La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
—Pues no es el mejor momento para travesuras, os lo aseguro. En nuestra última visita allá abajo, durante vuestra ausencia, La Porte, que estaba citado con Auger, estuvo a punto de ser detenido por un destacamento de la guardia que perseguía a un ladrón que había cruzado la muralla de París escalando unos escombros...
Sylvie ardía en deseos de saber si François había vuelto, pero por la cara de su compañera comprendió que corría el riesgo de una nueva regañina.
Además, acababa de entrar Mademoiselle de Pons, y por más que se tratara de una persona bastante anodina, no era el mejor momento para tocar el tema. De hecho, la recién llegada venía a invitarla a acudir a la alcoba de la reina, que acababa de levantarse y que la acogió con mucha bondad.
—¿Sabéis que os añoraba, hija mía? —dijo al tiempo de tenderle una mano, sobre la que se inclinó Sylvie—. Vuestra voz posee el don milagroso de expulsar las preocupaciones y mitigar las penas. ¡No me abandonéis!
—Vuestra Majestad sabe hasta qué punto deseo complacerla. Habría regresado antes si me hubiese atrevido a pensar que la reina podía necesitarme.
—¡Más de lo que creéis! Esta tarde cantaréis para mí, y mañana me acompañaréis a la abadía para cantar allí las alabanzas a la Reina del Cielo. Necesitamos mucho de su auxilio...
Ana de Austria parecía nerviosa y Sylvie se dio cuenta de que la atmósfera del Louvre había cambiado durante el último mes. Había menos gente alrededor de la reina. Con la llegada del verano, sin duda París se vaciaba en beneficio de los castillos, pero era extraño de todos modos que el círculo de Su Majestad se limitara a media docena de personas. Sylvie no pudo por menos que comentarlo con Marie. Ésta se encogió de hombros y dijo:
—Olvidáis que también nosotras deberíamos estar en Fontainebleau o en Chantilly, que el rey ha designado como residencia de verano este año, y adonde desea que nos traslademos con la mayor celeridad.
—¿Por qué entonces no vamos allí?
—¡No hagáis tantas preguntas! La reina ha echado la culpa a su equipaje, que no está a punto... y a vuestra ausencia, porque yo me veo bastante impedida, pero marcharemos de París dentro de pocos días. Y eso nos da tanto más trabajo. —Y, bajando la voz, añadió—: Esperamos correo...
En efecto, si el Louvre parecía un tanto adormecido, en cambio el Val-de-Grâce se reveló pletórico de actividad. Instalada en el salón junto a una mesa cubierta de papeles, Mademoiselle de Hautefort, entre masaje y masaje a su pie, redactaba largos despachos en tanto que Ana de Austria recibía a numerosas visitas. Las diurnas se relacionaban sobre todo con obras de caridad. La reina escuchaba desgracias y distribuía limosnas, pero Sylvie sabía que la vida nocturna era más interesante. La primera noche, la joven introdujo a un inglés de aspecto altivo, lord Montagu, que era al mismo tiempo un antiguo amigo de Buckingham, un antiguo amante de Madame de Chevreuse y un fiel amigo de la soberana. Lo recibió en su alcoba pero la visita no duró mucho: Walter Montagu venía únicamente a comunicarle las inquietudes de su cuñada, la reina Enriqueta de Inglaterra, en relación con los rumores que le habían llegado de una repudiación inminente; le traía la seguridad de que, en la eventualidad de una caída en desgracia, el reino británico estaría dispuesto a acogerla. Después de su partida, Ana recitó sus oraciones, procedió a acostarse y se apagaron todas las luces, para sorpresa y alegría de Sylvie, que durmió como un ángel en la estrecha cama conventual que le habían atribuido. Al día siguiente, la jornada resultó muy parecida: hubo muchos y largos oficios religiosos, debido a que era la festividad de Santa Ana, madre de la Virgen María, en honor de la cual Mademoiselle de l'Isle fue invitada a cantar con las monjas, a las comidas consiguientes, por supuesto, y a algunas visitas diurnas. A la caída de la tarde, viendo que La Porte se disponía a salir, Sylvie supuso que iría a encontrarse con François, pero comprendió que no era el caso cuando mencionó que no regresaría antes de la apertura normal de las puertas del convento. Por su parte, la reina manifestó su intención de acostarse después del último oficio: se sentía cansada y deseaba tomar un largo reposo.
—¿No esperamos a nadie esta noche? —preguntó Sylvie, mientras ayudaba a acostarse a su compañera. Parecía tan feliz, que Marie no pudo reprimir una sonrisa:
—No. Id a dormir.
La joven no se lo hizo repetir. Se sentía a la vez decepcionada y aliviada por no ver a François, pero de los dos sentimientos, el alivio era el más fuerte. Un alivio que sólo duró hasta la salida de la misa del día siguiente.
—Espero que hayáis aprovechado bien la noche —le susurró la Aurora—. Porque, aproximadamente a media noche, habréis de montar guardia junto al portillo. Esperamos a un monje.
Al encontrarse en el jardín a la hora indicada, Sylvie tuvo la impresión de encontrarse sola en el mundo. A media tarde, una tormenta había limpiado la atmósfera. El aire nocturno estaba cargado de olores de tierra y hierba húmeda. Debido al calor que había reinado desde varios días atrás, las ventanas de la abadía se mantenían abiertas de par en par. Las de la reina también, pero por prudencia se habían apagado todas las luces, como si el pabellón estuviera sumido en el sueño. El silencio y la soledad tenían algo de angustioso, y Sylvie se vio obligada a hacer un esfuerzo para no desertar de su puesto.
De súbito, cuando sonaba la cuarta campanada de la medianoche, se oyó la contraseña y ella se apresuró a abrir la puerta. En el umbral se dibujó una silueta alta, cubierta con un capuchón, y al reconocerla se aceleraron los latidos de su corazón. En cambio, el monje hizo un movimiento de retroceso:
—¡No sois Marie! —susurró.
—Es evidente, me parece. Entrad, soy Sylvie.
—¡Ah, mi gatita! ¡Qué alegría! Me dijeron que habías dejado tu puesto para irte a vivir con tu padrino, ¿y tal vez a casarte?
—Y a mí me dijeron que os habíais batido en duelo y matado a vuestro adversario. Entonces, ¿qué hacéis aquí? ¿Estáis loco?
¡Ya está! ¡Por fin lo había dicho! Sylvie se sintió un poco mejor, porque le parecía imperioso que él lo supiera. Oyó una risa ahogada:
—Esa doble circunstancia nos demuestra que no conviene hacer demasiado caso a los rumores de la corte. En general, basta con creer la mitad de la mitad: tú no estás en casa de Raguenel, y yo no he matado a nadie.
—¿No os habéis batido?
—Sí, pero el señor de Thouars salió del compromiso con un arañazo por el que no me guarda rencor, porque espera que reanudemos nuestra discusión en una ocasión próxima. ¡Cuando tenga tiempo!
Iba a entrar en el pabellón, pero ella lo retuvo:
—¿Por qué, François? ¿Por qué tantas imprudencias?
Entonces él le tomó el mentón como solía hacer tiempo atrás, y le explicó, con una dulzura infinita:
—Pues porque la amo como el loco que soy, gatita. Y porque ella me ama también. Por lo menos, así me lo parece... Lo entenderás mejor cuando tengas más años. Todavía no eres más que una niña pequeña.
Se alejó a largas zancadas silenciosas sin sospechar la tempestad de dolor y furia que acababa de provocar en aquella «niña pequeña». Su excusa era que lo ignoraba todo de los sentimientos profundos de Sylvie, y la tormenta interior se calmó al ritmo de las excusas que se esforzaba en encontrar para él. De su breve conversación, sin embargo, algún consuelo le quedaba: él no había matado a su adversario, y por consiguiente no corría el riesgo de caer bajo el peso de la justicia terrible del cardenal. Pero entonces, ¿por qué el duque César había ido a verla desde su exilio dorado, corriendo también él el riesgo de ser detenido, si no había habido ninguna muerte? ¿Y por qué el frasco de veneno? Todo resultaba incomprensible, y sobre todo complicado... a menos que su título de doncella de honor, concedido a petición de la reina, no se debiera a su talento de cantante o a su conocimiento del español, sino al deseo de colocar junto a ella a alguien ciegamente adicto a la casa de Vendôme... y sobre todo a François de Beaufort.