Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
Muchas tardes cuando regresaba a casa del campo o de los montes, cansado y lleno de polvo, me encontraba a Ana absorta en la lectura del libro más preocupantemente titulado Illustrated Herbal Handbook for Everyone, [7] obra que muy pronto iba a apodarse «Hacia un marido más sano y saludable mediante la utilización de hierbas». Ana me miraba pensativamente cada vez que levantaba la vista de las páginas. Poco después, para manifiesta alegría suya, me di un golpe con la afilada punta de una hoz en la parte lateral de la rodilla mientras limpiaba la acequia. Ésta, según se dice, es una herida típica de La Alpujarra, donde todos los hombres nacen con una hoz en la mano que posteriormente la mayoría de ellos consigue de un modo u otro clavarse en la rodilla. Mi hoz se hundió profundamente y la rodilla se me puso como un balón de fútbol.
Tras consultar el Juliette, Ana hizo un emplasto de hierbas y una pócima repugnante para que me la bebiera. La consuelda era uno de los ingredientes, tanto del emplasto como de la pócima, y el áspero ajenjo y el ajo también formaban parte de la bebida, por si acaso no la encontraba lo suficientemente aborrecible. Estoy más o menos convencido de que surtió efecto, porque la herida sanó con inusual rapidez. Entretanto, la confianza de Ana en sus poderes como curandera herbalista se puso por las nubes. Apenas podía esperar a que se presentara una nueva oportunidad de poner a prueba sus nuevos conocimientos.
No mucho después del asunto de la rodilla, la complací poniéndome enfermo de verdad. Ana me encontró una tarde vomitando violentamente en los rosales con ganas de morirme. Se sentó a mi lado en una piedra y se puso a hojear el condenado libro.
– Juliette dice aquí que es asombroso que el hombre se preocupe tanto de intentar cortar los vómitos, que son una purga natural y saludable para todos los males del cuerpo. Qué te parece, ¿eh?
– ¡Puaaaaaaarrrjjjjj!
– Pero si realmente te sientes tan mal como parece, puedes tomar un poco de membrillo crudo rallado, unos clavos, jengibre y zumo de limón. Eso te pondrá bien.
Y, con el tiempo, efectivamente consiguió que me pusiera bien, y también que me mostrara reacio a volver a repetir la cura.
Por lo que a nosotros respecta, hasta ahora Juliette no nos ha fallado y en El Valero sus dictámenes se aplican lo mismo a los humanos que a las ovejas, caballos, perros y gatos, siendo estos últimos sorprendentemente acomodaticios. Siempre me divierte observarles poniéndose en cola para recibir su dosis semanal de ajo, miel y bolas de ajenjo, mientras que en la luna llena a Bonka y a Bodger se les da zumo de granada y ajo como vermífugo. Sin embargo, ni siquiera Ana llega hasta el punto de adoptar todas las ideas de Juliette, pues hay que reconocer que sus libros tienen una veta de puritanismo.
Juliette está totalmente en contra, por ejemplo, de lo que ella llama fired food, «comida sometida al fuego» -es decir, comida cocinada-, que según ella destruye el valor nutritivo natural y las propiedades salutíferas de los ingredientes. Tampoco, dice ella, deben utilizarse zapatos con suela de goma, pues nos privan de los beneficios de las saludables emanaciones naturales de la tierra. De todos modos, siempre merece la pena consultar el Juliette sobre los problemas menos obvios que puedan acosarle a uno: qué hacer, por ejemplo, con los cadáveres putrefactos que tienen tendencia a aparecer en el jardín.
En El Valero, cuando una oveja muere por causas misteriosas y no resulta posible por lo tanto destinarla a la olla, la echamos en una carretilla y la tiramos al barranco. Los perros contemplan este acto con mal disimulada indiferencia. Alargan la cosa durante un par de días hasta que la oveja empieza a adquirir un sabor interesante, y entonces empiezan su trabajo. Durante los siguientes diez días más o menos, la oveja vuelve a aparecérsenos en forma de miembros fétidos arrancados del cadáver llenos aún de carne, y de grandes pedazos de carne putrefacta con trozos de lana aún pegada. Los perros los traen a la casa y los esparcen por el jardín. No es una práctica al gusto de todo el mundo.
Cuando las cosas se ponen mal de verdad, estas ofrendas empiezan a hacer sentir su presencia en la casa propiamente dicha. Una noche me levanté de la cama a oscuras y de pronto me tropecé con una cosa grande, angulosa y viscosa. Con un grito eché mano de la linterna y descubrí el cráneo de un jabalí, con algunos interesantes trozos de carne aún pegados. Los perros, que lo habían encontrado en el río, meneaban la cola orgullosamente junto a él.
Ana consultó el Juliette, cuya autora era por supuesto muy partidaria de la carne no sometida al fuego para los perros y se mostraba un tanto desdeñosa de nuestras objeciones al olor de este tipo de objetos esparcidos por la casa y el jardín. ¡Pero si hasta podría tener el efecto beneficioso de provocar un saludable acceso de vómitos! Sin embargo, tenía una solución que no sólo serviría para quitar de en medio los animales muertos, sino que también proporcionaría una reserva barata de comida para los perros. Suponía deshuesar la carne y a continuación enterrarla bajo una capa de hierbas escogidas que servirían para conservarla.
En mi calidad de hombre de la casa, me delegaron para cavar el hoyo. Era un caluroso día de verano y la tierra estaba dura como el cemento. Maldije duramente a Juliette mientras picaba y escarbaba bajo la supervisión de Ana.
– Ya es lo suficientemente profundo -dije refunfuñando.
– No, no lo es. Juliette dice que debe tener un buen metro de profundidad.
– Juliette no tenía que cavar el maldito agujero.
– No, con muy buen criterio seguro que buscaba a algún hombre que se lo hiciera. Tiene que ser mucho más profundo que eso… y acaba bien los lados. Me voy a recoger hierbas.
Al volver de recoger hierbas, Ana miró desdeñosamente el agujero. No era como decretaba Juliette pero habría que conformarse. Ella y Chloë me observaron desde una distancia prudencial mientras deshuesaba la carne. No deben hacerse tareas de este tipo en verano, y por una razón muy lógica. Mientras trabajaba estaba rodeado de una nube de moscas y de avispas. No resulta agradable tener una docena o dos de avispas paseándosete por las manos, pero afortunadamente estaban demasiado atiborradas de sangre y de carne como para interesarse mucho por picar.
Pronto tuve un par de cubos llenos de carne reluciente, negra de moscas y de avispas. La enjuagué cuidadosamente bajo el grifo para quitarle los huevos de mosca. Entretanto Ana había hecho el gran esfuerzo de extender una capa de hierbas de algún tipo u otro en el hoyo.
– Pon la carne sobre la capa de hierbas, para que después yo le ponga encima un poco de romero, tomillo limonero, abrótano macho y ruda.
– Parece como si fueran los mismos ingredientes que les das a los perros para desparasitarlos. -Y a prácticamente todos los demás bichos también.
– Pues cualquiera que sea la receta, se supone que conserva la carne junto con todas sus cualidades nutritivas durante por lo menos tres meses, y que la protege de los ataques de los insectos. Estoy segura de que es la solución.
Colocó las hierbas en el agujero sobre la carne.
– Aquí dice que ahora tienes que poner encima unas piedras pesadas para evitar que los animales salvajes escarben la tierra, y después rellenar el hoyo.
Es fácil imaginar nuestra excitación cuando, seis semanas más tarde, llegó el momento de exhumar la carne en conserva y dársela a los perros. Quité la tierra y levanté con gran esfuerzo las piedras del hoyo. Ahí estaba la capa protectora de hierbas, milagrosamente intacta. Pero al levantarla, pronto se hizo patente que en el interior del hoyo no había carne alguna. Había desaparecido sin dejar huellas y no quedaba ni una mancha, ni un trozo, ni siquiera una partícula.
[7] Manual ilustrado de herboristería para todos.