¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]
- Автор: Пратчетт Теренс Дэвид Джон
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1720-0
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
Extendió la mano para acariciarle la piel, y dejó escapar una exclamación. La retiró rápidamente mientras se le formaban ampollas en las puntas de los dedos.
Errol estaba tan frío que quemaba.
Mientras miraba al dragoncito, las pequeñas marcas redondeadas que había fundido su calor volvieron a transformarse en hielo.
Lady Ramkin se puso en cuclillas.
—¿Qué clase de dragón eres? —suspiró.
Oyó, muy lejos, el sonido distante de alguien llamando a la puerta principal de la casa. Titubeó un instante, luego apagó la lámpara de un soplido, recorrió el pasillo entre los compartimientos a toda velocidad, y apartó a un lado el trozo de tela de saco que cubría la ventana.
Las primeras luces del amanecer le revelaron la silueta de un guardia en las escaleras, con las plumas del casco que se agitaban por la brisa.
Se mordió el labio inferior, cruzó la puerta a toda velocidad, cruzó el césped y se metió corriendo en la casa, subiendo las escaleras de tres en tres.
—Estúpida, estúpida —murmuró al recordar que la lámpara estaba en el piso de abajo.
Pero no había tiempo para eso. Si se entretenía en ir a cogerla, Vimes podía marcharse.
Por tacto y de memoria, en la penumbra, encontró su mejor peluca y se la encasquetó. En algún lugar entre los ungüentos y pomadas para dragones que poblaban su cómoda había algo que, si mal no recordaba, se llamaba Rocío de la noche, o alguna otra cosa igualmente inapropiada, regalo de hacía mucho tiempo de un sobrino en que no pensaba demasiado. Olisqueó varios frascos hasta dar con algo que, por el aroma, era probablemente el que buscaba. Hasta alguien con un aparato olfativo que se había cerrado hacía mucho ante la brutalidad del olor de los dragones, tuvo que ver que era más…, bueno, más potente de lo que recordaba. Pero, al parecer, a los hombres les gustaban aquellas cosas. O eso había leído. Una auténtica tontería. Se tiró un poco de la costura del escote del camisón, que de repente le parecía demasiado sensato y cómodo, hasta colocarlo en una posición que esperaba que revelase sin llegar a exponer, y corrió a toda velocidad escaleras abajo.
Se detuvo ante la puerta principal, tomó aliento, giró el picaporte y, mientras la puerta se abría, comprendió que debería haberse quitado las botas de goma…
—Vaya, capitán —dijo dulcemente—, qué sorpresa tan… ¿quién demonios es usted?
El jefe de la guardia de palacio retrocedió unos cuantos pasos y, como provenía de una familia de campesinos, hizo unos cuantos signos para espantar a los malos espíritus. Obviamente, no sirvieron de nada. Cuando volvió a abrir los ojos, el monstruo seguía allí, todavía encendido de rabia, todavía apestando a algo rancio y fermentado, todavía coronado por una masa de rizos, todavía refugiado tras unos pechos que hicieron que se le secara el paladar…
Había oído hablar de aquel tipo de fieras. Las llamaban arpías. ¿Qué habría hecho aquélla con lady Ramkin?
En cambio, la visión de las botas de goma lo desconcertaba un poco. Las leyendas sobre arpías no incluían referencias a botas de goma.
—Hable de una vez, amigo —rugió lady Ramkin, volviendo a subirse el escote hasta una altura más respetable—. ¿O piensa quedarse ahí toda la noche abriendo y cerrando la boca? ¿Qué quiere?
—¿Lady Sybil Ramkin? —dijo el guardia, no con el tono educado de alguien que busca una simple confirmación, sino con la voz incrédula de quien encuentra muy difícil creer que la respuesta pueda ser «sí».
—Abra los ojos, joven. ¿Quién cree que soy? El guardia recuperó el control sobre sí mismo.
—Tengo una orden para lady Sybil Ramkin —dijo, todavía inseguro.
La voz de la mujer temblaba.
—¿Cómo que una orden?
—Para que acuda al palacio.
—No sé para qué se me puede requerir a estas horas de la madrugada —dijo al tiempo que intentaba cerrar la puerta de golpe.
Pero no se cerró, porque el guardia metió la punta de la espada en el último momento.
—Si no viene —dijo el guardia—, se me ha ordenado que tome medidas.
La puerta volvió a abrirse bruscamente, y lady Ramkin presionó el rostro contra el del guardia, que casi se desmayó ante la peste a pétalos de rosa podridos.
—Si se ha creído que voy a dejar que me ponga la mano encima… —empezó.
La mirada del guardia se desvió un instante, sólo un instante, hacia el cobertizo de los dragones. Lady Ramkin se puso pálida.
—¡No se atreverá! —siseó.
El guardia tragó saliva. La mujer era temible, pero humana al fin y al cabo. Sólo podía arrancarle la cabeza de un mordisco metafóricamente. Se recordó que existían cosas mucho peores que lady Ramkin, aunque también hubo de admitir que no se encontraban en aquel momento a siete centímetros de su nariz.
—Tomar medidas —repitió en un gemido. Lady Ramkin se irguió, y vio por primera vez a los guardias que había más atrás.
—Ya entiendo —dijo con voz gélida—. Así se hacen ahora las cosas, ¿no? Venís seis a coger a una débil mujer. Muy bien. Supongo que, por lo menos, me permitiréis ponerme un abrigo. Hace frío.
Cerró la puerta de golpe.
Los guardias de palacio dieron pataditas contra el suelo para sacudirse el frío, y trataron de no mirarse unos a otros. Obviamente, aquélla no era manera de ir arrestando a la gente. Para empezar, no los solían dejar esperando en la puerta, las cosas no funcionaban así. Pero claro, la única alternativa era entrar y sacarla a rastras, y a ninguno de ellos le entusiasmaba la idea. Además, el capitán de la guardia no estaba muy seguro de que fueran suficientes como para llevarse a rastras a lady Ramkin. Harían falta muchos más guardias, y troncos de madera.
La puerta crujió al abrirse de nuevo, revelando sólo la oscuridad polvorienta del vestíbulo.
—Bien, muchachos… —empezó el capitán, inseguro.
Lady Ramkin apareció ante ellos. El capitán vio sólo un atisbo borroso de la mujer cuando saltó por la puerta, gritando, y bien habría podido ser lo último que recordara si uno de los guardias no hubiera tenido la presencia de ánimo suficiente como para ponerle la zancadilla cuando bajó por las escaleras. Lady Ramkin cayó hacia adelante con una maldición, se precipitó contra el césped descuidado, y su cabeza fue a chocar contra la decrépita estatua de un antiguo Ramkin. Se quedó inmóvil.
La enorme espada que había esgrimido aterrizó junto a ella, y se clavó vibrante en el suelo.
Tras unos largos momentos, uno de los guardias avanzó de puntillas con cautela y probó el filo con la yema de un dedo.
—Demonios —exclamó con una voz en la que se mezclaban el horror y el respeto—. ¿Y el dragón quiere comérsela?
—Reúne todos los requisitos —dijo el capitán—. Debe de ser la dama de más alta cuna de toda la ciudad. En cuanto a lo de la doncellez, ni idea —añadió—, y en este momento, no me pienso poner a hacer especulaciones. Que alguien vaya a buscar una carreta.
Se pasó un dedo por la oreja, allí donde lo había rozado la punta de la espada. Por naturaleza, no era un hombre cruel, pero en aquel momento estaba seguro de que preferiría que hubiera todo un dragón entre Sybil Ramkin y él cuando la mujer despertara.
—¿No se supone que debíamos matar a sus dragoncitos, señor? —preguntó otro guardia—. Creí que el señor Wonse nos había dicho que acabáramos con todos.
—Eso no era más que una amenaza por si se negaba a venir.
El guardia frunció el ceño.
—¿Seguro, señor? Pensé…
El capitán ya estaba harto. Arpías que gritaban, enormes espadas que hendían el aire junto a él con un sonido como el de la seda al rasgarse…, todo aquello había acabado con su capacidad para ver las cosas desde el punto de vista de un camarada.