La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
Yo, que había permanecido agazapado durante todo el combate, escuché gritar a Calionira y me arrastré entre las piernas de los combatientes hacia la mujer y Ricard. Asombrado, vi cómo ambos forcejeaban.
– ¡No, suéltame! -gritaba la mujer-. ¡Va a estallar!
Miré hacia adelante y, a través de la pasarela central de la sentina, vi los cuerpos sin vida de los otros cinco mecánicos. También vi la máquina de vapor, vibrando en el centro, y a uno de los sarracenos que, haciendo uso de una de las herramientas arrebatadas a los mecánicos, apretaba una de las piezas de la máquina.
Ibn-Abdalá estaba plantado al otro lado de la máquina, envuelto por las nubes de vapor que escapaban por todas las juntas de ésta; sonriendo demoníacamente.
La mujer intentaba ser razonable con el almogávar que la sujetaba por las muñecas.
– Están cerrando la salida de vapor -le dijo-; la máquina explotará en unos instantes y moriremos todos.
¿Cómo podían los sarracenos conocer tan perfectamente el funcionamiento de la máquina de vapor para saber cómo inutilizarla?, me pregunté.
Pero ya sabía la respuesta.
– Las cosas nunca son lo que parecen, ¿verdad Ramón? -dijo Ibn-Abdalá, por encima de la vibración y del silbido del vapor.
El otro sarraceno seguía apretando aquella junta…
Calionira logró al fin zafarse de Ricard y, sin pensarlo dos veces, corrió hacia los sarracenos atravesando la pasarela central.
La explosión la lanzó hacia atrás, rebotando contra las viguetas, hasta casi caer de nuevo en los brazos de Ricard. Toda la parte frontal de su cuerpo estaba abrasada por la explosión de vapor hirviente.
Retrocedí, ensordecido y medio cegado por el estallido. Sintiendo cómo el viento lo azotaba todo, e intentaba derribarme con su ímpetu. Dos grandes secciones de la pared de la sentina habían desaparecido, y vi el cielo a través de los enormes agujeros; los bordes desgarrados de la lona flameaban al viento. Las viguetas de metal de la estructura habían sido dobladas hacia afuera por la explosión, y las dos grandes hélices, giraban sólo por la fuerza del viento.
Al poco tiempo, una de ellas se desprendió de sus sujeciones y, rebotando contra los restos de la estructura metálica, se precipitaba al vacío.
Era como si a la Salaminia le hubiese estallado el corazón en el pecho.
La máquina de vapor había reventado por su parte central, y el metal se había desgarrado como la piel de una granada. El sarraceno que había manipulado la salida de vapor, provocando la explosión, había quedado destrozado por ella. Vi algunos de sus miembros y trozos de su carne colgando de las viguetas retorcidas.
Hubo un instante de incrédulo silencio por lo que acababa de pasar. La lucha entre almogávares y sarracenos se había detenido, y sólo se escuchaba el retumbar de la lona desgarrada al ser vapuleada por el viento.
Entonces el vapor se disipó, y pude distinguir entre los jirones la figura de Ibn-Abdalá, impertérrito y con su espantosa sonrisa deformándole el rostro.
Una flecha cruzó el espacio y fue a clavarse en el costado del cadí.
Me volví para ver que había sido uno de los sarracenos el que había disparado.
– Él nos mintió -dijo-; no nos advirtió de esto, y de que Ibraim moriría.
Se refería al sarraceno que había estado manipulando la salida de vapor.
Casi con gesto cansado, Sausi alzó su espada para acabar con la vida del arquero.
– Alto -le detuve-, quizá necesitemos a estos dos hombres.
Mirina y algunos dragones subieron entonces por la trampilla, con sus pyreions listos para disparar; y quedaron paralizados por el desastre que allí se había producido.
Atravesé con cuidado la zona destrozada, y me acerqué a Ibn-Abdalá.
El cadí estaba tumbado de espaldas, con la flecha firmemente clavada en su costado izquierdo, a la altura de sus pulmones. Tenía la boca llena de sangre y respiraba con dificultad. Seguía sonriendo.
– Eres muy inteligente -le dije-, mientras todos estaban pendientes de mí, tú te introdujiste en Apeiron. Tus acciones son siempre ingeniosas, pero a veces no alcanzo a comprender el sentido de ellas. Pareces actuar movido sólo por un ímpetu demencial y destructivo. ¿Qué es lo que pretendes?
Ibn-Abdalá no contestó. Sausi y Ricard llegaron junto a nosotros.
– Permaneced a su lado -les dije-, y que no sufra ningún daño; pero no lo toquéis ni permitáis que él os toque. Si muere, empujad su cadáver al vacío, pero usad vuestras espadas para hacerlo. Que ninguno de los dos se quede a solas con él.
4
En el puente la situación no era precisamente feliz.
– Perdemos altura con rapidez -nos explicó Vadinio-. La explosión destrozó cuatro de los balones de aire caliente, pero eso importa poco, porque el resto se están enfriando con rapidez. Hemos soltado todo el lastre, pero es inútil, caemos; y lo peor es eso… -Vadinio señaló hacia lo lejos, en la dirección de popa. Una polvareda indicaba el lugar donde los jinetes gog proseguían con su persecución.
– Unos tipos insistentes -dijo Mirina.
Comenté que, quizás, ellos ya sabían que esto iba a pasar, y que ahora sólo querían recoger a su hombre. Pregunté qué íbamos a hacer a continuación.
– Prepararnos para luchar -respondió la capitana de los dragones.
Le señalé que nuestros perseguidores debían de ser un centenar, o más.
– Pero nosotros tenemos armas mejores -replicó ella.
Vadinio nos informó que Apeiron ya había sido avisada de lo sucedido. Quise saber cómo era esto posible, y el genovés me recordó aquella maravilla que era el telecomunicador y que les permitía hablarse a aquellas enormes distancias.
– Mandarán otro de los aeróstatos a rescatarnos -dijo-; pero tardarán varias horas en llegar hasta aquí. Mientras tanto intentaremos mantenernos en el aire todo el tiempo posible. El puente ya no sirve para nada; nos desharemos de él, y también de la bodega. Eso aligerará nuestro peso lo suficiente como para poder volar algunas millas más. Afortunadamente, tenemos el viento a favor. Recemos para que éste no cambie.
Todo el mundo se trasladó a la sentina, y empezamos a trabajar cortando los cables y las viguetas de metal para desprender la sección inferior del aeróstato. Usamos cualquier cosa para hacerlo: espadas, cuchillos o tenazas. No era difícil porque el metal de las viguetas era tan delgado que podía doblarse con la mano; la nave mantenía su rigidez gracias a la estudiada tensión que los cables de hierro ejercían sobre la estructura de viguetas. Poco después, la mitad inferior de la Salaminia se desprendió y chocó contra el suelo, que ya estaba desagradablemente cerca.
Mientras tanto, Frixo y Melampo cortaron cuidadosamente los cables del timón, y los tensaron para que la posición de los alerones favoreciera el planeo de la nave.
Le pedí a Vadinio su catalejo, y con él observé cómo los jinetes llegaban hasta el amasijo de hierros, y lo rodeaban sin detenerse.
– Esos perros saben cuál es la presa que buscan -comenté devolviéndole el instrumento óptico al genovés.
Llamé a dos almogávares, les repetí cuidadosamente las mismas indicaciones que les había dado a Sausi y Ricard sobre cómo tratar a Ibn-Abdalá, y les ordené que fueran a revelarlos. Uno de ellos era Guillem, que había envuelto la herida de su costado con un sucio vendaje y se había olvidado de ella.
Poco después, Sausi y Ricard se sentaron junto a mí sobre los restos de la pasarela.
El suelo, árido y lleno de matojos, corría bajos nuestros pies, cada vez más cerca.