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¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]

Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva e hilarante entrega de Mundodisco, Terry Pratchett nos presenta a un nuevo grupo de personajes que viven en Ankh-Morpork. Bueno, viven..., digamos que moran o habitan, que ya se sabe que en Ankh-Morpork el único que vive es el patricio… La guardia (turno de noche) está formada por un grupo de hombres rudos, con alguna debilidad de carácter, de acuerdo, que se entregan con aplomo a su trabajo y hacen frente sin temor a un cúmulo de situaciones peligrosas.
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
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—Ah, pero de mala manera. De mala manera. Animales perdidos y todo eso —replicó Wonse, con la vista clavada en la mesa—. Obviamente, como rey, esa situación se ha vuelto inaceptable.

El silencio creció hasta adquirir una textura. Los consejeros pensaron con todas sus fuerzas, sobre todo acerca de lo que acababan de comer. La llegada de un gran budín con montones de nata no hizo más que ayudarlos a concentrarse.

—Eh… —dijo al final el mercader jefe—, ¿cada cuánto tiempo tiene hambre el rey?

—Constantemente —respondió Wonse—. Pero sólo come una vez al mes. En realidad, es una ocasión ceremonial.

—Por supuesto, por supuesto —asintió el mercader.

—Y… esto… —intervino el asesino jefe—, ¿cuándo…, cuándo comió el rey por última vez?

—Lamento decir que no ha comido apropiadamente desde que llegó —dijo Wonse.

—Oh.

—Debéis comprenderlo —siguió Wonse, jugueteando a la desesperada con los cubiertos de madera—. Ir por ahí matando a la gente como un vulgar asesino…

—¡Por favor! —protestó el asesino jefe.

—Como un vulgar criminal, quiero decir… No es… satisfactorio. La esencia misma de la alimentación del rey es que debe ser un…, bueno, un acto de unión entre el rey y sus súbditos. Es…, es una alegoría viva. Refuerza los estrechos lazos que unen a la corona con la comunidad —añadió.

—La naturaleza exacta de la comida… —empezó el ladrón jefe, casi atragantándose con las palabras—. ¿Estamos hablando de jóvenes doncellas?

—Prejuicios, simples prejuicios —replicó Wonse—. La edad carece de importancia. Pero claro, el estado civil sí es vital. Y la clase social. Creo que tiene algo que ver con el sabor.

Se inclinó hacia adelante. Ahora su voz estaba llena de dolor, era apremiante. Todos pensaron que, por primera vez, era la suya propia.

—¡Por favor, pensadlo bien! —siseó—. ¡Al fin y al cabo, sólo será una al mes! ¡A cambio de tanto…! Las familias de las personas cercanas al rey, como los Consejeros Privados como vosotros, no entrarán en este tema, por supuesto. E imaginad las alternativas.

No imaginaron todas las alternativas. Les bastaba y les sobraba con imaginar una sola.

Guardaron silencio mientras Wonse hablaba. Trataron de no mirarse unos a otros, por miedo a ver un reflejo de sus propios rostros. Cada uno pensaba: alguno de los otros dirá algo pronto, protestará, y entonces yo murmuraré un asentimiento, sin decir nada, claro, que no estoy loco, pero murmuraré con toda firmeza, para que a los demás no les quede duda de que estoy en contra, porque en momentos como éste todos los hombres decentes tienen que casi levantarse y casi hacerse oír…

Pero nadie dijo nada. Qué cobardes, pensaron todos.

Y nadie tocó el budín, ni las chocolatinas grandes como ladrillos que les sirvieron después. Se limitaron a escuchar la voz átona de Wonse sin decir palabra, y luego trataron de marcharse lo más separados posible para no tener que hablar unos con otros.

Excepto el mercader jefe, por cierto. Salió del palacio con el presidente de los asesinos. Caminaron juntos un buen tramo, tratando de pensar a toda velocidad. El mercader jefe intentaba mirar el asunto por el lado bueno; era una de esas personas que siempre salen ganando incluso en la peor de las situaciones.

—Vaya, vaya —dijo—. Así que ahora somos consejeros privados. Qué honor.

—Mmm —replicó el asesino.

—¿Cuál será la diferencia entre ser consejeros normales como antes y ser consejeros privados? —se preguntó el otro en voz alta.

El asesino le lanzó una mirada despectiva.

—Creo —dijo— que ahora esperan que comamos mierda.

Volvió a concentrar la vista en sus pies. No podía dejar de pensar en la última palabra de Wonse, mientras estrechaba la mano casi inerte del secretario. Se preguntó si alguien más la habría oído. No era probable…, había sido más una forma que un sonido. Wonse se había limitado a formularla con los labios mientras miraba fijamente el rostro bronceado por la luna del asesino.

Ayúdame.

El asesino se estremeció. ¿Por qué él? Que él supiera, sólo estaba cualificado para proporcionar un tipo de ayuda, y eran muy pocas las personas que la solicitaban para ellas mismas. De hecho, solían pagar grandes cantidades para que les fuera obsequiada como regalo sorpresa a ciertos conocidos suyos. Se preguntó qué le estaría pasando a Wonse para hacer que cualquier alternativa le pareciera mejor…

Wonse se sentó a solas en el oscuro salón semiderruido. Esperando.

Podía intentar huir. Pero lo encontraría de nuevo. Siempre había sido capaz de encontrarle. Podía seguir el olor de su mente.

O lo achicharraría. Eso era peor. Igual que a los Hermanos. Quizá fue una muerte instantánea, parecía una muerte instantánea, pero Wonse se quedaba despierto por las noches preguntándose si esos últimos microsegundos se extendían hasta convertirse en una eternidad subjetiva al rojo blanco, mientras cada parte de tu cuerpo se convertía en una simple mancha de plasma, y tú seguías vivo en el centro de todo…

A ti no. A ti no te quemaré.

No era telepatía. Por lo que Wonse sabía, la telepatía era como oír una voz dentro de la cabeza.

Aquello era como oír una voz dentro del cuerpo. Todo su sistema nervioso vibraba ante su sonido, como la cuerda de un arco.

Levántate.

Wonse se puso en pie como pudo, volcando la silla y golpeándose las rodillas contra la mesa. Cuando aquella voz le hablaba, él tenía tanto control sobre su cuerpo como el agua sobre la gravedad.

Ven.

Wonse se tambaleó en la dirección indicada.

Las alas se desplegaron lentamente, con algún que otro crujido, hasta que llenaron la sala de un extremo al otro. La punta de una de ellas destrozó una ventana y salió al aire del atardecer.

Lenta, sensualmente, el dragón estiró el cuello y bostezó. Cuando terminó, adelantó la cabeza hasta quedar a meros centímetros del rostro de Wonse.

¿Qué significa «voluntario»?

Eh…, quiere decir algo que haces por tu propia voluntad —explicó Wonse.

¿Pero ellos no tienen voluntad propia! ¡Contribuirán con su oro, o los quemaré vivos!

Wonse tragó saliva.

—Sí —reconoció—, pero no debes… El silencioso rugido de furia lo envolvió. ¡No hay nada que yo no «deba»!

¡No, no, no! —gimió Wonse, apretándose las sienes—. ¡No quería decir eso! ¡Créeme! ¡Pero así es mejor, de verdad! ¡Es mejor, más seguro!

¡Nada puede hacerme daño!

Desde luego, desde luego… ¡Nada puede controlarme!

Wonse alzó las manos extendidas, en un gesto vagamente conciliador.

—Por supuesto —dijo—. Pero hay sistemas y sistemas, ya me entiendes. Sistemas y sistemas. Todo eso de los rugidos y las llamaradas… no lo necesitas, de verdad.

¡Simio ignorante! ¿ Cómo si no puedo conseguir que hagan mi voluntad?

Wonse se puso las manos a la espalda.

—Lo harán por su propia voluntad —dijo—. Y, con el tiempo, llegarán a pensar que a ellos fue a quienes se les ocurrió la idea. Será una tradición. Te lo digo yo. Los humanos somos criaturas muy adaptables. El dragón le dirigió una larga mirada.

—De hecho —siguió Wonse, tratando de que no le temblara la voz—, antes de que pase mucho tiempo, si viene alguien y les dice que tener un rey dragón no es buena idea, lo matarán ellos mismos.

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