Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
No había sido ninguna Revolución rusa que indujera a los campesinos de Las Alpujarras a deshacerse de sus cadenas, pero, por lo que a mí respecta, tal vez todo había sido para bien una vez más.
El bautizo de Chloë
Cuando nació Chloë teníamos planeado organizar una fiesta para celebrar su llegada y pensábamos que tal vez podríamos combinarla con un bautizo. Ana estaba convencida de la importancia del bautismo, ya que de pequeña había pasado unos años en un colegio de monjas. Yo vivo en estado de confusión acerca de los misterios del universo y por eso no estaba seguro, pero celebrar un bautizo tenía una ventaja que hizo que se disiparan mis dudas: podríamos pedirle a Domingo que fuese el padrino de Chloë.
Domingo es la clase de amigo que detesta que le den las gracias por nada. Hace poco alarde de su propia generosidad y rechaza que el tiempo y la energía que incansablemente nos dedica sean dignos de ser mencionados. Si intento insistir en esta cuestión, se vuelve áspero y adusto. Así, el tener con él un gesto que le demostrara nuestro aprecio y estima era una oportunidad demasiado buena para dejarla escapar. Le hablé del tema del padrinazgo el mismo día que decidimos que nos hacía falta un padrino.
– ¿Qué tengo que hacer? -preguntó sin mucha convicción.
– Pues no mucho. Creo que sólo tienes que tener a Chloë en brazos mientras el cura le echa el agua.
– Bueno, eso a lo mejor podré hacerlo.
– Y después, por supuesto, tendrás que encargarte de su formación espiritual.
– Eso lo haré bien también -dijo con una sonrisa.
– Entonces, ¿serás su padrino?
– Me da igual -dijo, como si meditara sobre ello-. Siempre que no esté haciendo otra cosa ese día.
Decididamente, Domingo sabe cómo desinflarte. Pero aun así la idea evidentemente le gustaba, y Expira y Domingo el Viejo estaban encantados. De este modo, tras plantar las semillas, me puse manos a la obra para conseguir que mi plan diera frutos. Lo primero que había que hacer era ir a buscar al párroco.
Aparte de las horas de misa o de la siesta, el lugar donde solía estar don Manuel era una oscura oficinucha que había al lado de la iglesia. Su ama de llaves me abrió la puerta con una escoba en la mano y, tras escuchar la razón de mi visita, me condujo a presencia del cura. Cuando entré, don Manuel dejó de revolver los papeles de su escritorio y se levantó. Era un hombre delgado y seco vestido con un gastado traje gris y zapatillas, y su mano me pareció tan pequeña y delicada al estrechársela que dudé si realmente me había ofrecido la totalidad de sus dedos.
– Quería saber si usted podría bautizar a mi hija -comencé a decir.
– ¿Es usted católico? -preguntó estudiándome con un poco de recelo.
– No, pero no me importa en absoluto que mi hija sea bautizada en la fe católica.
– ¿Cuál es su religión, entonces?
– Supongo que fui bautizado en la Iglesia anglicana, pero soy de ideas ecuménicas.
– Oh, yo también, yo también. Pero este bautizo… no estoy del todo seguro de cuál es el procedimiento en estos casos.
Parecía dirigirse más a los papeles esparcidos por su escritorio que a mí, y daba la impresión de que no se sentía rebosante de entusiasmo por el proyecto: era muy posible que éste causara muchas más molestias de las que una pequeña alma merecía, pero por el momento bastaba con adoptar tácticas dilatorias.
– Voy a ir a Granada el viernes -me aseguró- y le expondré el asunto al obispo. Venga a verme otra vez la semana que viene.
Así pues, a la semana siguiente fui a ver a don Manuel, pero resultó que no había conseguido ver al obispo; la semana de después se olvidó de mencionarle el tema, la semana siguiente a ésa el obispo iba a reflexionar sobre el asunto, y a la siguiente yo me olvidé totalmente de la cuestión. Conque de alguna manera nos desentendimos del proyecto.
En todo caso, la manera de hacer las cosas que yo estaba planeando no era exactamente la misma que don Manuel. Tenía la romántica idea de celebrar una pequeña ceremonia en una aislada ermita del campo: Nuestra Señora de Fátima es una especialmente bonita que hay en lo alto de un abrupto tajo desde donde se ve El Valero. Me imaginaba una fiesta bautismal en que una procesión de muías vistosamente enjaezadas con flores en las crines iría ascendiendo por las empinadas laderas hasta la ermita. Al llegar a la capilla tendría lugar una breve pero encantadora ceremonia con velas e incienso acompañada por el alegre gorjeo de la pequeña Chloë y, después, vuelta a casa para sentamos alrededor de una larga mesa cubierta de un mantel blanco como la nieve, repleta de relucientes copas y de montañas de deliciosa comida y vino.
Las lúgubres deliberaciones del obispo en su refugio de Granada y la ferviente profesión de ecumenismo hecha por don Manuel en su oscura oficinucha de al lado de la iglesia parecían ir mal encaminadas. De esta forma Chloë comenzó su vida sin la ayuda de la religión ortodoxa, aunque parecía crecer razonablemente sana y saludable en ausencia de la misma. Sin embargo, Expira y Domingo el Viejo estaban evidentemente decepcionados, y durante muchos meses desviaban la conversación hacia el tema del aplazamiento del bautizo esperando descubrir una nueva fecha. Hasta que también ellos se olvidaron por completo.
Casi habían transcurrido tres años cuando, una hermosa mañana de mayo, me encontraba lejos del mundo conocido realizando una expedición botánica para buscar plantas de las que poder recoger semillas en el verano. Estaba cerca de la Venta de Zafarraya, una zona maravillosa para la recogida de semillas a muchos kilómetros de distancia de cualquier lugar y encerrada por unos altísimos tajos. Trepando con dificultad, fui subiendo más y más por una vereda de cabras, peligrosísimamente cerca de la tremenda caída.
Estaba muy arriba, el aire enrarecido resultaba difícil de respirar y hacía todo el calor achicharrante que puede hacer en un cerro de Andalucía en el mes de mayo. Al llegar a un lugar donde seguramente nadie había puesto un pie antes, me quedé sorprendido, por no decir un poco herido en mi orgullo, al ver la figura de un hombre de pelo blanco que estaba agachado admirando en embelesado silencio la belleza de un iris. Tan absorto estaba en su adoración, que ni siquiera me oyó acercarme a él jadeando y arrastrando los pies. Por fin salió de su ensueño y, al verme, se puso en pie desdoblando lentamente sus dos metros de estatura.
– Buenos días -dije.
– Oh… do you speak English? ¿Habla usted inglés?
– No sólo lo hablo sino que además lo soy.
– Maravilloso. Es una verdadera delicia encontrar compatriotas ingleses en lugares remotos. Richard, Richard Blakeway-Phillips, encantado de conocerle.
Nos estrechamos la mano.
– No sé si me habrá visto, pero estaba admirando un hermosísimo iris. Es un xiphium o un filifolia; a menudo son muy difíciles de distinguir.
– Bien, pues eso ahora mismo lo resolvemos. Da la casualidad de que tengo aquí un Polunin.
– Ah, Polunin. Gracias a Dios que lo tiene, estamos salvados.
Cualquiera que haya buscado una flor en un libro de botánica conocerá el nombre de Oleg Polunin. Hasta el botánico más consumado consideraría una insensatez aventurarse a salir de su casa sin uno de los tomos de Polunin bajo el brazo. Cualquiera que sea el lugar del mundo a donde uno vaya, Polunin habrá estado allí antes y habrá identificado, catalogado y descrito meticulosamente y con todo detalle la flora autóctona. Es uno de los botánicos más prodigiosos y respetados del siglo XX. También fue profesor mío de biología en el colegio, en donde le llamábamos Ollie Pollie. Lamento decir que yo no era un biólogo nato y, como no tenía ni idea del honor que constituía tener como profesor a este gran hombre, desperdicié el privilegio dedicándome a armar barullo al fondo del laboratorio. En la actualidad, consciente del trabajo de Polunin tras haber utilizado su libro casi a diario, como es de esperar me siento atormentado por el remordimiento.