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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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Cruzó la estancia hasta su armario y se arrodilló para coger un pequeño joyero de caoba que conservaba escondido en el rincón trasero bajo unas mantas. Abrió la tapa y sacó el anillo que guardaba dentro. Se levantó y miró fijamente el anillo de boda de diamantes que tenía en la palma de la mano. Cinco kilates de perfecta brillantez, rodeados de una docena de piedras más pequeñas, todas de idéntica perfección. Un anillo que la mayoría de las mujeres codiciarían. Desgraciadamente, Catherine no era como las demás mujeres. Había conservado aquel doloroso recuerdo del pasado para no olvidar jamás el vacío que resultaba de todas sus promesas. Una mirada a la joya era un recordatorio forzoso de que no debía ni podía permitir que una noche de pasión perturbara su sentido común. Independientemente de lo que fueran esos… sentimientos hacia Andrew, tenía que dejarlos a un lado. Olvidarlos. Disfrutarían de unos días más juntos y luego cada uno seguiría su camino, conservando ambos maravillosos recuerdos, pero nada más.

Satisfecha en cuanto se aseguró de haber colocado todo en su justa perspectiva, estaba a punto de volver a poner en su sitio el joyero cuando oyó que alguien llamaba con suavidad a su puerta. Se metió el anillo en el bolsillo y, preguntándose si Mary habría olvidado algo cuando le había subido el desayuno, dijo:

– Pase.

Se abrió la puerta y Andrew apareció en el umbral. Limpio y recién afeitado, con el pelo pulcramente peinado, sus pantalones de gamuza y su chaqueta azul marino acentuando sus atractivos rasgos morenos, la corbata perfectamente anudada y las botas lustrosas como espejos. Lo vio alto y fornido, masculino y atractivo y, con los ojos clavados en ella, quizá un poco rapaz y peligroso. El corazón le dio un vuelco y sintió hormiguear de pura alerta cada una de sus terminaciones nerviosas.

La mirada de Andrew descendió por su cuerpo, provocando en Catherine una mayor conciencia de que no llevaba puesto nada bajo la bata de satén ligeramente anudada alrededor de la cintura. Le tembló la piel de anticipación bajo la mirada pausada de él. Cuando por fin los ojos de ambos volvieron a encontrarse, Andrew echó la mano hacia atrás y cerró la puerta. El silencioso chasquido reverberó en su cabeza e intentó desesperadamente recordar el sabio consejo de la Guía sobre cómo saludar al amante tras pasar una noche desnuda en sus brazos. Su sentido común le gritó que él no debería estar allí, que no le quería allí. Su dormitorio era su santuario. Su refugio. El de ella. Desgraciadamente, los ensordecedores latidos de su corazón ahogaron su sentido común.

Andrew caminó despacio hacia ella con todo el aspecto de un lustroso gato salvaje acechando a su presa, y el ritmo del corazón de Catherine se duplicó al ver el voraz destello que iluminaba sus ojos. Viéndose de pronto incapaz de cualquier movimiento o discurso, esperó a que él se detuviera, a que sonriera, a que dijera buenos días, pero él no hizo nada de eso. Por el contrario, avanzó directamente hacia Catherine, la estrechó sin mediar palabra entre sus brazos y bajó la boca hasta la de ella.

«Oh, Dios», fue su último pensamiento coherente mientras se limitaba a entregarse a la exigencia de aquel beso. El limpio aroma de Andrew la rodeó, como también el calor de su cuerpo. La fuerza de sus brazos. La apremiante presión de sus muslos contra los suyos.

Catherine separó los labios y fue recompensada con la sensual caricia de una lengua contra la suya. Y sus manos, esas gloriosas, grandes y callosas manos que sólo podían ser descritas como mágicas, parecían estar por todas partes. Peinándole los cabellos. Deslizándose por su espalda. Agarrándole las nalgas. Acariciándole los pechos. Y todo ello mientras su boca devoraba la de ella con una ardiente avidez que la dejó sin aliento y hambrienta de más. ¿Habían pasado sólo unas horas desde que había estado en sus brazos? En cierto modo, le parecían años.

Los brazos de Andrew se estrecharon a su alrededor y Catherine se deleitó con su fuerza, elevándose sobre las puntas de los pies, intentando acercarse más a él. De pronto, él cambió el ritmo de su frenético beso, suavizándolo hasta convertirlo en un lento y profundo fundido de bocas y lenguas que le disolvió las rodillas. Cuando por fin él levantó la cabeza, Catherine no podría haber jurado que recordaba cómo se llamaba.

– Buenos días, Catherine -susurró contra sus labios.

«Catherine. Sí, claro. Ese es mi nombre.»

Supuso que había murmurado «buenos días», aunque no estaba segura de haberlo hecho. Él se inclinó hacia delante y arrimó sus labios contra el sensible pliegue donde su cuello entroncaba con su hombro.

– Hueles maravillosamente. -Su cálido aliento le acarició la piel, despertando en ella un bombardeo de ardientes escalofríos-. Como un jardín de flores.

Reuniendo todas sus fuerzas, Catherine señaló la bañera de bronce situada en un rincón de la habitación.

– Acabo de bañarme.

Andrew se volvió, miró a la bañera y gimió.

– ¿Quieres decir que si hubiera llegado hace unos minutos te habría sorprendido en el baño?

– Eso me temo.

Sus dientes le tiraron levemente del lóbulo de la oreja.

– Deberé procurar corregir mi lamentable sentido de la oportunidad. Aunque, no sé si mi corazón habría podido soportar verte en el baño. ¿Tienes alguna idea de hasta qué punto tenerte ante mis ojos, simplemente ahí de pie en camisón, me ha afectado?

Catherine se recostó en el círculo de sus brazos. Sin duda pretendía mostrarse remilgada. Tímida. Aunque la sencilla verdad salió sin ambages de sus labios.

– Sí. Porque verte entrar a mi habitación, con ese deseo en la mirada, me ha afectado del mismo modo. -El calor le arrobó las mejillas al oírse reconocerlo-. ¿Por qué estás aquí?

– Necesito hablar contigo. -Vaciló y luego dijo-: Me temo que tengo que volver a Londres. Hoy. Lo antes posible.

La consternación y la desilusión hicieron presa en ella.

– Entiendo. ¿Ha ocurrido algo?

– Un robo y cierto grado de vandalismo en el museo. Aunque no había nada que robar, el edificio ha sufrido daños considerables. Tengo que cuantificar la dimensión de las reparaciones para podérselo comunicar a Philip. También tendré que hablar con los inversores y acallar cualquier temor que puedan albergar. Lo último que Philip y yo necesitamos es tener nerviosos a los inversores.

Catherine posó la palma de la mano en su mejilla en un gesto de conmiseración y compasión. Andrew estaba ostensiblemente afectado.

– Qué espanto. No sabes cuánto siento que esto haya ocurrido.

– También yo. Y no sólo por las razones obvias en lo que concierne al museo, sino también porque no tengo el menor deseo de irme de aquí. No sabes cuánto deseaba pasar el día con Spencer y contigo. -Se le oscurecieron los ojos-. Y la noche contigo.

El deseo hormigueó por las venas de Catherine, quien tragó saliva antes de preguntar:

– ¿Tienes pensado… volver a Little Longstone?

– Sí.

Un jadeo en el que hasta entonces no había reparado se abrió paso entre sus labios.

– ¿Cuándo?

– Espero que mañana.

– Por favor, considera mi establo a tu disposición.

– Gracias. El viaje será más rápido si viajo a caballo que si lo hago en coche. Haré todo lo posible por regresar a primera hora de la noche, pero quizá tarde más.

– Entiendo. ¿Vendrás a encontrarte conmigo… mañana por la noche?

– ¿Dónde y cuándo?

Catherine lo pensó durante un instante.

– A medianoche. En los manantiales. Quiero…

Acunó su rostro entre las manos al tiempo que sus ojos buscaron los de ella.

– Dime lo que quieres.

– Quiero que me hagas el amor en las aguas calientes.

Algo parecido al miedo, aunque sin duda nada tenía que ver con él, parpadeó en los ojos de Andrew, pero se desvaneció tan rápido que Catherine decidió que debía haberse equivocado. Él le acarició la boca con un suave beso.

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