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Entre limones. Historia de un optimista

Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:

El cortijo de El Valero está enclavado en un punto especialmente bello y privilegiado de Las Alpujarras, en las estribaciones de Sierra Nevada, entre ríos y bancales, y suficientemente alejado de la carretera como para que se parezca bastante al lugar soñado por Chris para retirarse de la vida que hasta ahora había llevado. A primera vista todo le parece demasiado bonito, suposición que le lleva a pensar en un precio prohibitivo, excesivo como para plantearse siquiera la posibilidad de comprarlo. Por eso no acaba de creerse que, después de comer algo de jamón regado con abundante vino y compartido con la agente inmobiliaria y el inefable Pedro Romero, actual propietario de la finca, acabe convirtiéndose, entre brumas etílicas y casi sin proponérselo, en el flamante dueño de la misma por un precio casi irrisorio, según sus británicos cálculos.
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
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Las charcas secas del río estaban llenas de peces muertos pudriéndose, y una capa de polvo caliente que llegaba a los tobillos cubría los senderos del valle. La hierba de los campos de El Valero se secó y adquirió un tono marrón, crujiendo bajo nuestros pies, y las hojas de los árboles se arrugaron y apergaminaron. Los atardeceres calurosos de años anteriores solíamos bajar en familia hasta el vado para bañarnos en la poza o sentarnos a disfrutar de la brisa y observar las golondrinas y murciélagos presentando su espectáculo vespertino de acrobacia aérea; pero aquel verano resultaba difícil imaginarse que el río pudiera volver a llevar agua nunca más. El enloquecido chirriar de las chicharras hacía el silencio del río aún más siniestro.

«Es el "efecto invernadero" -decían algunos-. El agujero en la capa de ozono. "El Niño." Un desafortunado alineamiento de los planetas.» Los viejos sacudían la cabeza y predecían la llegada de tiempos malos. La sequía afectó a toda Andalucía y a casi toda España. Se secaron ríos y manantiales de toda la provincia; los pozos ya habían llegado al fango salobre del fondo; se secaron y murieron bosques enteros, incluso de pino carrasco, que es una de las variedades más resistentes. Órgiva sólo tenía una hora de agua al día, y se producían incendios forestales por toda España.

Ana y yo teníamos la sensación de que por alguna razón el río nos había fallado. Habíamos comprado nuestro cortijo en su lado de más allá -a bajo precio porque nadie más quería correr el riesgo- y durante todo el tiempo que habíamos vivido allí el río siempre había sido un buen vecino nuestro, sirviéndonos de espectáculo por el día y arrullándonos por la noche. Había dejado tranquilos nuestros puentes, nos había permitido que lo atravesáramos en el Land Rover por el vado en casi todas las épocas del año, y nos había ofrecido baños refrescantes para quitarnos el calor, así como agua clara para regar nuestras cosechas. No había mostrado ninguna de las tendencias desagradables sobre las que nos habían advertido. Y ahora se le ocurría secarse.

A mí me había parecido bastante atractiva la idea de vivir cerca de una fuerza de la naturaleza realmente peligrosa, pero esta fuerza se había convertido en algo tan salvaje como puede ser un estanque de patos en el parque de una ciudad. Parecía como si el río estuviera en vías de extinción. Cuando les hablaba de esto a Domingo o a sus padres, sacudían la cabeza y me miraban consternados. No obstante, cuando llegó septiembre y aún no había habido ninguna señal de las tormentas que vienen a poner fin al calor del verano, la gente empezó a preocuparse.

Para colmo de desgracias, imponentes masas de nubes de cabeza de yunque se acumulaban alrededor de las montañas, y otras nubes negras ascendían por el valle amenazadoras, pero no caía ni una gota de lluvia. A medida que se hacía de noche, las estrellas iban apareciendo por los agujeros que se abrían en la capa de nubes, y para la medianoche el cielo estaba despejado una vez más. Tal vez esto fuera realmente un cambio radical del tiempo.

Algunos extranjeros decidieron que éste era el caso y empezaron a hablar de abandonar sus casas andaluzas. Los salvadores de Barkis, George y Alison, que viven en la parte alta de la Contraviesa, estaban pensando en trasladarse al norte, a la lluviosa Galicia. Habían construido un jardín de agua con un estanque y una cascada al lado de su casa, pero el manantial que abastecía de agua a su arroyuelo se había secado el año anterior, y ahora apenas quedaba agua suficiente para los conejos.

Irnos de allí no era precisamente una opción para nosotros, dado que ya habíamos quemado nuestras naves comprando un cortijo que muy posiblemente nadie más querría comprar, aunque al menos era un consuelo no tener que preocuparnos por tomar esa decisión. Al igual que Domingo, nosotros nos quedaríamos hiciera el tiempo que hiciese, y saber que esto era así sirvió para reforzar los vínculos que había entre nosotros.

Entonces, a mediados de septiembre llovió. Cayeron unas cuantas gotas gruesas, al principio de modo esporádico, que al caer formaban pequeños cráteres en el polvo. Poco a poco las gotas se fueron fusionando hasta convertirse en una llovizna constante. La tierra se volvió de color más oscuro y el aire se llenó de olor a polvo caliente mojado y a pino. Las piedras del río empezaron a brillar, y con el transcurso de las horas comenzaron a formarse diminutos riachuelos y charcos. Tras el silencio que todo lo invadía, ahora empezó a oírse un suave murmullo. A la mañana siguiente, todavía sin lluvia fuerte, el río fluía de nuevo. Con el encapotamiento del cielo, el desánimo de todos empezó a disiparse. Llovió suavemente durante tres días, lo suficiente para asentar el polvo y aumentar el caudal del río, y entonces dejó de llover. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que no había habido suficiente agua ni para regar los pimientos, y que aún no había llegado el momento de echar las campanas al vuelo.

Acabó septiembre, y octubre comenzó aún sin lluvia, aunque por alguna razón el río seguía llevando agua. Y entonces en noviembre empezó a llover, no en forma de diluvio, sino de un buen aguacero continuo que siguió cayendo día y noche. La mañana del segundo día un aterrador torrente de agua oscura se precipitó desde el desfiladero y se llevó por delante el puente sin el menor esfuerzo, pulverizando los estribos de piedra y arrastrando las vigas río abajo. A medida que pasaban las horas el río fue creciendo más y más, acarreando consigo rocas del tamaño de casas que retumbaban como cañones al moverse a través del tremendo tumulto. El agua era negra y maloliente, y el campo, normalmente tan silencioso, resonaba con un ruido monstruoso por todo alrededor.

Los días se convirtieron en semanas de lluvia, hasta que empezó a entrar agua por nuestro tejado, dejó de funcionar la energía solar y la leña se quedó tan empapada que resultaba inservible. El río seguía corriendo con gran estrépito, haciendo que el valle se llenara de malos presentimientos. A medida que la tierra se saturaba de agua, los cerros empezaron a desmoronarse y a caer a los valles. Oíamos un estruendo y veíamos cómo cientos de toneladas de tierra empapada y rocas caían en avalancha por la ladera, arrastrando consigo árboles y matorrales. Gran parte de la acequia quedó destruida por desprendimientos de tierra, de tal modo que no se veía ni rastro de su antiguo curso, y una gigantesca masa de rocas se había deslizado por la ladera y había caído a la pista. La única manera de subir ahora las cosas a la casa era con la carretilla. Nunca había podido imaginarme una erosión tan tremenda: las montañas estaban siendo literalmente arrastradas hasta el mar.

No teníamos teléfono, lo que contribuía a acentuar nuestro aislamiento, aunque al mismo tiempo nos alegrábamos de no tener que preocupar a la gente contándoles lo terribles que se habían puesto las cosas. Había catorce cubos y barreños esparcidos por la casa recogiendo agua de las goteras, y lo único que medio nos animaba un poco era una lumbre mortecina ardiendo apenas sin llama en la chimenea.

Ana, con la previsión que la caracteriza, había acumulado una considerable provisión de latas de tomate y paquetes de pasta para comer, así como algunas patatas, cebollas, harina, polvos para hacer natillas y anchoas, pero no había mucho más. Nos movíamos por la casa sorteando las goteras, intentando encontrar diversiones para Chloë y algo que nos distrajera de las dolencias de poca importancia que empezaban a asediarnos: toses, moqueos, congestión de pecho y una lasitud que las húmedas páginas del Juliette y un jardín de hierbas medicinales inundado poco podían aliviar.

Me acordaba de las advertencias de Expira y de Domingo el Viejo acerca del río, y de sus pavorosas historias sobre la hija de la Sorda muriendo de parto, o la mujer con apendicitis aguda cuya mula arrastró el río cuando intentaba llegar montada en ella hasta el hospital. Así que era esto de lo que hablaban.

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