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Toda la belleza del mundo

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Jaroslav Seifert
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Toman iba por el camino de la vida como sembrándolo de pequeñas joyas con su mano. Pero la alegría de aquellos que las han recogido lealmente es muy grande. Sabía todos sus poemas hasta la última línea. En eso se parecía a Bezruc, el autor de un solo libro.

Sus poesías no están envueltas en ningún misterio. No hay en ellas nada que descifrar. Son claras y llegan a la gente. Son verídicas. Y verosímiles. Tampoco hay en ellas líneas que reflejen una presurosa contingencia, ágilmente revestida tan sólo con una rima oportuna. Están libres de esos rellenos coloreados que tantas veces encontramos en ciertos poemas en cuyas plumas se agolpan los poemas con premura. Los de Toman son irrepetibles, están fuera de todo parangón. Son plena y profundamente checos.

No obstante, Toman no escribía fácilmente. Pagaba sus poemas con la vida. No provenían de las ligeras y generosas manos de la destreza poética. En su mayoría, son pequeños dramas creados por la parca soberanía de un maestro y por la mano experta de un buen trabajador.

Alguna que otra vez anduve con Toman por el hermoso camino campestre que conduce al estadio. En aquellos tiempos no estaba aún arreglado como lo está ahora. Debajo de nosotros se extendía Smichov, humeante y rugiente. A lo largo del camino, allí y allá, se veían arbustos de escaramujo en flor. A Toman le recordaban las familiares lindes, entre las plantaciones de su tierra, y los miraba con amor.

«¿Me preguntas cómo escribo poesías? En realidad, casi no las escribo. Desconozco el montoncillo de papel que va menguando hoja por hoja, mientras se escriben unos versos no del todo logrados y hay que arrugar el papel y tirarlo. Paso mucho tiempo con la idea de un poema, lo pienso despacio, reflexiono sobre cada línea. Cambio las palabras hasta que el verso y, luego, todo el poema, estén terminados y, a mi juicio, no tengan defectos. Siento el placer del trabajo creativo antes de coger en mi mano la pluma para anotarlo simplemente. Éste ya es un trabajo enteramente mecánico.»

F. X. Salda, en su estudio sobre Toman, que posee el rigor de una verdad conocida, ha resumido este proceso creativo muy acertadamente: «Se nota que estos versos de Toman han sido recitados durante largas caminatas y paseos, sobre rutas infinitas, y que el poeta, antes de apuntarlos, los sabe de memoria.»

Toman cuenta que se quedó maravillado al leer aquel ensayo. Le escribió una carta a Salda dándole las gracias y describiendo el asombro que le causó la perspicacia de éste.

Sin embargo, para mí, que nunca he despreciado enseñanzas, aquel procedimiento era demasiado ajeno. Porque, para mí, el verso que no es inmediatamente registrado sobre un papel, no existe. Yo he escrito con cierta facilidad, pero he arrugado mucho papel. Las poesías me salían por la punta de iridio de mi estilográfica. Pero después de escuchar las palabras de Toman empecé a verlo de modo distinto. Quince palabras expresan la idea del poeta y, en este instante, la idea, como en una ligera danza, empieza a volar y se convierte en un verso. Por eso al magnífico poeta le bastaba con pocas palabras, pues en su obra estaba todo él, entero y grande.

Casi frente a las ventanas de la casa de Toman se levantaba la antigua fábrica de ladrillos de barro de Brevnov. Durante la guerra, los soldados alemanes se entrenaban allí disparando con cartuchos de verdad. Los estampidos de los tiros acompañaban a los latidos del corazón de Toman. Escuchaba con angustia los unos y los otros.

Al final de su vida tenía tres deseos. Quería celebrar el día de la liberación, ver a su hijo y hojear, sobre la colcha del lecho, una edición completa de su obra poética.

El destino, que no lo mimaba demasiado, le proporcionó el cumplimiento de los tres.

Celebró el día de la liberación. Aquel día abandonó, con cierto esfuerzo, el lecho y se puso sus ropas domingueras. Poco después pudo abrazar a su hijo y, por último, hojeó, por lo menos, las galeradas de sus Poemas y al final de ellas escribió unas líneas de epílogo que concluían con un triste saludo dirigido a los lectores.

Después de su muerte, el nombre de una calle de Bfevnov que antes se llamaba K Ladronee (Hacia Ladronka) fue cambiado por el de Toman. Es una bonita calle que ahora se sitúa al borde del cinturón verde. Está llena de sol, de viento y de tormentas de primavera. Desde sus aceras se ve la espaciosa campiña del sur de Praga. A la derecha, detrás de la iglesia de Stodulki, azulean las bajas estribaciones de Brd, a la izquierda se ven por la noche las luces de los automóviles que salen del bosque de Ládva. Y en medio de ella, se ve a lo lejos la torre de televisión de Cukrák, que se alza sobre Zbraslav. Junto a la vieja granja de Ladronka, la calle baja hacia la Bélohorska.

Se me encargó que anunciase a los habitantes de Brévnov el cambio de nombre de la calle. Pusieron una pequeña tribuna para una persona, en medio de la calle, cerca del parque, justo al lado de un arbusto de escaramujo que todavía sigue allí. Aquel día, precisamente, floreció.

44. El atentado contra el doctor Kramár

Habitábamos uno de los desconchados y tristes inmuebles de la avenida Hus de Zizkov. Uno de los que estaban condenados a la demolición, como lo estaban casi todos los demás edificios de aquella parte de la ciudad. La vida en él era bastante difícil y agobiante. El único conducto de agua corriente, que estaba en el pasillo, era utilizado por los siete inquilinos, y cuando hacía un invierno un poco duro y alguien dejaba por la noche el grifo mal cerrado, por la mañana, en el pasillo, encontrábamos una pista de patinaje y teníamos que desparramar ceniza sobre ella. El edificio no tenía lavandería; en invierno se lavaba en las cocinas, y en verano, en la galería o en el oscuro patio. Pero las mujeres tenían miedo de ir allá, porque las ratas, de hasta un cuarto de metro, se deslizaban junto a sus desgastadas zapatillas. ¿El baño? Era algo tan excepcional, tan raro, como hoy lo es un laboratorio orbital. Y prefiero no mencionar siquiera este último servicio, tan imprescindible.

En la avenida Hus, delante de nosotros, había una barraca que parecía una cabaña rústica. Además, en la casa estaba situada una famosa taberna. De día, era una tasca común y corriente, adonde se iba a tomar una cerveza; pero por la noche el local se convertía en un glorioso centro de peregrinación. Era conocido con el nombre de El ángel dorado. En efecto; sobre la entrada había un relieve dorado con un ángel de tamaño natural. Se encontraba más bien tendido de costado, pero sus alas apaciblemente desplegadas permitían comprender que estaba volando, a punto casi de aterrizar en el mostrador. Servía en ese mostrador una hermosa tabernera, con un blanco delantal lleno de encajes. Me gustaba ir allí, aunque, según decían, detrás de la esquina tenían una smkhovska mejor y ponían una ración más grande.

De niño -pero cuando era muy niño todavía- también rezaba ante aquel ángel dorado. Sin embargo, pronto comprendí que mis oraciones no iban bien orientadas. Que el ángel no era como debía ser.

En cambio, las vistas desde el ventanuco de la cocina de nuestra vivienda y desde la galería eran hermosas. Nos maravillaba ver los campos de Zizkov invadidos por la vegetación silvestre. Cuando llegaba la primavera, florecían allí decenas y decenas de viejos arbustos de botones de oro. ¡Ay, qué bello era aquello! Como si cascadas de agua dorada estuvieran bajando hacia nuestra cocina. Fue en aquella casa donde leí en Cerven los nuevos versos de Srámek sobre el codeso. Los recité en voz baja, acodado en la barandilla de nuestra galería:

Oh tristeza, un día de mayo fui ayer a buscar al poeta: debajo del codeso en flor, y no era un sueño.

Ahora estos versos ya no me gustan tanto. Son de los más flojos del poeta. Pero entonces me hechizaban.

Cuando, bordeando la línea de ferrocarril que corría junto a los campos, florecía la hilera de crespas acacias, un aroma espeso y exquisito invadía por la noche no sólo la galería, sino también las escaleras sin luz, desterrando de ellas los olores de guisos achicharrados. Era delicioso. Por aquel entonces un olor similar estaba de moda y muchas mujeres se lo ponían como perfume. Era el aroma del amor, como el de las rosas, y mi corazón daba un brinco de tarde en tarde.

Sobre las acacias, incluso sobre aquellas que crecían al lado del ruidoso semáforo, habían hecho sus nidos las tórtolas que en verano nos endulzaban la brevedad y la rutina de los días. Las tórtolas eran limpias y blancas. No como esas mugrientas tórtolas balcánicas que hace poco se han instalado aquí; no endulzan los días, sino que lanzan gritos abominables y están grises de hollines, porque para sus juegos amorosos escogen las negras chimeneas de los tejados de las casas.

En la galería del inmueble vecino, donde tenía su comercio Cvikr, un conocido mayorista de Zizkov, vivía mi amigo más íntimo, Ivan Suk. En el colegio estudiaba en un curso superior, porque tenía un año más que yo, pero trabamos amistad rápidamente. El también escribía poesías. A unos pasos detrás de la esquina, en la calle Cimburkova, vivía Frantisek Nemec. Su padre era sastre y su casa parecía aún más lúgubre que la nuestra. Sus ventanas daban a una calle sombría, y la cocina, al oscuro patio del bloque de viviendas. Nemec era más pequeño que nosotros, pero no tardamos en hacernos amigos. También él escribía poesías.

Los tres escribíamos poesías.

Así que, para terminar, no me queda nada mejor que cantar la gloria a la juventud y a la poesía. ¡Por triplicado!

La Casa del Pueblo

No teníamos más que una escapatoria de la miseria en que vivíamos los tres y de las privaciones que cada vez estaban más a la vista delante de nosotros: la puerta de la Casa del Pueblo en la calle Hybernská. El camino no era largo ni infranqueable.

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