Lo mejor de la ciencia ficción rusa
- Автор: Журавлева Валентина Николаевна, Днепров Анатолий Петрович
- Год: 1972
- Язык: испанский
- Год: Editorial Bruguera
- Переводчик: Carlos Robles
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:
Nada pudo advertir a los monstruos sin cerebro su inevitable fin. Los restos más pequeños no se han salvado de la erosión y los otros, los grandes huesos de los dinosaurios, nos maravillan aún hoy por su gran abundancia. No era una coincidencia casual…
¿Y si tampoco fuese casual la otra coincidencia? ¿Por qué hemos encontrado huellas de seres extraterrestres precisamente en la zona de los levantamientos montañosos de aquella época? Las fuertes radiaciones, fatales para los monstruos, pero sin duda detectables por un instrumento, se habían iniciado miles de años antes. Entonces, si «ellos» se encontraban en los lugares en los que más tarde perecieron masivamente los dinosaurios, quiere decir que «ellos» buscaban las fuentes de la energía atómica… Y si era así, se deducen dos importantes consecuencias: primera, que nosotros debemos buscar las huellas de los seres extraterrestres en el Tian-shan y en el Himalaya, las formaciones montañosas más jóvenes de la Tierra. Segunda, si los procesos de formación de las montañas y los procesos volcánicos son debidos a concentraciones de elementos superpesados que entran en una reacción en cadena, es de esperar que se encuentren restos de estas concentraciones en las profundidades accesibles para nosotros de la corteza terrestre y en las correspondientes zonas geográficas… Y si se encuentran nuevamente huellas de los huéspedes celestes en las zonas de formación de las montañas, entonces tendría ya la seguridad de que…
— ¿Oiga? — resonó, de improviso, una voz en el auricular—. ¡Hable con Alma-Ata!
Davydov fue sacudido por un temblor. El curso de sus pensamientos se detuvo de golpe. Quizá desde Alma-Ata le iban a comunicar novedades importantes.
Una voz lejana, pero clara, le llamó por su nombre. Davydov reconoció al secretario científico del Instituto de Geología.
— ¿Ilja Andreevic? Esta mañana me ha telefoneado Starozilov desde la cantera número cinco. Se han descubierto esqueletos de dinosaurios, ignoro si dañados o intactos; no lo he entendido bien porque la línea estaba interferida. Starozilov me ha dicho que le llame; que es necesaria su presencia allí. ¿Qué le tengo que contestar?
— Dígale que tomaré el avión de mañana — contestó Davydov, sin vacilaciones.
— Tengo todavía un par de cosillas que decirle — continuó el secretario—, pero como mañana estará usted aquí, ya hablaremos de ellas. Hasta la vista.
— ¡Muchas gracias! — Gritó Davydov, lleno de alegría—. ¡Saludos a todos! ¡Hasta la vista!
Tras encargar al conserje un billete para el avión, el profesor salió a toda prisa en busca de Kolcov.
III
La carretera se extendía a lo largo de la orilla de un estrecho riachuelo. Las altas paredes de la garganta cruzaban en lontananza sus pendientes caídas a plomo sobre el lecho del río, a derecha e izquierda. La pendiente más cercana se recortaba con su negro perfil en una faja de sombra a la izquierda; abetos apuntados como flechas se alineaban a lo largo del dentado crestón rocoso. Los más lejanos, rodeados por una bruma perlacea, parecían velos etéreos. En el fondo de una imponente serie do crestas se erguía un cliente rocoso cubierto de nieve. La nieve descendía en largas cintas blancas a lo largo de las grises pendientes rocosas y, en lo alto, donde el cegador abrigo blanco nivelaba las rocas, una nube más espesa, semejante a una enorme barca blanca, se apoyaba sobre su gran quilla en la blanca cima.
La carretera bordeaba un escarpado barranco y empezaba a subir hacia el paso. El motor, recalentado, silbaba. El aire frío y puro embestía al coche, penetrando a través de los respiraderos de las ventanillas semicerradas.
Davydov advirtió que estaba en el paso por el ruido del motor. El coche descendía ahora hacia un amplio valle plano como una mesa, rodeado por un triple anillo de contrafuertes montañosos.
Hacia abajo, surcadas por extrañas grietas o salientes de estrellas torres y cúpulas circulares, se extendían rosadas areniscas y arcillas. El segundo contrafuerte rocoso estaba veteado por hirsutas líneas de abetos, que parecían casi negros sobre el fondo gris-violeta de las pendientes. Y en lo alto, como muralla de un castillo gigantesco emplazado para la defensa del valle, dominaba radiando triunfalmente su incandescente blancor una serie de agudas cimas nevadas.
Hacia abajo se veía claramente el surco abierto en la lisa estepa, el terraplén de un enorme dique, montones de tierra, fosas profundas, las casitas del pueblo y una fila de largas tiendas blancas.
Aunque acostumbrado al espectáculo de una gran obra, Davydov admitió con emoción el bordado de las armaduras, esqueleto de las construcciones de cemento. Era evidente que en aquella localidad estaba surgiendo una central eléctrica.
Durante las excavaciones se habían descubierto esqueletos de dinosaurios, se había descubierto un cementerio de una época en la que no habían surgido aún aquellas altas montañas. Aquellas montañas se habían levantado más tarde, gracias a la fuerza liberada por las reacciones atómicas producidas en las profundidades de la corteza terrestre. Y las radiaciones, sin duda, atrajeron a los seres celestes en busca de reservas de energía atómica…
El coche se detuvo junto a una larga casa blanca.
— Camarada Davydov, hemos llegado — dijo el chofer, abriendo la puerta—. ¿Ha echado un sueñecito? La carretera era buena y se podía…
Davydov se sacudió y, viendo a Starozilov que se apresuraba a salir a su encuentro, bajó del automóvil. El rostro cigomático de su colaborador estaba cubierto hasta los ojos por una barba híspida, vestía mono gris de operario, impregnado de polvo amarillo. Los ojos azules de Starozilov brillaban de entusiasmo.
— Jefe — algún tiempo atrás, aún estudiante, Starozilov había viajado mucho con Davydov y seguía llamándole testarudamente así, como para defender su propio derecho a una amistad hecha durante las expediciones—, voy a darle una alegría. ¡Le he esperado tanto tiempo que no veía la hora! Descanse y coma; luego iremos a la cantera del extremo sur…
— No estoy cansado. Iremos ahora — le interrumpió Davydov. La sonrisa de Starozilov se hizo aún más amplia.
— ¡Magnífico, jefe! — exclamó, metiéndose en el coche. Procuró ignorar la mirada de desaprobación del chofer, claramente escéptico con respecto al estado de limpieza del mono.
— Descubrimos los restos de los dinosaurios cuando las máquinas empezaron a excavar en un grueso estrato de arena eólica orientado hacia el Sur — se apresuró a explicar Starozilov—. Al principio encontramos algunos huesos sueltos; luego, un enorme esqueleto de monoclón muy bien conservado. ¡Su cráneo está agujereado de parte a parte! Tija Andreevic, ¿qué piensa usted?… Un estrecho agujero oval…