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Entre limones. Historia de un optimista

Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:

El cortijo de El Valero está enclavado en un punto especialmente bello y privilegiado de Las Alpujarras, en las estribaciones de Sierra Nevada, entre ríos y bancales, y suficientemente alejado de la carretera como para que se parezca bastante al lugar soñado por Chris para retirarse de la vida que hasta ahora había llevado. A primera vista todo le parece demasiado bonito, suposición que le lleva a pensar en un precio prohibitivo, excesivo como para plantearse siquiera la posibilidad de comprarlo. Por eso no acaba de creerse que, después de comer algo de jamón regado con abundante vino y compartido con la agente inmobiliaria y el inefable Pedro Romero, actual propietario de la finca, acabe convirtiéndose, entre brumas etílicas y casi sin proponérselo, en el flamante dueño de la misma por un precio casi irrisorio, según sus británicos cálculos.
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
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No era ninguna fanfarronada, ya que la familia de Baltasar tiene el cortijo más alto del monte que hay encima de Lanjarón, un lugar que disfruta de un tiempo verdaderamente terrible, y Manuel ha pasado la mayor parte de su vida trabajando allí. Pero el hombre de la boina parecía tener sus dudas. No iba a hacer los ejercicios, yo estaba seguro de ello. Se alejó cojeando para pedir otro coñac. Manuel se levantó para hacer un recorrido por el bar y ver qué otras dolencias interesantes podía encontrar.

Domingo y yo, tras dejar a Baltasar vigilando a Kiki para asegurarnos de que no hacía ninguna tontería en el bar del mercado, fuimos a encerrar los corderos en el corral y a echar un vistazo a la competencia. Nuestro corral parecía estar muy lejos de todos los demás. La poca acción que se veía estaba desarrollándose en la parte baja del mercado, en donde había lotes más grandes de corderos, cien o doscientos por corral. Mis cuarenta corderos eran buenos, aunque un poco más pequeños que la mayoría, y el hecho de estar todos apretujados en un rincón del corral no hacía que se les viese bajo la luz más favorable.

En el corral de al lado del mío había un conjunto heterogéneo de cabras viejas y, en la otra punta, un macho cabrío maloliente daba vueltas entre un pequeño grupo de corderos poco agraciados. Aparte de los nuestros, todos los demás corrales del extremo donde estábamos se encontraban vacíos. No hacía falta ser un genio para llegar a la conclusión de que era en este extremo donde ponían a los clientes que no estaban al tanto de las cosas. Mis vecinos no eran precisamente la flor y nata de los pastores modernos.

Con mis quinientas pesetas había alquilado un corral de cemento, bajo un enorme cobertizo abierto, y allí tuve que exhibir mis mercancías a su luz más favorable mientras me apoyaba en la puerta con aire despreocupado, como si vender o no vender mis corderos me resultara totalmente indiferente. Los tratantes iban de un corral a otro con un séquito de apuntadores, suministradores de consejos no solicitados, aduladores y pastores en situación desesperada. Los vendedores hacían sus propios tratos con los compradores sobre la base de la información que recogían escuchando las transacciones que se llevaban a cabo en los otros corrales.

A las seis el extremo inferior del mercado se encontraba hirviendo de actividad. Era la hora más oscura y fría de la noche. Yo creía que me había abrigado bien, pero mi ropa no resultaba suficiente para este frío. Congelado de pies a cabeza, casi no podía hablar, y mucho menos lograr pronunciar el andaluz de la compraventa de ovejas. Domingo se me acercó desde los corrales de abajo.

– Malas noticias, los precios están bajando. Uno de los pastores de los corrales grandes de ahí abajo acaba de aceptar siete mil, y sus corderos son los más grandes y los mejores de aquí. Los corderos más pequeños se están vendiendo por nada. Además, Luis Vázquez está ahí y, a menos que me equivoque, ha hecho correr la voz de que nadie debe interesarse por tus corderos.

– ¿Y por qué carajo no?

– Le dio rabia que no le vendieras a él tus corderos cuando fue a verte…

– ¡Pues claro que no lo hice, al precio de risa que me ofrecía!

– Bueno, de todos modos ni a él ni a los otros tratantes de La Alpujarra les hace gracia la posibilidad de que vengan más pastores al mercado a vender sus corderos directamente. Eso acabará dejándoles sin trabajo.

– Pues no sería mala cosa.

– No, pero no se van a quedar de brazos cruzados. Luis ha estado hablando con todos los tratantes que hay aquí en el mercado. Van a intentar darnos a todos una lección.

De vez en cuando, como para dar más peso a las palabras de Domingo, un tratante y su séquito se separaban del tumulto de la parte baja del mercado para acercarse con mucha calma a mi corral, mirar desdeñosamente a los corderos y pasar sin pronunciar una sola palabra. Domingo hacía todo lo posible por entablar conversación con ellos y señalarles las ventajas de mis corderos, pero era inútil.

Me apoyé tristemente en el muro para mirar a los pobres animales asustados del corral. ¿Cuánto tiempo más duraría este horroroso suplicio? Veía por todas partes lotes de corderos que eran empujados por los corredores hacia las plataformas de carga. Tratantes de grandes panzas se subían a sus Mercedes y salían por las puertas a gran velocidad. Parecía ser que iba a tener que soportar la humillación de volver a llevarme a casa los corderos, lo que para ellos iba a suponer un desdichado trayecto doble y una noche de frío y sufrimiento.

– Pero no nos vamos a ir todavía -dijo Domingo-. Muchas veces pasa que los precios mejoran hacia el final. A lo mejor algunos tratantes no han conseguido llegar a su cupo y tienen menos corderos de donde elegir. ¡Todavía puede que haya suerte!

No la hubo.

El furor de comprar y vender había llegado ya a su punto culminante y comenzado a decaer. Un débil sol pálido empezó a ascender por encima del horizonte e iluminar ese horroroso lugar con unos rayos desprovistos de calor. Los grandes corrales se vaciaron de corderos y los grandes tratantes fueron desapareciendo uno por uno. En el aparcamiento que había junto a la nave, los tratantes de pueblo y los operantes de poca monta patrullaban las filas por donde ofrecían sus mercancías los que eran demasiado astutos para pagar quinientas pesetas por un corral. Había destartalados Renault 4, con las ventanillas empañadas por el vaho de una docena de corderos, una cabra atada a la parte trasera de un tractor, un viejo de aire triste llevando un par de ovejas flacas amarradas por una cuerda. Pero nadie vino ni siquiera a mirar mis corderos. Me sentía perdido y solo, como un niño nuevo en el colegio.

Me tomé un café con Baltasar, mientras dejaba a Domingo intentando despertar algún interés entre los compradores que quedaban.

– No parece que los vayas a vender hoy.

– No, supongo que me los tendré que llevar a casa de nuevo.

– Deberías tener cuidado, ¿sabes?; te has hecho algunos enemigos entre los tratantes, y son gente mala de contrariar. Nunca se sabe lo que pueden intentar, no a plena luz del día como ahora, pero una noche oscura en una carretera de montaña solitaria…

Dejó la frase sin terminar. Me parecía que estaba siendo un tanto dramático, pero tal vez hablaba en serio. Yo estaba rompiendo moldes, arriesgándome. Había sido un imprudente fracaso. Volvimos a cargar los corderos y regresamos a casa. Al pasar por Lanjarón y Órgiva hicimos frecuentes paradas para satisfacer la curiosidad de los transeúntes. Algunos de ellos ya habían hablado con los tratantes y parecían conocer hasta el más mínimo detalle de nuestro humillante viaje.

Como era de esperar, hubo una oleada de interés entre los tratantes por ver si podían obtener gratis los corderos que habían quedado sin vender. Yo iba a tener que venderlos; dentro de poco pasaría su mejor momento, y entonces sí que los tendría que regalar. El hombre que me ofreció el trato más razonable fue un gitano de Órgiva llamado Francisco. Era un operante tan pequeño que no tenía los medios para ir al mercado de Baza. Domingo me dijo que tuviera cuidado con él, pues tenía fama de mal pagador, pero a mí me pagó por adelantado cuando se llevó los corderos en cuatro lotes de diez a lo largo del mes siguiente. Desde entonces siempre le he vendido a Francisco mis corderos, y hasta ahora no me ha defraudado. En la actualidad incluso me gusta vender los corderos aquí. Resulta con mucho la opción más ecológica: les evita un viaje estresante, ahorra costes de transporte y a mí me satisface abastecer a la comunidad en donde vivimos. De vez en cuando viene gente a verme para felicitarme por la calidad de la carne de cordero que compran en el puesto del mercado de Francisco. El propio Francisco cree firmemente en la superior calidad de la carne «campera».

– No, eso de criar corderos a oscuras con pienso alto en proteínas es una cosa de ahora. Cuando mi padre era carnicero, se decía que un cordero no se podía comer hasta que no se había pasado un verano en los pastos de la sierra. Los corderos eran más grandes y más viejos, pero el sabor era buenísimo. Mis clientes más antiguos se quejan de que ya no encuentran carne buena. La que compran se queda en nada en la olla. Por eso me da alegría de verdad verte produciendo carne de «campero». Yo te compraré toda la que produzcas.

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