negro con un asa y un pitorro. La olfateó durante un buen rato, y luego se la comió.

Errol le dirigió una débil mirada cariñosa, y luego eructó. Ambos se tiraron de bruces al suelo.

—Ah, y también nos lo encontramos una vez comiéndose la carbonilla de la chimenea —siguió Vimes mientras volvían a incorporarse.

Se inclinaron sobre el bunker blindado donde lady Ramkin cobijaba a los dragoncitos enfermos. El blindaje era imprescindible. Por lo general, una de las primeras cosas que perdían las pobres bestias al enfermar era el control sobre su proceso digestivo.

—La verdad es que no parece enfermo —dijo la dama—. Sólo gordo.

—Se pasa el día gimiendo. Y se ve como si se le movieran cosas bajo la piel. ¿Sabe lo que pienso? ¿Recuerda que me dijo que pueden redistribuir su aparato digestivo?

—Ah, sí. Son capaces de distribuir sus estómagos y páncreas de diferentes maneras. Para aprovechar…

—Todo lo que encuentren y puedan utilizar como combustible —asintió Vimes—. Sí, creo que se está preparando para lanzar una llama muy caliente. Quiere desafiar al dragón grande. Cada vez que pasa volando, se pone a gimotear como un desesperado.

—¿Y no explota?

—Que yo sepa, no. Es decir, estoy seguro de que nos habríamos dado cuenta.

—¿Simplemente, come de manera indiscriminada?

—Es difícil saberlo con seguridad. Lo olfatea todo y se come la mayor parte de las cosas. Dos litros de aceite para lámparas, por ejemplo. De cualquier manera, no puedo dejarlo allí. No podríamos cuidarlo bien. Además, ya no nos hace falta para saber dónde está el dragón grande —añadió con amargura.

—Creo que se está comportando usted como un niño —replicó la dama, acompañándolo de vuelta a la casa.

—¿Como un niño? ¡Me despidieron delante de un montón de gente!

—Sí, pero estoy segura de que no fue más que un malentendido.

—¡Yo lo entendí perfectamente!

—La verdad, creo que está enfadado porque es usted impotente.

A Vimes se le saltaron los ojos de las órbitas.

—¿Queeeeé?

—Contra el dragón —siguió lady Ramkin, sin preocuparse lo más mínimo—. No puede hacer nada.

—Empiezo a pensar que esta maldita ciudad y el dragón se merecen mutuamente.

—La gente tiene miedo. No puede esperar gran cosa de unas personas tan asustadas.

Lo cogió amablemente por el brazo. Era como ver un robot industrial manipulado expertamente para coger un huevo con suavidad.

—No todo el mundo es tan valiente como usted —añadió con timidez.

—¿Como yo?

—La semana pasada. Cuando les impidió que mataran a mis dragones.

—Oh, aquello. Aquello no fue valentía. Además, no eran más que personas. Las personas son más fáciles. Le voy a decir la verdad, no pienso volver a acercarme a ese dragón ni de lejos. A veces tengo pesadillas pensando en aquello.

—Oh. —La dama pareció decepcionada—. Bueno, si está seguro… Tengo muchos amigos, ¿sabe? Si necesita cualquier tipo de ayuda, sólo tiene que decirlo. Sé que el duque de Sto Helit busca a un capitán para su guardia. Le escribiré una carta. Son una pareja joven muy amable, le caerán muy bien, estoy segura.

—Aún no sé muy bien qué voy a hacer —replicó Vimes, con más brusquedad de la que pretendía—. Estoy considerando un par de ofertas.

—Claro, claro. Usted sabrá lo que es mejor.

Vimes asintió.

Lady Ramkin se dedicó a retorcer su pañuelito entre las manos.

—Bueno —dijo.

—Bueno —dijo Vimes.

—Eh…, entonces, supongo que querrá marcharse.

—Sí, supongo que debo marcharme.

Hubo una pausa. Luego, los dos hablaron a la vez.

—Ha sido muy…

—Me gustaría decirle que…

—Lo siento.

—Lo siento.

—No, usted estaba hablando.

—No, lo siento, ¿qué iba a decirme?

—Oh —titubeó Vimes—. Bien, me voy.

—Ah. Sí. —Lady Ramkin le dedicó una sonrisa desganada—. No puede dejar esperando a todas esas ofertas, ¿verdad? —añadió.

Le tendió una mano. Vimes la estrechó con cautela.

—Bien, en ese caso, me voy —dijo.

—Venga a verme alguna vez —replicó lady Ramkin, con voz más fría—. Si pasa por aquí. Estoy segura de que a Errol le gustará verle.

—Sí. Bien. Bueno, adiós.

—Adiós, capitán Vimes.

Salió por la puerta, y caminó apresuradamente por el oscuro sendero, cubierto de hierbajos descuidados. Podía sentir la mirada de la mujer en la nuca, o al menos le parecía poder sentirla. Seguro que estaba de pie ante la puerta, bloqueando casi toda la luz. Mirándome. Pero no voy a mirar hacia atrás, pensó. Eso sería una auténtica tontería. Es una persona encantadora, tiene sentido común a montones y una gran personalidad, pero la verdad…

No voy a mirar hacia atrás, aunque se quede ahí hasta que yo llegue a la calle. A veces, para hacer lo mejor por alguien, hay que ser cruel.

Así que, cuando oyó cerrarse la puerta cuando sólo estaba a medio camino hasta la calle, se sintió de repente muy, muy furioso, como si le acabaran de robar algo.

Se quedó quieto, abriendo y cerrando los puños en la oscuridad. Ya no era el capitán Vimes, era el ciudadano Vimes, lo que significaba que podía hacer cosas con las que jamás había soñado. Quizá romper a pedradas unas cuantas ventanas, por ejemplo.

No, eso no le serviría de nada. Quería algo más. Quería librarse del maldito dragón, recuperar su empleo, echarle las manos al cuello al causante de todo el caos, olvidarse de todas las ordenanzas por una vez y golpear a alguien hasta cansarse…

Miró hacia la nada. Allí abajo, la ciudad era una masa de humo y vapor. Pero tampoco estaba pensando en eso.

Estaba pensando en la manera de correr de un hombre. Y, entre las neblinas de los recuerdos, extrajo la imagen de un muchacho que corría para no quedarse atrás.

—¿Ha sobrevivido alguno? —murmuró entre dientes.

El sargento Colon terminó de leer la proclama y miró a la multitud hostil que lo rodeaba.

—A mí no me echéis la culpa —advirtió—. Yo me limito a leer las cosas, no las escribo.

—Eso son sacrificios humanos —replicó alguien.

—Eh, que los sacrificios humanos no tienen nada de malo —le advirtió un sacerdote.

—Ah, persé —se apresuró a añadir el primero—. Por razones religiosas, claro. Y con criminales conde nados a muerte.[20] Pero eso es diferente, aquí se habla de echarle a alguien al dragón cada vez que tenga hambre.

—¡Muy bien dicho! —exclamó el sargento Colon.

—Los impuestos son una cosa, pero comerse a la gente es otra muy diferente.

—¡Así se habla!

—Si todos nos unimos y nos negamos, ¿qué puede hacer el dragón?

Nobby abrió la boca. Colon se la tapó con una mano y alzó un puño en gesto triunfal.

—¡Es lo que digo yo! —exclamó—. ¡El pueblo unido jamás será consumido! Le aplaudieron.

—Espera un momento —dijo un hombrecillo lentamente—. Que sepamos, el dragón sólo hace una cosa: volar por toda la ciudad incinerando a la gente. Nada indica que lo que se está sugiriendo aquí vaya a impedírselo.

—Sí, pero si todos protestamos… —insistió el primero, con la voz moderada por la inseguridad.

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20

Un buen número de las religiones de Ankh-Morpork seguían practicando los sacrificios humanos, aunque la verdad es que ya no necesitaban practicarlos, porque se les daban muy bien. Las leyes de la ciudad decían que sólo se podía utilizar a criminales condenados, pero eso no tenía mayor importancia, porque en la mayoría de las religiones el negarse a presentarse voluntario para el sacrificio era un crimen castigado con la muerte.

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