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¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]

Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva e hilarante entrega de Mundodisco, Terry Pratchett nos presenta a un nuevo grupo de personajes que viven en Ankh-Morpork. Bueno, viven..., digamos que moran o habitan, que ya se sabe que en Ankh-Morpork el único que vive es el patricio… La guardia (turno de noche) está formada por un grupo de hombres rudos, con alguna debilidad de carácter, de acuerdo, que se entregan con aplomo a su trabajo y hacen frente sin temor a un cúmulo de situaciones peligrosas.
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
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—Seguro que aparecerá algún héroe —dijo Zanahoria—. Con un arma nueva o algo por el estilo. Y le sacudirá en su punto volublerable.

Se hizo el silencio que suele hacerse cuando alguien escucha con atención.

—¿Qué es eso? —preguntó Nobby.

—Un punto. Donde es volublerable. Mi abuelo me contaba historias. Si le aciertas a un dragón en los volublerables, lo matas.

—¿Es como pegarle una patada justo ahí? —preguntó Nobby, interesado.

—No sé. Supongo que sí. Aunque ya te lo he dicho, Nobby, va contra la ley…

—Oye, ¿y dónde está ese punto?

—Oh, supongo que en un lugar diferente en cada dragón. Esperas hasta que pase volando por encima de ti y dices, ahí está el punto volublerable, y lo matas —explicó Zanahoria—. Así de fácil.

El sargento Colon miró al espacio con gesto inexpresivo.

—Mmm —murmuró Nobby.

Observaron el panorama de pánico durante un rato.

—¿Estás seguro de eso del punto volublerable?

—preguntó al final el sargento Colon.

—Sí, y tanto.

—Ojalá no lo estuvieras, hijo.

Volvieron a contemplar la ciudad aterrorizada.

—¿Sabes? —empezó Nobby—. Me acuerdo de que siempre dices que ganabas premios de tiro con arco cuando estabas en la academia, sargento. Me contaste que tenías una flecha de la suerte, y que la llevabas siempre…

—¡De acuerdo! ¡De acuerdo! Pero no es lo mismo, ¿sabes? Además, yo no soy un héroe. ¿Por qué voy a hacerlo?

—El capitán Vimes nos paga treinta dólares al mes —dijo Zanahoria.

—Sí —asintió Nobby, sonriente—, y tú además tienes un extra de cinco dólares por rango.

—Pero el capitán Vimes ya no está —dijo Colon, no sin razón.

Zanahoria lo miró con tozudez.

—Estoy seguro de que, si estuviera, él sería el primero en…

Colon le hizo callar.

—Todo eso está muy bien —replicó—. Pero ¿qué pasará si fallo?

—Míralo por el lado bueno —señaló Nobby—. Lo más probable es que ni lo llegues a saber.

La expresión del sargento Colon se transformó en una sonrisa malévola, desesperada.

—Querrás decir que no lo llegaremos a saber —dijo.

—¿Qué?

—Si crees que voy a subirme solo a no sé qué tejado, estás muy equivocado. Te ordeno que me acompañes. Además —añadió—, a ti también te pagan un dólar extra por los riesgos laborales.

El rostro de Nobby era una mueca de pánico.

—¡Te equivocas! —gimió—. ¡El capitán Vimes dijo que me lo retiraba durante cinco años porque soy una vergüenza para la especie!

Bueno, pues a lo mejor así lo recuperas. Además, tú eres el experto en puntos volublerables. Te he visto pelear más de una vez.

Zanahoria saludó marcialmente.

—Permiso para ofrecerme voluntario, señor —dijo—. Y yo sólo cobro veinte dólares al mes en concepto de paga básica, y no me importa, señor.

El sargento Colon carraspeó. Luego, se enderezó la placa pectoral. Era una de esas placas impresionantes, con el relieve de los músculos. Su pecho y su estómago encajaban dentro igual que la gelatina en un molde.

¿Qué haría en un momento así el capitán Vimes? : Bueno, bebería algo, desde luego. Pero, si no pudiera beber, ¿qué haría?

—Lo que necesitamos —dijo lentamente—, es un Plan.

Aquello sonaba muy bien. Sólo la frase valía ya la paga. Si uno tiene un Plan, ya ha recorrido medio camino.

Ya le parecía oír las aclamaciones de las multitudes. La gente bordeaba las calles en hileras, y le arrojaban | flores, y lo llevaban en comitiva triunfal por toda una ¡ ciudad agradecida.

Lo malo del asunto era que sospechaba que lo llevaban en una urna.

Lupine Wonse recorrió los pasillos, por los que el viento circulaba ahora libremente, hasta el dormitorio del patricio. Nunca había sido una habitación suntuosa, no había más que una cama estrecha y unos cuantos armarios destartalados. Pero ahora estaba aún peor. Faltaba una pared. Si a uno le daba por caminar en sueños, corría el riesgo de terminar en la vasta caverna que era la Sala Principal.

Aun así, cerró la puerta a su espalda, para obtener un simulacro de intimidad. Luego, cautelosamente, sin dejar de lanzar miradas nerviosas hacia el gran espacio que se abría más allá, se arrodilló en el centro de la habitación y levantó un tablón del suelo.

Sacó del hueco una larga túnica negra. Wonse siguió rebuscando en el polvoriento espacio. Buscó más. Buscó mucho más. Luego se tendió de bruces y metió ambos brazos en el agujero, a la desesperada.

El libro se deslizó por el suelo de la habitación y le golpeó en la nuca.

—¿Estabas buscando esto? —preguntó Vimes.

Salió de entre las sombras.

Wonse estaba allí de rodillas, abriendo y cerrando la boca como un pez.

¿Qué va a decir?, pensó Vimes. Quizá lo de Sé lo que estás pensando, pero no es lo que parece. O a lo mejor Escucha, puedo explicarlo todo. Ojalá tuviera un dragón cargado en las manos ahora mismo.

—Vaya. Has sido muy listo al adivinarlo —dijo Wonse.

Y siempre hay otras posibilidades, por supuesto, pensó Vimes.

—Bajo los tablones del suelo —dijo en voz alta—. Vaya tontería por tu parte, es el primer lugar en el que miraría cualquiera.

—Lo sé. Supongo que no se imaginaba que entraría alguien a buscar esto —dijo Wonse al tiempo que se ponía en pie y se sacudía el polvo.

—¿Disculpa? —sonrió Vimes con toda amabilidad.

—Vetinari. Ya sabes que se pasaba la vida con estas estratagemas. Estaba implicado en la mitad de los planes contra sí mismo, así era cómo dirigía las cosas. Le encantaba. Es evidente que invocó al dragón y luego no pudo controlarlo. Se encontró con un ser más astuto que él mismo.

—¿Y qué estabas haciendo tú? —quiso saber Vimes.

—Me preguntaba si sería posible invertir el hechizo. O quizá llamar a otro dragón. Seguramente pelearían entre ellos, ¿no crees?

—¿Una especie de equilibrio de terror, quieres decir? —preguntó Vimes.

—Vale la pena intentarlo —replicó Wonse, ansioso. Se acercó unos pasos—. Mira, con respecto a tu puesto… sé que los dos estábamos un poco nerviosos en aquel momento, y por supuesto, si quieres recuperarlo, puedo conseguirlo sin problemas…

—Debió de ser terrible —lo interrumpió Vimes—. Imagina lo que debió de pasar por su mente. Lo invocó, y luego se encontró con que no era sólo una especie de herramienta, sino un ser vivo con mente propia. Una mente igual que la suya, pero sin frenos. Seguro que al principio el pobre pensaba que lo estaba haciendo por el bien de la ciudad. Sin duda estaba loco. O acabó loco.

—Sí —replicó Wonse con voz ronca—. Debió de ser terrible para él.

—¡Sí, pero me gustaría ponerle las manos encima! Con todos los años que hace que conozco a ese hombre, nunca me di cuenta de que…

Wonse no dijo nada.

—Corre —ordenó Vimes con amabilidad.

—¿Qué?

—Que corras. Quiero verte correr.

—No compren…

—Vi correr a alguien la noche en que el dragón incineró aquella casa. Recuerdo que, en aquel momento, pensé que se movía de una manera extraña, como si rebotara, más que andar. Y el otro día te vi a ti huir del dragón. Casi habría jurado que se trataba de la misma persona. Como si fuera alguien que no quiere quedarse atrás. ¿Ha sobrevivido alguno, Wonse?

Wonse sacudió una mano, en un movimiento que debió de considerar despreocupado.

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