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¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]

Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva e hilarante entrega de Mundodisco, Terry Pratchett nos presenta a un nuevo grupo de personajes que viven en Ankh-Morpork. Bueno, viven..., digamos que moran o habitan, que ya se sabe que en Ankh-Morpork el único que vive es el patricio… La guardia (turno de noche) está formada por un grupo de hombres rudos, con alguna debilidad de carácter, de acuerdo, que se entregan con aplomo a su trabajo y hacen frente sin temor a un cúmulo de situaciones peligrosas.
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
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—No, creo que estáis todos demasiado correosos —añadió Wonse—. Ja ja.

—Ja ja.

—Ja ja.

—Jo jo.

La temperatura descendió varios grados.

—Así que, si tenéis la bondad de venir por aquí…

La gran sala había cambiado. Para empezar, era mucho más grande. Se habían derribado las paredes de las habitaciones adyacentes y los suelos de las de encima. | El suelo estaba lleno de cascotes, excepto el centro, donde había un montón de oro…

Bueno, de algo dorado. Parecía como si alguien hubiera registrado todo el palacio en busca de cualquier cosa que brillara. Allí estaban los marcos de los cuadros, y el hilo de oro de los tapices, la cubertería de plata y alguna que otra piedra preciosa. También se veían soperas de la cocina, candelabros, calientacamas, trozos de espejo…, todo cosas brillantes.

Pero los invitados no estaban en condiciones de prestar mucha atención a esto, por culpa de lo que colgaba sobre sus cabezas.

Parecía el cigarro mal liado más grande del universo, siempre y cuando el cigarro mal liado más grande del universo tuviera la costumbre de colgarse cabeza abajo. Se divisaban dos garras aferradas a las oscuras vigas.

A medio camino entre el brillante montón y la puerta habían puesto una pequeña mesa. Los invitados no se sorprendieron demasiado al ver que faltaba el servicio de plata habitual que habían llegado a conocer. Había platos de cerámica, y parecía que un carpintero hubiera tallado apresuradamente los cubiertos en madera. Wonse tomó asiento a la cabeza de la mesa, e hizo una señal a los criados.

—Por favor, amigos, sentaos —dijo—. Siento que las cosas sean un poco… diferentes, pero el rey espera que lo toleréis hasta que todo se pueda organizar de una manera más adecuada.

—El…, eh… —dijo el mercader jefe.

—El rey —repitió Wonse.

Su voz parecía a un milímetro de la locura.

—Ah. El rey. Claro —asintió el mercader.

Desde donde estaba sentado se veía perfectamente la cosa que colgaba del techo. Le pareció advertir algún movimiento, un temblor en los grandes pliegues que la envolvían.

—Larga vida al rey —añadió rápidamente.

El primer plato era sopa con tropezones. Wonse no la probó. Los demás comieron en un silencio aterrorizado, quebrado sólo por el sordo ruido de la madera contra la cerámica.

—Hay ciertos decretos para los que el rey querría vuestra aprobación —dijo Wonse al final—. Son simples formalismos, por supuesto, y lamento tener que molestaros por esos detalles sin importancia.

El gran fardo pareció mecerse a la brisa.

—No es ninguna molestia —gimió el ladrón jefe.

—El rey desea que se sepa —siguió Wonse—, que le complacería en grado sumo recibir regalos por la coronación del pueblo en general. Nada complicado, por supuesto. Sencillamente, todos los metales preciosos o gemas que tengan y de las que puedan prescindir. Me gustaría indicar que, por supuesto, esto no es en modo alguno obligatorio. La generosidad que espera es un acto completamente voluntario.

El presidente de los asesinos miró con tristeza los anillos que llevaba en los dedos, y suspiró. El mercader jefe ya se estaba quitando con resignación la cadena dorada que llevaba al cuello, símbolo de su cargo.

—¡Amigos, amigos! —dijo—. ¡Esto es de lo más inesperado!

—Ehhh… —empezó el archicanciller de la Universidad Invisible—. Supongo que estarás al corriente…, es decir, supongo que el rey sabrá que la Universidad está exenta de todos los impuestos de la ciudad…

Trató de disimular un bostezo. Los magos se habían pasado la noche dirigiendo sus mejores hechizos contra el dragón. Era como pegar puñetazos a la niebla.

—Mi querido amigo, esto no es ningún impuesto —protestó Wonse—. Espero no haber dicho nada que os haya hecho pensar semejante cosa. ¡Oh, no, en absoluto! Los tributos que se le hagan deben ser, como he dicho, completamente voluntarios. Espero que haya que-. dado claro.

—Como el agua —asintió el presidente de los asesinos, mirando al viejo mago—. Y estos tributos completamente voluntarios irán a parar a…

—Al montón —señaló Wonse.

—Ah.

—Aunque estoy completamente seguro de que los ciudadanos serán muy generosos en cuanto comprendan la situación —intervino el mercader jefe—, estoy seguro de que el rey es consciente de que hay muy poco oro en Ankh-Morpork.

—Me alegra que lo menciones —asintió Wonse—. El rey piensa que nuestros legítimos intereses en Quirm, Sto Lat, Pseudópolis y Camis-Et han sido gravemente comprometidos durante los últimos siglos. Quiere solucionar esto lo antes posible, amigos, y os aseguro que los tesoros llegarán a la ciudad, enviados por todos aquellos deseosos de disfrutar de la protección del rey.

El presidente de los asesinos contempló el montón. Tenía una idea bastante concreta de adonde irían a parar todos esos tesoros. Era admirable el talento de los dragones para salirse con la suya. Casi parecían humanos.

—Oh —dijo.

—Por supuesto, también se nos hará donación de Otras cosas en forma de tierras, por ejemplo, y el rey desea comunicar que sus Consejeros Privados serán debidamente recompensados.

—Y…, eh… —dijo el presidente de los asesinos, que empezaba a sentir que entendía perfectamente los procesos mentales del rey—. No hay duda de que estos…, eh…

—Consejeros Privados —le recordó Wonse.

—No hay duda de que le responderán con más generosidad todavía. En forma de tesoros, por ejemplo.

—Estoy seguro de que tales consideraciones no han pasado por la mente del rey —le aseguró Wonse—. Pero tomo nota de tu sugerencia.

—Eso me parecía a mí.

El segundo plato consistía en carne de cerdo, alubias y patatas. Todo, como no pudieron dejar de advertir, comida que engordaba.

Lo único que tomó Wonse fue un vaso de agua.

—Lo que nos lleva a otro asunto bastante delicado, que estoy seguro de que unos caballeros de mente abierta y amplia cultura como vosotros podréis aceptar sin dificultad —dijo.

La mano con la que sostenía el vaso empezaba a temblar.

—Espero que también lo comprenda la población en general, sobre todo dado que el rey podrá contribuir en gran medida al bienestar y protección de la ciudad. Por ejemplo, estoy seguro de que la gente descansará más tranquila por las noches sabiendo que el dr…, que el rey los protege incansablemente de todo mal. Pero puede que haya algunos… prejuicios ridículos y anticuados… que sólo se podrán erradicar gracias al trabajo esforzado… por parte de todos los ciudadanos de buena voluntad.

Hizo una pausa y los miró. El presidente de los asesinos diría más tarde que había visto los ojos de muchos hombres que, obviamente, estaban llamando a las puertas de la muerte, pero que nunca había visto unos ojos que le estuvieran mirando ya desde el otro lado.

Deseaba no tener que volver a ver algo como aquello nunca, nunca más.

—Me refiero —siguió Wonse, con cada palabra aflorando como burbujas en unas arenas movedizas—, al asunto… de la…, de la dieta del rey.

Se hizo un silencio espantoso. Oyeron el tenue crujido de las alas sobre ellos, y las sombras en los rincones de la sala se hicieron más oscuras, parecieron acercarse más.

—La dieta —dijo el jefe de los ladrones con voz átona.

—Sí —asintió Wonse.

Su voz era casi un gemido. El sudor le resbalaba por el rostro. El presidente de los asesinos había oído una vez la palabra «rictus», preguntándose cuándo se podría utilizar correctamente para describir la expresión de una persona. Ahora lo sabía. En eso se había convertido la cara de Wonse: era el rictus aterrado de alguien que intenta no oír lo que está diciendo su boca.

—Nosotros…, eh…, pensábamos —empezó el presidente de los asesinos, eligiendo las palabras con toda cautela—, pensábamos que el dr…, que el rey…, bueno, ya se las había estado arreglando estas semanas…

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