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Toda la belleza del mundo

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Jaroslav Seifert
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Cuántas veces, ay, cuántas veces había recorrido yo, feliz y tranquilo, este camino que pasa por encima de la estación. Desde mi más tierna infancia. Me precipitaba por él cuando me marchaba, feliz, a Kralupy, donde pasaba todas las vacaciones y, a la vuelta, hacia los brazos de mamá. A menudo deambulaban por aquel camino unas vacas asustadas, que no sabían ni a dónde iban.

Desde la calle Hrabovká enfilamos Karlíná calle abajo, dirigiéndonos al cuartel de Jifí de Podébrad. Allí nos pusieron delante de un paredón y tuvimos que esperar de nuevo. Se nos volvió a comunicar que nos iban a fusilar en el patio del cuartel. Pero, en el patio, los alemanes estaban ocupados en preparar su huida de Praga y aún no habían acabado su trajín.

Mientras dábamos vueltas alrededor de Hrabovká, nos acarició la brisa primaveral cargada del aroma de las lilas del jardín que está en la cumbre de Vítkov, donde yo, lleno de una alegría ligera e inocente y con risa despreocupada, entrelazando mis dedos con los de una muchacha, había paseado alguna que otra tarde o noche viendo abajo el humo de la estación. Recordé distintamente cómo olían las pardas violetas de verano, de cuyo perfume todavía sigo teniendo sed. Desde el pabellón del mirador que aún permanece allí, se contempla una de las vistas más hermosas de Praga, aunque esté un poco empañada por el vapor de las locomotoras de la estación que se halla al pie de la colina.

Dos veces desfilaron junto a nosotros los parlamentarios, de ida y de vuelta, con una bandera blanca sobre el hombro. Pasaron sin mirarnos. No barruntábamos siquiera que, en aquellos minutos, se iban realizando unas negociaciones que se prolongaron mucho tiempo. Vivimos los amargos instantes hasta el final, cuando los alemanes decidieron canjearnos por un grupo de mujeres, niños y viejos alemanes que los nuestros habían detenido en su intento de fuga. No tengo la menor idea de cuánto tiempo estuvimos esperando frente al cuartel. El reloj me lo había quitado un soldado alemán, al salir de la Casa del Pueblo. Pero me pareció que habíamos estado allí una eternidad.

Luego, de repente, los alemanes nos ordenaron disolvernos. Al acercarnos de nuevo a las barricadas, cerca del puente de Troya nos encontramos con Pisa y dos compañeros más. Pasamos la última noche tormentosa allí, en casa de unos amigos, y desde las ventanas del edificio, que entonces estaba casi solitario, vimos el ejército de Schorner, una de cuyas unidades se situaba en la carretera que unía Bulovká con el puente de Troya. La misión de aquel ejército consistía en destruir la ciudad y retirarse para rendirse a los americanos. Afortunadamente, no consiguieron su primer objetivo. El segundo, lo lograron sólo en parte. Pero es una historia conocida.

A pesar de la evidente disparidad entre un escritor de fama mundial y el lírico de un país pequeño, le envidié un poco a Dostoievski, si se puede decir así, aquella experiencia única: haber sido condenado a muerte, conocer el instante en que el hombre debe decir, irremediablemente, adiós a la vida, aceptar la inminencia del hecho, para luego volver a saborear la realidad y la dulzura de la vida y salvarse. Conocer aquellos breves minutos terribles en que el tiempo arrastraba apresuradamente al hombre hacia su final, para luego contemplar la extensa vastedad del tiempo que se explaya delante de él como sublime paisaje. ¡Qué drama debe estar viviendo el hombre en aquellos escasos instantes! ¡Cuánto significa un instante similar para cualquiera, y sobre todo para un escritor, pues éste posee la capacidad de formular con precisión una experiencia semejante!

Incluso si estuviese haciendo comparación con algo diferente de esta vivencia humana, quisiera decir de mí mismo lo siguiente:

Cuando Pisa y yo estuvimos frente al paredón del cuartel de Karlíná, saqué del bolsillo un trozo de queso y un poco de pan que me había procurado a la manera alemana al salir del hotel Monopol. El pan y el queso ya no estaban frescos, pero los comimos con avidez. Luego empecé a pensar en mi familia. Sabía que estaban enteramente fuera de peligro. Al mismo tiempo, mi subconsciente no admitía en absoluto la idea de que no volvería a verlos. Con resolución, ahuyenté aquellos pensamientos. Miré las casas tristes y tétricas de enfrente. Todas las ventanas, quizás por precaución, estaban cerradas. En aquel momento, una cortina se levantó un poco dejando ver la cara de un hombre. Luego distinguí, cerca del viaducto de Karlíná, el urinario público de chapa del que guardaba unos recuerdos grotescos.

Muchos años atrás, un dibujante anónimo, pero obviamente hábil, trazó con tinta alquitranada un desnudo femenino en la postura más crítica. De adolescentes íbamos con frecuencia a mirar aquel dibujo. Se conservó allí durante bastante tiempo. ¡Nos trastornaba! Además, para nuestros años era una vivencia completamente excepcional. Mientras estábamos esperando junto al cuartel, aquel dibujo me vino a la mente con nitidez, aunque aquel recuerdo nada decoroso casi se me había borrado de la memoria.

Eché otra ojeada a las ventanas grises de enfrente. De la chimenea salía humo y se me ocurrió que aquella gente, feliz porque no tenía que aguardar delante del paredón del cuartel, nos estaría mirando de tarde en tarde, por detrás de los visillos corridos, mientras iba haciendo la comida. Por el amor de Dios, no lo consideréis valor, pero en aquellos instantes, os lo juro, no pensé en la muerte; aunque, y lo teníamos muy en cuenta, nos estaba esperando a dos pasos de allí, en el patio.

Y cuando nos hicieron disolvernos, cuando respiramos el dulce aire de la libertad, cuando oímos la radio de Praga anunciar por todo lo alto la capitulación de los alemanes, puedo decir que olvidamos en seguida los momentos vividos aquella mañana.

Pero ¿y al cabo de los años?

Hace poco me encontré en el mismo sitio donde vivimos aquella penosa experiencia, y no me acordé de nada en absoluto. Sólo al volver a casa comprendí que había pasado por allí sin darme cuenta de ello.

Hoy recuerdo aquellos horribles instantes como un niño recuerda el sarampión del año pasado, cuando está corriendo hacia un balón nuevo.

Sí, creedme. Es así. Y que os vaya bien. ¡Adiós! ¡Y ojalá no haya más guerras!

Tercera parte. NOCHE EN EL MERCADO DE ESQUINA

46. Introducción

Jaroslav Vrchlicky tenía aquel espectáculo casi debajo de sus ventanas. Sobre el Vltava, atados al parapeto con pesadas cadenas, se balanceaban en las ondas dos embarcaderos. Uno grande, destinado a los grandes barcos de vapor, que atracaban ceremoniosamente y llenos de dignidad, y otro más pequeño, para los vaporcitos que salían silbando cada minuto, mientras los que venían aminoraban a lo lejos el girar de sus ruedas para dar tiempo a que el embarcadero quedase libre. El pequeño estaba repleto de gente casi constantemente, mientras que en las dos cubiertas del grande solía quedar más espacio libre.

El enjambre de moscas se precipita con el aire, y zumba, raudo, por encima del vapor.

Hace un hermoso domingo de junio, luce el sol y Praga se vacía a toda prisa. Algunas de sus calles laterales recuerdan el abandono de un pueblecito agreste. Praga, si no se ha fugado lejos, hacia el bosque, se encuentra en la orilla del río.

Estoy en la cubierta del barco, acodado en la barandilla, viendo desfilar delante de mí Hrad, el Teatro Nacional, y Manes, y observando con qué rapidez se acerca Podolí. Allí también hubo un embarcadero. Pero hace mucho que no existe. Y en la orilla están gozosamente tumbados miles y miles de cuerpos humanos. Un sinnúmero de cuerpos jóvenes y viejos, esbeltos y menos atractivos, han cubierto la arena abrasadora. Y el vapor deja atrás esas desnudeces humanas y corre hacia Zbraslav, donde las más de las veces se permite el lujo de quedar inmóvil junto a la orilla, expuesto al calor del sol.

Un recuerdo luctuoso acude a mi memoria.

En la película americana El proceso de Nüremberg, con Spencer Tracy y Burt Lancaster, en la que la soberbia Marlene Dietrich interpreta un papel poco simpático, pero lo hace con precisión, ostentando las rosas de la singular belleza de sus setenta años, le pide al acusador público que se proyecten secuencias de los filmes encontrados en los campos de concentración. Las cintas son sobrecogedoras. Centenares de yertos cadáveres de presos torturados, amontonados con intencionada densidad, son enterrados por las pesadas palas de las apisonadoras en surcos de escasa hondura y cubiertos con barro.

Los cuerpos, uno tras otro, caen en sus poco profundas tumbas.

Ni una lágrima en ninguna parte.

A veces me parece casi imposible creer que, después de producirse aquellos hechos -no tan antiguos, en realidad-, nos coloquemos ante la barra de un merendero, nos tomemos una cerveza, un refresco, bromeemos con una chica bien peinadita que está detrás de la barra y sonriamos felices. ¿Cómo puede ser que nuestra vida -y entre aquellos muertos había decenas de miles de los nuestros- haya superado aquellos espeluznantes acontecimientos con tanta facilidad y que siga adelante como si en nuestras existencias jamás hubieran tenido lugar aquellos episodios terroríficos? No estoy hablando de los jóvenes. Pero nosotros fuimos casi testigos. ¡Qué pronto olvidan los vivos! Probablemente, así debe ser. Probablemente, de otro modo vivir sería imposible. Pues no lo recordemos.

Pero, ¡cómo no recordarlo!

Aquí, delante de nosotros, hay miles de cuerpos humanos. Pero están vivos, la gente se siente feliz y no piensa en la muerte. ¡Para qué! Pero también va avanzando hacia aquí la hora, esa apisonadora invisible y silenciosa que nos arrastra, uno a uno, a nosotros, yertos, con los brazos estirados a lo largo del cuerpo, hacia los surcos de escasa profundidad para enterrarnos debajo del barro y del olvido.

Tal vez, con una diferencia. Alguien llora y suspira sobre nosotros un minuto. Pero luego llega el mismo silencio.

Ya me callo. No es un buen final para este comienzo.

47. El carillón de la Ciudad Vieja

Vamos por la vida de desengaño en desengaño. Si los encerramos dentro de nosotros y no se los mencionamos a los demás, a eso se le llama optimismo vital. Pero empiezan ya en la infancia y continúan hasta el final de la vida.

Uno de esos desengaños -y la desilusión aquella vez fue bien fuerte- lo viví siendo todavía niño. No me acuerdo en qué ocasión, tuve la posibilidad de visitar, junto con mi padre, el ayuntamiento de la Ciudad Vieja, y nos llevaron a ver la torre del carillón. Heinz, el famoso relojero de la plaza de la Ciudad Vieja, encargado de reparar y de revisar el carillón, nos explicó el funcionamiento del mecanismo del antiguo aparato. Los signos del zodíaco no me interesaban especialmente, pero en cambio, conocí de cerca, para mi triste sorpresa, a los apóstoles que siempre miraba desde la calle, debajo de la torre, con devoción y sin cansarme, que se me antojaban medio vivos y que en realidad no eran sino armazones de cuerpos afianzados sobre una rueda de madera. Que iba girando lentamente. No era Jesucristo el que pasaba de una ventana a la otra, sino sólo su mitad. Tampoco Juan, el preferido del Señor, tenía piernas, mientras que San Pedro, con sus llaves de plata, era tan sólo un mísero torso, exactamente como los demás.

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