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Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
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Al llegar, fue imposible impedir que el herido descendiera para ofrecer su mano a Sylvie, y preguntara luego a Ragueneclass="underline"

—¿Puedo esperar, monsieur, que me autoricéis a venir a saludaros un día próximo?

Perceval le sonrió con afecto. Decididamente aquel muchacho le gustaba cada vez más.

—¡Seréis siempre bienvenido! ¿No es así, Sylvie?

—Siempre.

Por la noche, cuando terminaban de cenar, Perceval, que no había hecho hasta ese momento ningún comentario, volvió a plantear el tema:

—Así pues, Sylvie, ¿qué piensas de nuestro joven marqués?

—¿Qué queréis que piense? —sonrió la joven mientras recubría un fresón con azúcar en polvo—. Todo lo mejor, naturalmente.

—Yo también. Mira..., cuando llegue el momento de casarte, me gustaría que pensaras en él. Cualquier mujer se sentiría orgullosa de uncirlo a su carreta, como dicen los graciosos de la corte. Y él te adora.

Sylvie plantó los codos sobre la mesa, apoyó el mentón entre los dedos enlazados y dirigió a su padrino una mirada maliciosa.

—¡Me preguntaba cuánto tiempo tardaríais en hablarme de él! Estáis dándole vueltas al magín, ¿no es cierto? Pero quizá vais demasiado aprisa. No es costumbre que una joven solicite a un marido, y de momento no tengo noticia de que él os haya pedido mi mano. Ni siquiera de que piense hacerlo. Pertenezco a la pequeña nobleza y eso puede parecerle poco a un futuro duque..., aparte de que apenas poseo dote.

—Me extrañaría mucho que sea un hombre que se preocupe de esos detalles...

La entrada súbita de Jeannette acompañada por Corentin le interrumpió. La criada se excusó por aparecer de ese modo sin haber sido llamada, pero ella y su compañero tenían que comunicarles una cosa, y en efecto los dos parecían muy excitados.

—El hombre que nos sigue cada vez que salimos a pasear por París —dijo Jeannette—, pues bien, acabo de verlo: ¡es el lacayo que ha ayudado a vuestro amigo a subir al coche!

—¿Estás segura? —preguntó Sylvie.

—¡Oh! ¡Ya lo creo! Vos misma habríais podido reconocerle, sabíamos que parecía un lacayo de casa grande, pero no sabíamos de cuál. Ahora ya lo sabemos...

—Pero ¿por qué Monsieur d'Autancourt me habrá hecho seguir? —exclamó la joven, a punto ya de enfadarse—. Es un procedimiento...

La mano de Perceval, firme y tranquilizadora, fue a colocarse sobre la suya.

—¡No te enojes! Podría ser un recurso de enamorado. De todas maneras, creo que no tardaremos en aclarar este pequeño misterio.

En efecto, no tardaron mucho. Al día siguiente, mientras Sylvie ayudaba a Nicole a preparar una gran perolada de confitura de fresas y Jeannette, sentada en un rincón de la cocina, bordaba una camisa para su ama, se abrió el portal para dejar pasó al bello carruaje de la víspera: Jean d'Autancourt rogaba al caballero de Raguenel que le concediera unos momentos de atención. Y a pesar de tratarse de un joven tímido, no se anduvo con rodeos:

—He venido a preguntaros, señor, si acogeríais de buen grado una visita del señor mariscal-duque de Fontsomme, mi padre.

Perceval se echó a reír e indicó al joven que tomara asiento.

—¿De buen grado, cuando se trata de tan gran honor? ¡Querido marqués, soñáis! ¿Y por qué motivo desea visitarme vuestro señor padre?

—Para pediros la mano de Mademoiselle de l'Isle. Sois su padrino, su tutor también, creo, y el único hombre en el mundo que posee la llave de su felicidad...

Esta vez, Perceval dejó de sonreír.

—¡Diablos! ¡No perdéis el tiempo! Es posible incluso que os apresuréis demasiado. ¿Estáis seguro de que el mariscal aceptará la gestión que pretendéis imponerle? Sus expectativas sobre vuestro futuro son sin duda muy superiores a la alianza con una huérfana de la pequeña nobleza, y...

—¡No conocéis a mi padre, señor, bien lo veo! Porque en tal caso sabríais que es la mejor persona que existe en el mundo: leal al rey, buen cristiano y un padre atento, algo que no abunda en las familias actuales, os lo concedo. Desde la muerte de mi madre ha volcado sobre mi persona todo su cariño. Sólo anhela mi felicidad, y cuando vea a Sylvie... quiero decir a Mademoiselle de l'Isle, se prendará de ella a primera vista, como me ha sucedido a mí.

—Estoy dispuesto a creerlo, pero en tanto no sea él mismo quien me lo diga, no podré estar absolutamente seguro...

—¿Queréis decir... que rechazáis mi petición?

—No, por cierto. Sin embargo, tampoco la acepto. Me haría muy feliz la unión entre vos y mi pequeña Sylvie, pero hasta que me sea presentada una petición oficial, es decir venida de vuestro padre, no podré plantearme una respuesta en firme. Además, no ignoráis que Sylvie ha sido criada por y en casa de Madame de Vendôme, con cuya opinión es necesario contar también...

Jean hizo una mueca.

—¿La duquesa o el duque? No os oculto que en mi casa no se le aprecia mucho. Es un agitador, un personaje peligroso...

—He aludido a la duquesa. Únicamente su aprobación cuenta para mí. Y finalmente, si podemos reunir todos esos elementos, faltará el más importante: la propia Sylvie. Será ella, y sólo ella, quien acepte o rehúse. La quiero demasiado para imponerle un matrimonio sin amor...

—Es muy natural. Pero, en ese caso, concededme una oportunidad para hacerme amar a la espera de que mi padre regrese de la guerra.

—¿Qué queréis decir?

—Permitidme venir a verla. En la corte no es nada fácil, y voy allí en muy escasas ocasiones. A propósito... si os parece que me apresuro en exceso a presentaros mi súplica, es también a causa de su cargo de doncella de honor.

—¿No iréis a decirme que compartís las ideas de ese La Ferrière sobre las doncellas de honor?

—¡Dios me guarde! Pero el palacio es un hormiguero de intrigas. Ella está sola allí... ¡y es tan joven!

La preocupación se reflejaba en el rostro regular, incluso un poco severo, del joven, y Perceval se sintió conmovido, pero aún quiso saber algo más. De forma repentina, e incluso brutal, preguntó:

—¿Por esa razón la habéis hecho seguir?

Si había creído desconcertar a D'Autancourt, se equivocó. El joven enrojeció, pero respondió sin vacilar:

—Sí. No me asombra que os hayáis dado cuenta. Mis hombres recibieron la orden de no ocultarse. Y el término que habéis empleado es impropio: no la hago seguir, la hago proteger. Desde que la conocí en el parque de Fontainebleau, es para mí infinitamente preciosa... ¡y parece tan frágil! Además, no dispone de carroza ni de servidores varones. Tan sólo de una criada joven que la acompaña en un París casi tan peligroso como el Louvre. Quería que siempre hubiera cerca de ella alguien dispuesto a socorrerla. Así pues, alquilé una casa pequeña en la Rue d'Autriche e instalé en ella a mis servidores más fieles: dos hermanos, Séverin y Saturnin, que se parecen bastante entre sí y que me son plenamente fieles. Los dos se relevan para garantizar, con carta blanca respecto a cómo hacerlo, la seguridad de Mademoiselle de l’Isle, sobre todo cuando yo estoy en el ejército. ¿Os parece ofensivo?

Raguenel se admiró en su fuero interno del poder de la fortuna puesta al servicio del amor, y pensó que debía dar gracias a Dios por haber puesto en el camino de su pequeña Sylvie a aquel muchacho de veinte años que daba prueba de tal madurez. Sería, sin la menor duda, un esposo ideal, pero ¿lo aceptaría Sylvie mientras su querido François no estuviera, a su vez, casado? A menos que... Después de todo, ¿no podía estar sujeto a cambios imprevisibles un corazón de quince años, incluso enamorado?

—De ninguna manera —suspiró finalmente—. Muy al contrario, porque de ese modo me probáis la profundidad de vuestro amor. En estas condiciones, me parece honesto confiar a ese amor de que dais prueba, y también a vuestro honor de gentilhombre, la verdad relativa a mi pupila, porque esa verdad reafirmará sin duda en vos la necesidad de protegerla que yo también me he impuesto.

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