La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
Su mirada llena de malicia buscó la de su amigo, cuyas mejillas pálidas acababan de enrojecer, pero cuyo rostro expresaba una sincera alegría.
—Debo deciros —continuó el joven— que os traigo a un verdadero héroe que todas las damas van a disputarse. Acaba de regresar directamente de las puertas de la muerte.
—¿Habéis sido herido, monsieur? —se inquietó Sylvie mientras sonreía a aquel joven por el que sentía una innegable simpatía.
—Una nadería, mademoiselle... pero por la cual doy gracias a Dios, ya que me ha valido un instante de interés por vuestra parte.
—¿Una nadería? —se escandalizó Cinq-Mars—. ¡Un disparo de mosquete en pleno pecho delante de Landrecies, cuando cargaba solo contra un reducto español...!
—Tenéis suerte de seguir vivo —observó Perceval—. ¿No era una locura esa carga?
—No me lo parece, señor caballero. Distrajo la atención de los españoles mientras un grupo de los nuestros colocaba explosivos al pie de ese mismo reducto...
—¡Magnífico! —aplaudió Sylvie—. Pero, monsieur, podían haberos matado...
—En la misma situación está cualquier soldado cuando hace la guerra, mademoiselle... y me parece que estamos hablando demasiado de mí. ¡Sería tan agradable hablar de vos!
—Luego hablaremos de ella tanto como quieras. Dejadme añadir tan sólo que el propio rey fue a verle a la casa de su señor padre, donde estaban cuidándolo, y le abrazó. Un héroe, os digo, y bien podéis estar orgullosa, señorita, de haber conseguido que se prendase de vos...
Al ver que Sylvie se ruborizaba a su vez, Raguenel se apresuró a desviar la conversación hacia otros temas, después de haber felicitado calurosamente al joven; pero, durante todo el tiempo se dedicó a observar con discreción a aquel muchachote rubio tan visiblemente enamorado de su Sylvie. El interés aumentó cuando aparecieron dos nuevos personajes: uno era el abate de Boisrobert, y el otro el barón de La Ferrière.
El primero, muy conocido en la plaza, reunía en su persona dos condiciones improbables: era a la vez hombre de Iglesia y un libertino reconocido; adoraba a los jovencitos. Pero como se trataba de un hombre de gran talento y cultura —en su primera juventud había reunido una importante biblioteca mediante la imposición de un diezmo sobre los libros raros de los señores de su parentela o conocidos, con los que practicó el arte sutil de solicitar la obra en préstamo y no devolverla nunca—, se había convertido en el consejero literario de Richelieu. Al abate se debía la reciente creación de la Academia Francesa.
No tenía más que elegir a cuál de los distintos grupos esparcidos entre los árboles sumarse, en la seguridad de que su presencia habría sido bien acogida, pero al divisar al resplandeciente Cinq-Mars, cuya belleza le fascinaba, se dirigió hacia él como la mosca hacia la miel, arrastrando al militar, del que uno podía preguntarse qué estaba haciendo en su compañía. Pero el joven capitán era el único que le interesaba y, con una insolencia muy de su estilo, se lo llevó aparte después de haber dirigido con la mano un saludo desenvuelto a las demás personas del grupo. La Ferrière aprovechó la ocasión para dirigirse a Sylvie:
—Es una rara felicidad encontraros, mademoiselle —dijo, omitiendo saludar a los dos hombres que la acompañaban—. Tan rara que me atrevo a pediros que deis unos pasos en mi compañía. El día es hermoso, y tenemos muchas cosas que decirnos.
Mientras hablaba, intentó apoderarse de su mano, pero Sylvie no tuvo tiempo de abrir la boca porque Jean d'Autancourt levantaba ya su bastón para mantener a distancia a aquel patán:
—¡Despacio, señor! Mademoiselle no es de esas personas a las que se puede tomar de la mano y llevar a saber dónde sin que pongan inconveniente a ello. ¡Empezad por consiguiente por saludar al señor caballero de Raguenel aquí presente, que es su padrino y pariente!
—¿Y quién sois vos para mezclaros en lo que no os importa? Mademoiselle de l'Isle me conoce, porque he tenido el honor de solicitar su mano, y no os ha pedido que intervengáis. ¿O bien preferís que lo discutamos espada en mano, en un lugar más tranquilo? Pero no tenéis aspecto de poder sostener vuestra causa —agregó con una sonrisa aviesa.
A pesar de su herida, el joven se adelantaba ya, pero Perceval le retuvo:
—¡Por favor, marqués, esto me concierne! Marchad, señor, de un lugar en el que no sois deseado. Añado que ni él ni yo cruzaremos el acero con un provocador como vos. ¡Fuera de aquí!
—No estoy dispuesto a marcharme. Además, la señorita todavía no ha dicho nada y...
El tono iba subiendo, pero Cinq-Mars exclamó:
—¡Llevaos a vuestro amigo, señor abate! Si no, tendré el disgusto de informar a Su Eminencia de los modales de sus guardias cuando no se encuentran de servicio...
—¡Y tendréis todo mi apoyo! —gruñó el abate—. No voy a preguntaros si habéis perdido la cabeza, La Ferrière, porque nunca la habéis tenido.
—¡Cuántas historias por una doncella! Como si no supiéramos lo que vale la virtud de las doncellas de honor de la...
No acabó la frase; le quitó el aliento la bofetada que acababa de propinarle D'Autancourt con toda la fuerza de su cólera:
—¡Aunque después deba subir al cadalso, os mataré, miserable, por este insulto innoble!
El otro iba a responder pero Cinq-Mars, con un vigor inesperado en él, sujetó uno de sus brazos en tanto el abate se encargaba del otro.
—¡Señores, señores! —suplicaba este último—, estamos entre personas de buena crianza...
—¡Seré yo quien te mate, pipiolo! —espumeaba La Ferrière—. ¡Antes de que pase mucho tiempo me darás razón de esto!
—¿Razón? Sería un verdadero milagro, porque parecéis estar tan privado de ella como de buenas maneras.
El incidente no había pasado inadvertido. Varias personas se acercaban. Trabajando hábilmente en equipo, el abate y el joven capitán se llevaron a aquel energúmeno hacia la salida del jardín. Por encima del hombro, Cinq-Mars gritó alegremente:
—¡Perdonad que os deje, querido Jean, pero el abate no lo conseguirá él solo! ¿El señor de Raguenel accederá sin duda a acompañaros a vuestra carroza?
—¡Será un placer, señor!
Sylvie, que se había colgado de su brazo, murmuró:
—¡Vámonos, padrino, por favor! ¡Qué escándalo! Se me han quitado las ganas de ver a nadie...
—Es muy natural. Pero ya nadie nos mira, ahora que se han llevado a ese bruto.
Era cierto. Toda aquella gente civilizada se habría sentido avergonzada de comportarse como vulgares mirones, y las conversaciones interrumpidas se reanudaban.
—Tenéis razón, pero prefiero irme. Monsieur —añadió, esforzándose por sonreír—, os doy las gracias por haberme protegido de ese loco furioso. No soy cobarde, pero confieso que me da mucho miedo. Y tenéis todo mi agradecimiento —añadió, al tiempo que le tendía su mamita enguantada, que él tomó con visible emoción, pero sin poder articular palabra.
—¿Dónde tenéis vuestro coche, marqués? —preguntó Perceval—. Os acompañaremos hasta él.
—Muy cerca, al final de esa avenida; pero si me lo permitís, seré yo quien tendré el honor de acompañaros hasta vuestra casa.
—¡Oh! Está muy cerca...
—Sin duda, pero la señorita todavía no se ha repuesto de la emoción... y además, será un inmenso placer para mí.
A Perceval no le costó trabajo creer esa última afirmación. Ofreció su brazo al joven, que lo rehusó y mostró su bastón:
—Gracias, puedo caminar solo. No abandonéis a Mademoiselle de l’Isle.
A la salida del jardín encontraron una carroza de sobria elegancia, de color verde oscuro con ribetes rojos, y con el interior y las cortinillas de terciopelo a juego; como única decoración, las armas de los duques de Fontsomme. Los lacayos iban vestidos con los mismos colores.