Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
El agujero se encontraba absolutamente intacto y no había ni siquiera un indicio de que hubiera sido escarbado. Nos quedamos los tres desconcertados, mirando boquiabiertos el hoyo vacío con su entramado de hierbas de tanta utilidad.
– ¿Adonde se ha ido, papá? -preguntó Chloë con una fe conmovedora en que de alguna manera yo estaba detrás de este misterio.
– No lo sé, Chloë. Creía que a lo mejor tú habías venido por la noche y te la habías zampado.
– ¡Puafl -gritó, y echó a correr hacia unos arbustos como si quisiera esconderse de este pensamiento.
– Pues sí que ha sido una operación útil. Estoy deseando que se muera la próxima oveja para poderlo hacer de nuevo.
– Mmmm -dijo Ana-. No se puede pretender ganarlas todas, y guasearte no hará que las cosas cambien en absoluto.
No hemos vuelto a repetir la receta para la conservación de la carne; me parece una pérdida de tiempo y además me gusta la idea de guardarme en reserva un fracaso considerable para podérselo echar en cara a Juliette cuando su reinado resulte demasiado tiránico. En cuanto a los huesos podridos en la terraza, ahora simplemente pasamos dándoles un rodeo y seguimos trabajando en el jardín.
Las fuerzas del mercado
Una tarde, tras un largo día de esquila, Domingo y yo estábamos sentados con un grupo de pastores de la sierra alta en el bar de Ernesto, situado en el bosque de debajo de Pampaneira, comiendo tapas de carne a la brasa y llevando a cabo una concienzuda degustación de costa. La conversación giraba en torno a lo mucho que queríamos a nuestro ganado. Aunque parezca raro, éste es un tema de conversación bastante generalizado por aquí.
Mientras los pastores peroraban elocuentemente sobre sus sentimientos hacia los animales a su cargo, noté que el hijo de Ernesto me miraba. Había bebido bastante más de la cuenta y parecía estar armándose de valor para hacerme una pregunta. Finalmente, al volver de la barra se inclinó hacia mí y me susurró al oído entrecortadamente:
– ¿Tú también quieres al ganado?
– Sí, no puedo negarlo -le respondí también en un susurro, y nos sonreímos tímidamente.
Domingo captó mis palabras.
– ¿Qué dices? -interrumpió-. ¡Si ni siquiera conoces a tus propias ovejas! ¿Cuándo fue la última vez que las sacaste? Has estado poniendo cercas para no tener que trabajar tú. Esas ovejas que tienes no irían detrás de ti ni aunque tú te empeñaras. Eso no es querer al ganado.
Éstas eran unas palabras hirientes, pero no podía negar que había algo de verdad en ellas. Desde el fiasco de la pérdida del rebaño, había estado dedicándome a levantar cercas a lo largo de una gran franja del secano precisamente para poder evadirme de los deberes más pesados del pastor y dedicarme a las tareas más apremiantes del cortijo. Por otro lado, ni las ovejas ni yo habíamos llegado a dominar del todo la técnica natural del pastor alpujarreño en virtud de la cual éste avanza silbando a la cabeza del rebaño y las ovejas le siguen. En contraste, yo me limitaba a ir tras el rebaño cerrando la marcha, gritando y tirando piedras. No era una comparación muy halagüeña. Mis ovejas estaban en buenas condiciones y bien cuidadas, y producían un buen número de corderos, pero nadie estaba criticando a mis ovejas. Me quedé encogido ante estas reflexiones mortificantes y esperé a que pasara el despliegue de resentimiento de Domingo y la conversación se desviara hacia otros temas.
Efectivamente, los tiernos panegíricos a las ovejas pronto se convirtieron en una furiosa diatriba contra los tratantes de ganado. Al parecer, todos los presentes habían salido mal parados en las últimas ventas, y todos ellos juraban insistir la próxima vez hasta conseguir un precio mejor.
– No veo por qué tenemos que molestarnos en utilizar tratantes -solté yo de sopetón-. No nos va a ir peor de lo que nos va ahora si prescindimos de los intermediarios y vendemos los corderos nosotros mismos. -Este arrebato resultaba audaz en compañía de un grupo de pastores, pero disfruté con la pausa que produjo en la conversación-. Cuando los tratantes consiguen un precio por los suelos, llevan los corderos a Baza para hacer unas ganancias rápidas -continué de modo temerario-, así que, ¿por qué no probar suerte nosotros vendiéndolos directamente? Lo que es yo, voy a intentarlo.
Tan sólo unos segundos antes no sabía nada sobre el tema, pero las miradas de sorprendido interés que detecté en los rostros que me rodeaban convirtieron la vaga idea que había estado rondándome la cabeza en una misión personal. Me gustaba desempeñar de nuevo el papel de innovador.
Baza, situada en una alta meseta al norte de la provincia a unas tres horas de distancia por carretera, es el mercado de ganado más grande de Andalucía. Los tratantes que lo frecuentan son una gente endurecida, e intentar deshacerse de los corderos directamente resulta bastante difícil y conflictivo incluso cuando no se tiene la desventaja de ser extranjero y relativamente novato en el oficio. Pero ahora no podía echarme para atrás.
– A los tratantes no les va a gustar nada -anunció uno de los pastores con los ojos brillantes de excitación de pensar en ello.
– No -dijo otro-, pero es una cosa que tiene que pasar, no pueden seguir engañándonos siempre.
– Bueno, pues allá se las arreglen los tratantes -repliqué-. Yo tengo cuarenta buenos corderos listos para vender. ¿Alguien quiere venir conmigo?
Tal vez no había formulado la pregunta de forma suficientemente clara, porque prosiguió el encarnizado debate en términos abstractos y nadie contestó a ella. Pero finalmente la voz de Domingo consiguió dejarse oír entre las fanfarronadas.
– Yo iré contigo -dijo-. Habla con Baltasar para que te preste su remolque. De mañana en una semana probaremos suerte en el mercado.
Baltasar, uno de mis amigotes esquiladores, tiene una potente furgoneta todoterreno y un remolque de ganado. Accedió a llevarnos al mercado de Baza porque necesitaba abastecerse de comederos y otras cosas para su rebaño. Así pues, una clara tarde de invierno metimos los corderos en el remolque y, como contrapeso, llenamos el coche de diferentes personas que habían decidido apuntarse a la excursión. Baltasar iba conduciendo; después estaban Domingo y su primo Kiki, un chaval a quien yo no conocía por la sencilla razón de que acababa de salir de la cárcel por un episodio que implicaba una escopeta de cañones recortados y una discoteca; y por último el padre de Baltasar, Manuel. Por supuesto, yo apoquiné con los costes de la expedición.
Salimos sin prisas sobre las nueve, para poder llegar al mercado hacia la medianoche. Esto había sido una incomprensible idea de Domingo, ya que el mercado comenzaba a las seis de la mañana. Sin embargo, él calculaba que era mejor llegar antes de que empezara el tumulto; la medianoche nos parecía un tanto excesivo a los demás, pero Domingo se mantuvo inflexible. Llegado el momento, como siempre, tardamos bastante en salir. Mientras cruzábamos Órgiva, todos los transeúntes que daba la casualidad de que conocían a Domingo o a Baltasar, o que simplemente sentían curiosidad por el cargamento de corderos, nos pararon para echar una parrafada. Cuando finalmente salimos del pueblo, al parecer todos sus habitantes conocían mi descabellado plan de eludir a los tratantes locales y vender los corderos directamente en el mercado de Baza.
En Lanjarón, el pueblo de Baltasar, pasó igual, hasta que finalmente conseguimos salir, dejando las carreteras de montaña de La Alpujarra y subiendo ruidosa y lentamente por las largas cuestas que conducían a Granada. La fresca tarde se había convertido en una noche helada, por lo que la calefacción estaba encendida y el aire viciado del interior del coche hacía que la atmósfera resultara soporífera. Pronto todos sus ocupantes estaban dormidos a excepción de Baltasar, Manuel y yo. Baltasar estaba despierto porque iba conduciendo, Manuel porque peroraba sin parar, y yo porque era demasiado educado para dormirme mientras alguien me hablaba. Los demás ya lo habían oído todo antes.