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Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
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—No tenéis opción. A menos que prefiráis ver a vuestra ama arrojada a una prisión a la espera de un juicio preparado de antemano. La llevaré a los Países Bajos, donde su hermano la acogerá con alegría. Después, podría gobernar la provincia en sustitución de la difunta infanta Isabel Clara Eugenia.

—¿Y vos volveríais en triunfo al frente de un ejército español, vos, un príncipe francés, para arrasar el reino a fuego y sangre? ¿En eso soñáis? Porque estáis soñando, permitidme que os lo diga.

—Lo que yo haga carece de importancia. Sólo cuenta la reina... ¡ella sola!

—No lo dudaba. ¡Estáis loco, pero la amáis sinceramente!

—¡Decid más bien que la adoro! —exclamó él con una voz tan apasionada que el corazón de Sylvie tembló.

—En tal caso, explicadme cómo es posible que, siendo como sois su amante, todavía no le hayáis hecho un niño.

Brutalmente devuelto a la tierra desde las alturas de su ensoñación, Beaufort se quedó sin respiración. Casi se ahogó al responder:

—¡Me parece que sois vos quien está loca! ¿Queréis que Europa entera la señale como adúltera? ¿Que la arrastren tal vez hasta el patíbulo o que la encierren en un convento hasta el fin de sus días? ¡Sabed, señorita, que hago todo lo necesario para que nuestros amores no tengan consecuencias!

—¡Y vos sois el nieto del Vert-Galant! —suspiró Marie—. ¡Permitidme deciros, querido amigo, que por más que sois el prototipo del amante perfecto y un auténtico paladín, no por ello dejáis de ser también un pánfilo! ¿Por qué creéis que os he facilitado el acceso a su alcoba? Hace semanas que vigilo las menstruaciones de la reina, pero, ¡ay!, siempre se presentan puntuales a la cita.

—Eso... eso es una locura —tartamudeó François, desconcertado.

—¡No, monseñor, es política! ¡Mi política! Porque habéis de saber que estoy preparada para disimular cualquier retraso de modo que el rey pueda creerse el padre... ¡o por lo menos hacer como si se lo creyera! ¿Comprenderéis por fin que la reina encinta es la reina salvada? ¡Hace veinte años que el reino espera el hijo que nunca llega! Estoy segura de que el mismo cardenal aceptaría a ese hijo como el Mesías, aunque luego se dedique a silenciar a todos los que hayan podido participar en su concepción. ¿Queréis apostar?

—Es una locura —repitió François.

Se oyó entonces la dulce voz de Sylvie:

—No, monseñor, porque al igual que nuestro rey, vos descendéis de san Luis. Lo que no es aceptable en un gentilhombre cualquiera, puede ser adecuado en un príncipe de sangre si el bien del reino lo exige...

—¿Tú también?

—¿Qué os decía? ¡Es inteligente, esta chiquilla! —exclamó Marie, triunfal.

—Más que yo, sin duda —suspiró François con amargura—. De todas maneras, es demasiado tarde. A menos que sigáis mi plan: me llevo a la reina esta noche...

—¿Y le hacéis un hijo en Bruselas? ¡Oh, qué buena idea! De todas maneras, está fuera de cuestión que os la llevéis. Tenéis que daros cuenta de que para ella sería la manera más sencilla de declararse culpable. Por otra parte, no aceptará...

—Intentadlo, a pesar de todo.

—No aceptará porque yo sabría impedírselo incluso en el caso de que tuviera la tentación de hacerlo. Debe quedarse donde está: ¡reina de Francia, frente a y en contra de todos!

—¿Y qué va a ser de mí? Nunca más tendré la posibilidad de estar a solas con ella. El Val-de-Grâce ha sido invadido. Han descubierto y tapiado el portillo...

—En caso de necesidad podéis saltar el muro. La puerta no era más que una comodidad suplementaria... ¡Ya me las arreglaré para proporcionaros algún rato de intimidad, pobres amantes! ¡Pero no aquí! En la situación en que nos encontramos es imposible, pero, en el Louvre por ejemplo, se me ocurre una idea... A menos que juzguéis que la puerta de las cocinas y un disfraz adecuado son indignos de vos.

—Puesto que me abrís la puerta del paraíso, podéis hacerme pasar por el infierno si queréis, pero, por piedad, ¡no me hagáis esperar demasiado tiempo! Me muero sin ella, y no me he atrevido a ir a saludarla...

—Una actitud prudente. En este momento agravaríais su situación. Por lo demás, tenéis algo más urgente que hacer.

Sacó de un bolsillo un librito encuadernado en tafilete rojo y se lo tendió:

—Puesto que tenéis tantas ganas de viajar, ¡corred a la Turena, al castillo de Couzières! Entregaréis esto, sin más explicación, a la señora duquesa de Chevreuse. Ella comprenderá lo que significa.

—¿Y qué es lo que significa?

—¡Dios mío, qué curioso sois! Que debe huir, por supuesto, y lo más lejos posible. Richelieu es muy capaz de hacerla detener si La Porte habla.

—Cosa muy de temer si se utilizan determinados medios.

—Yo creo que no. De cualquier forma, voy a asegurarme. Ahora os dejaremos con vuestros peces e iremos a buscar fresas. ¡Dios os guarde, amigo mío!

El la retuvo aún, con los ojos puestos en Sylvie:

—Mi mayor deseo es que os guarde a vos, a vos y sobre todo a esta niña... La reacción de Sylvie fue inmediata:

—¡No soy un bebé, señor duque! ¡Y soy muy capaz de guardarme yo misma!

Giró sobre los talones pero, a pesar de su aparente cólera, se sintió súbitamente llena de dulzura y calor. Él se preocupaba por ella. ¡Ya era algo!

El día siguiente era 15 de agosto. El rey y la reina se trasladaron en cortejo a la capilla seguidos por las miradas ávidas de toda una corte al acecho. Era la primera vez que los dos esposos se veían después de la insultante visita de Séguier. Únicamente intercambiaron saludos protocolarios. Vestida de raso color rosa viejo y llevando al cuello las enormes perlas ofrecidas por su padre en el momento de su matrimonio, Ana, admirablemente peinada y discretamente maquillada, estaba muy bella, y también serena en apariencia. La nobleza de su actitud forzó el respeto de unas gentes dispuestas, en su mayoría, a destrozarla a poco que tuviesen en la manga a una candidata a la sucesión. Comulgó al lado de su esposo y luego, una vez acabada la misa, hizo venir a su secretario de órdenes y le dictó una carta dirigida a Richelieu en la que juraba no haber mantenido nunca contactos con el extranjero...

Era un riesgo enorme, por supuesto, pero estaba dispuesta a todo para salvar a su fiel La Porte y a la madre de Saint-Étienne.

Mademoiselle de Hautefort partió en el mismo coche que el citado secretario. Anunció un corto viaje a París para llevar las limosnas que, con ocasión de la Asunción de la Virgen María, hacía llegar siempre la reina a varias comunidades religiosas; y declaró que regresaría de inmediato. En realidad, iba a dedicarse a una actividad muy distinta: como sabía que, en ciertas condiciones, era posible que los presos de la Bastilla se comunicaran entre ellos, fue a ver a una amiga suya, Madame de Villarceaux. Ésta tenía autorización para visitar al caballero de Jars, amigo suyo y preso desde hacía varios años. Y así lo hizo la misma tarde, acompañada por una sirvienta cargada de golosinas que no era otra que la Aurora disfrazada con una peluca morena y un maquillaje a propósito. Marie entregó al caballero un billete destinado a La Porte que contenía las instrucciones de la reina respecto de lo que sabían y lo que no sabían sus perseguidores, y sobre lo que convenía o no confesar. Después de lo cual, con el ánimo más ligero, recuperó su aspecto habitual y tomó el camino de Chantilly, donde la atmósfera seguía igual de pesada, y la reina y sus escasas fieles eran mantenidas en un ostracismo que la española no olvidaría fácilmente. Alguien, sin embargo, hizo una visita a sus apartamentos que fue muy comentada: Jean d'Autancourt se presentó, rodeado por toda la parafernalia de una casa ducal, a saludar a la reina en nombre del mariscal, su padre, y en el suyo propio... y también a despedirse de Sylvie: al estar ya lo bastante curada su herida, regresaba al ejército. Después fue también a despedirse del rey, que acababa de volver de su partida de caza cotidiana.

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