La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
Era raro que el cardenal se enojara hasta ese punto, sobre todo con uno de los miembros principales del Parlamento, pero detestaba tanto la fuerza bruta como los errores incontrolables en que incurrían en ocasiones algunas personas en el cumplimiento de sus deseos. Odiaba a la reina, pero no deseaba su caída. Lo que pretendía era inspirarle un santo terror, un miedo suficiente para conseguir que volviera a comer de su mano, domeñada por fin bajo el yugo que, de grado o por la fuerza, había de soportar al lado del rey. En una palabra, quería someter a aquella orgullosa española que desde hacía tanto tiempo le desafiaba y no cesaba de conspirar contra él, y luego contra el rey también; pero una vez pasada la alarma, quería que ella diese un heredero al trono. Y el rey ya no se acercaba a su mujer...
Richelieu se sentía de repente viejo, pero no era hombre para lamentarse mucho tiempo de sólo una de sus innumerables preocupaciones. Fue a servirse unas gotas de aquel vino de Alicante que apreciaba, tomó en brazos a su gato favorito y se sentó junto a una ventana abierta a sus hermosos jardines. ¡Sí, iría muy pronto a Chantilly! Después de todo, la estupidez de Séguier le permitiría jugar al pacificador ante la bella española, de la que sabía que en la actualidad había sido abandonada por todos o casi todos. Esta vez, al acariciar a su gato, el cardenal sonreía...
Mientras, en Chantilly, continuaba la ronda de rumores falsos. Se decía que la reina no sólo iba a ser repudiada, sino además arrestada y conducida a la fortaleza de El Havre en espera de un juicio solemne.
El día en que empezaba a circular ese vientecillo insidioso, Marie de Hautefort encontró en su libro de horas un mensaje bastante pintoresco, así redactado:
«Deveis estar bastante cansada de vivir encerrada con un tienpo tan bueno. Venid a respirar haire puro del lado de la casa de Sylvie en compañía de la otra Sylvie, que tendrá ganas de dar un paseo. Se esta fresco, incluso a las tres...»
Por supuesto no había firma, pero el tono de la carta y la ortografía extravagante anunciaban a un amigo fácil de identificar. De modo que a la hora más calurosa de la tarde, dejando a la reina al cuidado de Stéfanille y de Madame de Senecey mientras la corte se entregaba a las delicias de la siesta, las dos amigas, provistas de un cestillo, abandonaron el castillo y el tranquilo lago que lo rodeaba por el puente del Rey, y se encaminaron al bosque con el pretexto de ir a coger fresas silvestres con las que tratar de estimular el apetito de su querida enferma.
La «casa de Sylvie», situada lejos del doble castillo,[26] era un pabellón a la italiana rodeado de un jardín florido que dominaba un estrecho valle por el que fluían dos arroyos que iban a dar a una fuente de mármol antes de verter conjuntamente sus aguas en un lago. Construida en el siglo anterior por François de Montmorency, el primogénito del condestable, debía su nombre al poeta Théophile de Viau, que, perseguido por sus escritos y amenazado incluso con la hoguera, había sido escondido allí catorce años antes por la joven y encantadora esposa del último duque de Montmorency, decapitado cinco años antes por haber conspirado contra el cardenal, ¡en compañía de Gastón d'Orleans, por supuesto! Ella se llamaba María-Felicia, princesa de Orsini, de una gran familia romana, y tantas eran sus gracias que el infeliz poeta, viendo en ella a una ninfa de los bosques, le había dado el sobrenombre de Sylvie, se había enamorado de ella y había escrito una pequeña serie de odas a su protectora.
Je passe des crayons dorez
Sur les lieux les plus reverez
Où la vertu se refugie
Et dont le port me fut ouvert
Pour mettre ma teste à couvert
Quand on brusla mon effigie...[27]
La voz clara de Mademoiselle de Hautefort recitaba con talento los versos. Desde siempre había amado a los poetas, tal vez en memoria de su antepasado el vizconde trovador Bertrán de Born. Un trovador que no tenía nada de delicado y cuyos furiosos serventesios llamaban a la guerra o al amor según fuera el estado de sus relaciones con su bienamado soberano, Ricardo Corazón de León. Marie había heredado su apasionamiento, su insolencia y su gusto por la rebeldía.
—¿Qué fue de ese Théophile? —preguntó Sylvie.
—Murió en París, pronto hará once años, el 25 de septiembre de 1626 en la pequeña mansión de Montmorency, de unas fiebres que algunos encontraron extrañas. La víspera de su muerte había pedido a su amigo Boissat que le llevara anchoas...
—Es evidente que le conocíais bien.
—Me gustan sus versos. Además, era del Agenois. No está tan lejos de nuestras tierras de Hautefort...
Mientras conversaban, las dos jóvenes habían llegado al final de su paseo. Cuando estuvo delante de aquella encantadora mansión, Sylvie pensó que le gustaría vivir en un lugar parecido. Era el sitio ideal para reponerse de las heridas, intentar olvidar y recuperar el gusto por la vida. El aire parecía más puro, más transparente que en cualquier otro lugar. Cerró los ojos para respirarlo mejor, pero una carcajada de su amiga le hizo abrirlos de nuevo. Marie le señaló un pescador, vestido con uniforme de guardabosque, que parecía dormitar al borde del lago, con el sombrero tan hundido que ni siquiera se veía el color de su pelo. Y al mismo tiempo, recitó:
En regardant pescher Sylvie
Je voyais battre les poissons
A qui plus tost perdrait la vie
En l'honneur de ses hameçons.[28]
—Se diría que la gentil duquesa ha cambiado mucho. ¡Veamos quién se esconde debajo de ese sombrero! —añadió, tomando de la mano a su amiga para correr hacia el hombre, al que abordó con la pregunta ritual—: ¿Pican?
El pescador levantó la cabeza y el corazón de Sylvie dio un vuelco, por más que se lo esperara un poco: era François. Él les sonrió.
—Sois puntuales, ¡eso está bien!
Pero ya Marie empezaba a reñirle:
—¡Ya me temía que erais vos! ¿Qué clase de insensato sois, querido duque, para dedicaros a este género de juegos en semejante momento? ¿No sabéis en qué situación nos encontramos?
—Precisamente por eso estoy aquí. Es necesario que la reina salga del castillo esta misma noche. Lo he preparado todo y...
—¿Una fuga? ¿Nada menos? ¿Queréis que la reina de Francia ponga pies en polvorosa como una delincuente espantada?
—¡Menos palabras rimbombantes, querida! Hay precedentes y no tendrá que descolgarse por una ventana con una escala de cuerda como hizo antes, en Blois, la reina madre, que era mucho más vieja y también más gorda. Bastará que al anochecer volváis aquí a respirar aire fresco. En el bosque os cambiaréis de ropa y no será Mademoiselle de Hautefort quien salga: será la reina vestida como Mademoiselle de Hautefort. Las dos sois rubias y de la misma estatura. Traeréis a Su Majestad aquí, donde estará todo preparado. Sylvie —añadió volviéndose hacia la joven, que le miraba sin decir palabra—, tú irás con ella. ¡Me da demasiado miedo que la tomen contigo cuando se descubra la fuga!
—¿No sentís la misma preocupación en lo que a mí respecta? —observó Marie.
—No —respondió Franc.ois con una franqueza desarmante—. Y eso por varias razones: sois la mujer más valerosa que conozco, pertenecéis a una casa grande y, sobre todo, el rey os ama.
—¡Vaya amor! Ni siquiera me lo encuentro por casualidad en un recodo o detrás de una puerta. Caza todo el día, vuelve a la noche cerrada y las consignas son severas: ningún miembro de la casa de la reina puede acercársele. ¿Y dónde pensáis llevarla... suponiendo que aceptemos vuestra oferta?
[26] El condestable de Montmorency había construido un castillo renacentista junto a la antigua fortaleza feudal.
[27] Prescindo de lápices dorados / en los lugares venerables / donde se refugia la virtud / y cuyo puerto me fue franqueado / para poner mi cabeza en seguro / cuando fui quemado en efigie… (N. del T.)
[28] Mientras contemplaba a Sylvie pescar / vi pelearse los peces / a cuál perdería antes la vida / por el honor de morder sus anzuelos. (N. del T.)