La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– Lo que tú digas.
– Actuamos con conocimiento y beneplácito de don Fulko Artevelde, prefecto de Riedbrune.
– Lo que tú digas -repitió el Oso, haciendo una señal para que alzaran y recogieran las espadas de Geralt y Cahir-. Con conocimiento y beneplácito. De don Fulko Artevelde. El importante señor Artevelde. ¿Habéis oído, muchachos?
Su gente, los negros y los coloreados, risotearon a coro.
Angouléme se revolvió en el abrazo del ojos de rana, intentando gritar en vano. No era necesario. Geralt ya lo sabía. Antes de que el sonriente Schirrú comenzara a apretar las manos que se le tendían. Antes de que cuatro negros nilfgaardianos agarraran a Cahir y otros tres le dirigieran las ballestas directamente al rostro.
El ojos de rana empujó a Angouléme hacia sus camaradas. La muchacha colgó en su abrazo como una muñeca de trapo. Ni siquiera intentaba ofrecer resistencia.
El Oso se acercó lentamente a Geralt y de pronto le golpeó en la ingle con un puño embutido en un guante de armadura. Geralt se dobló, pero no cayó. Una rabia fría le mantuvo en pie.
– Puede que te alegre la noticia -le dijo el Oso- de que no sois los primeros idiotas que el tuerto Fulko ha utilizado para sus propios objetivos. Los rentables negocios que yo llevo a cabo aquí junto con el señor Straggen, por algunos llamado Ruiseñor, son para él como una piedra en el zapato. A Fulko se le llevaron los diablos cuando, en lo que concierne a estos negocios, tomé a Homer Straggen al servicio de su emperador y lo nombré jefe de una compañía de voluntarios para proteger la minería. Así que, como no puede vengarse oficialmente, contrata a picaros diversos.
– Y a brujos -intervino Schirrú, quien sonreía venenosamente.
– En el exterior -dijo en voz alta el Oso- hay cinco cadáveres empapándose con la lluvia. ¡Habéis asesinado a personas que estaban al servicio del emperador! ¡Habéis estorbado el trabajo en la mina! No hay ninguna duda: sois espías, saboteadores y terroristas. En estas tierras rige la ley marcial. Por la presente y en vía sumaria, os condeno a muerte.
El ojos de rana se carcajeó. Se acercó a Angouléme, a quien sujetaban los bandidos, la agarró con un rápido movimiento por un pecho y apretó con fuerza.
– Eh, ¿y qué, Clara? -gritó, y resultó que tenía la voz todavía más de rana que los ojos. El sobrenombre del bandido, si era él mismo el que se lo había dado, denotaba sentido del humor. Y si se trataba de un mote para camuflarse, entonces había acertado extraordinariamente.
– ¡Así que nos encontramos de nuevo! -gritó otra vez el batracio Ruiseñor, pellizcando a Angouléme en el pecho-. ¿Te alegras?
La muchacha gimió dolorosamente.
– ¿Y dónde tienes, puta, las perlas y las piedras que me robaste?
– ¡Las tomó en depósito el tuerto Fulko! -gritó Angouléme, intentando sin éxito aparentar que no tenía miedo-. ¡Preséntate a él para recogerlas!
El Ruiseñor gritó y desencajó los ojos, ahora tenía el aspecto de una verdadera rana, daba la impresión de que estaba a punto de ponerse a cazar moscas con la lengua. Apretó a Angouléme todavía con más fuerza, ella se agitó y gimió todavía más dolorosamente. Por detrás de la roja niebla de rabia que cubrió los ojos de Geralt, la muchacha otra vez comenzó a parecerse a Ciri.
– Lleváoslos -ordenó el Oso con impaciencia-. Al patio con ellos.
– Es un brujo -dijo inseguro uno de los bandidos de la compañía ruiseñora de protección de la minería-. ¡Un meigo! ¿Cómo lo vamos a coger con las manos desnudas? Lo mesmo nos echa algún hechizo o algo así…
– No tengáis miedo. -Schirrú, sonriente, se palmeó los alrededores del bolsillo-. Sin su amuleto brujeril no puede hechizar y su amuleto lo tengo yo. Cogedlo sin miedo.
En el exterior esperaban más nilfgaardianos armados vestidos con capas negras y más miembros de la coloreada hansa del Ruiseñor. Se había reunido también un grupo de mineros. Alrededor revoloteaban los ubicuos niños y perros.
Ruiseñor perdió de pronto el dominio de sí mismo. Exactamente igual que si lo hubiera poseído el diablo. Croando de rabia agredió a Angouléme con los puños, y cuando cayó la pateó varias veces. Geralt se arrancó de la sujeción de los bandidos, por lo que recibió un golpe en la nuca con algo duro.
– ¡Decían -croó Ruiseñor, mientras saltaba sobre Angouléme como un sapo loco- que te habían clavado en un palo por el culo, allá en Riedbrune, mala pécora! ¡Escrito te estaba el palo! ¡Y en el palo vas a reventar! ¡Eh, muchachos, buscadme por aquí alguna estaquilla y sacádmela punta! ¡Presto!
– Señor Straggen. -El Oso frunció el ceño-. No veo motivo para entretenernos con una ejecución tan bestial y que precisa de tanto tiempo. Hay que colgar sin más a los prisioneros…
Se calló ante la mirada de furia de los ojos de rana.
– Estaos calladito, capitán -croó el bandido-. Demasiado os pago para que me vengáis haciendo propuestas innecesarias. Yo le juré a Angouléme una mala muerte y ahora voy a jugar un poquillo con ella. Si queréis, colgad a esos dos. A mi ni me van ni me vienen.
– Pero a mí sí -intervino Schirrú-. Ambos me son necesarios. Sobre todo el brujo. Especialmente él. Y dado que el empalamiento de la muchacha va a tardar un poco, yo también voy a aprovechar ese tiempo.
Se acercó, clavó en Geralt sus ojos de gato.
– Has de saber, imitante -dijo-, que yo fui quien acabó con tu amigo Codringher en Dorian. Lo hice por orden de mi señor, el maestro Vilgefortz, al que sirvo desde hace años. Pero lo hice con verdadero placer.
»Ese viejo canalla de Codringher -siguió el medioelfo sin esperar a la reacción- tuvo la desvergüenza de meter la nariz en los asuntos del maestro Vilgefortz. Lo destripé con mi cuchillo. Y a ese asqueroso monstruo de Fenn lo quemé vivo entre sus papeles. Podría simplemente haberlo acuchillado, pero sacrifiqué un poco de tiempo y esfuerzo para escuchar cómo aullaba y gruñía. Y aullaba y gruñía, te digo, como un cerdo en la matanza. Nada humano había en aquellos aullidos, absolutamente nada.
«¿Sabes por qué te hablo de todo esto? Porque también a ti podría simplemente acuchillarte o mandar acuchillarte. Pero sacrificaré un poco de tiempo y esfuerzo. Voy a escuchar cómo aullas. ¿Dijiste que la muerte es siempre la misma? Ahora verás que no todas. Muchachos, calentadme alquitrán en unas graseras. Y traedme unas cadenas.
Algo se deshizo con un estruendo en el carbón de la barraca y explotó al instante con fuego y un estruendo estremecedor.
Otro recipiente con aceite de roca -Geralt lo reconoció por el olor- acertó directamente en la grasera, un tercero estalló junto al que sujetaba los caballos. Hubo un estruendo, borbotearon las llamas, los caballos se volvieron locos. Hubo un tumulto, del tumulto emergió un perro ardiendo y aullando. Uno de los bandidos del Ruiseñor extendió de pronto los brazos y cayó sobre el fango con una flecha en la espalda.
– ¡Vivan Los Taludes libres!
En la cima de la colina, detrás de los andamiajes y los soportes, se entreveían unas siluetas con capotes grises y gorros de piel. Sobre las personas, los caballos y las barracas de la mina seguían cayendo más proyectiles incendiarios, especie de susurros que arrastraban consigo unas trenzas de fuego y humo. Dos cayeron sobre el taller, el suelo lleno de virutas y serrines.
– ¡Vivan Los Taludes libres! ¡Muerte al ocupante nilfgaardiano!
Silbaban las trayectorias de las flechas y las saetas.
Rodó bajo el caballo uno de los negros nilfgaardianos, se derrumbó con la garganta atravesada uno de los bandidos ruiseñores, cayó con una saeta en la nuca uno de los esbirros de pelo corto. El Oso cayó lanzando un macabro gemido. La flecha le había atravesado el pecho, bajo el esternón, más abajo del emblema. Eran aquéllas -aunque nadie podía saberlo- saetas robadas a un transporte militar, el modelo estándar del ejército imperial, con unas pequeñas modificaciones. La amplia punta dos hojas había sido aserrada en algunos lugares para lograr un efecto de expansión.