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Toda la belleza del mundo

Электронная книга - «Toda la belleza del mundo». Краткое содержание книги:

Jaroslav Seifert
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Conocí a Neumann poco después. Pero no ocurrió en Unión, sino en la calle Stepánska, en casa de Borovy, adonde Neumann me invitó después de enviarle yo algunos poemas míos.

Pero también me senté a su lado en Unión. Una vez trajo consigo a su hija Sofía, muy joven y muy guapa. Ninguno de nosotros podía apartar su mirada de ella. Al caer la tarde, él me pidió que la acompañase a casa. Quería quedarse un poco más. Pero su mujer se iba a preocupar, añadió. Yo estaba encantado. En aquel entonces Neumann vivía todavía en Santosca de Smíchovo.

Volví a hacer aquel camino varias veces. Nos sentábamos en el parque de Santosca y Sofía me cantaba canciones de Moravia. Me reveló que a Neumann le gustaba sobre todo la popular Miras a las caritas de las chicas en vez de vigilar tu carroza.

¡Ay, qué pena que Sofía no pueda ya decir nunca, junto a mí, lo hermosa que era aquella amistad tierna, tímida e inocente!

53. Sobre el parterre de ásteres estivales

Si os hablase sobre un pariente mío, propietario de un restaurante muy antiguo, situado en medio de un jardín y llamado El árbol verde, junto a la entrada por el lado de Zizkov a la garita del cementerio de Olsan, donde tenía un almacén y un taller en el que doraba los moldes de estatuas y las atornillaba a las cruces de hierro en soportes de gres; y si os confesase que a causa de la multitud de cuerpos crucificados de Cristo perdí algunas de las ilusiones con las que mi madre me había adornado la vida, todo eso sería pura verdad; pero no es lo que tengo sobre mi corazón ni lo que me propongo deciros ahora.

Tampoco sería eso si avanzase un poco más para pasar, como lo hacía varias veces por semana, a lo largo de la muralla del cementerio hacia la parte de atrás de la capilla de San Roque. Me atraían allí los anchos parterres multicolores de trinitarias, margaritas, prímulas, ásteres y todas las demás flores clásicas que se plantaban sobre las tumbas. Allí estaban preparados unos pequeños tiestos que sólo había que volcar. Pero lo que me atraía más aún eran las dos o tres pilas de cemento con agua para los jardineros. Alguno de éstos cultivaba negros diticos que de vez en cuando emergían a la superficie para desaparecer en seguida de nuevo en el agua turbulenta. Pero tampoco esto se aproxima lo más mínimo a lo que me gustaría contaros en pocas palabras.

Por el jardín correteaba también una muchacha. Era pelirroja. En la escuela nos reíamos mucho del cabello rojizo. ¡Qué tontos éramos y cuan hermoso es el pelo cobrizo! Ahora a las mujeres les ha dado por teñirse el cabello de este color. La chica tenía la misma edad que yo. Aunque todavía no sé adivinar la edad con certeza. Más experimentada que yo sí que lo era, sin lugar a dudas. La chica correteaba descalza por el jardín y, de vez en cuando, su padre la llamaba para que le ayudase a escardar. Yo los veía con frecuencia. A veces, ella me dirigía una sonrisa. Cuando me vio contemplar los diticos y tratar de coger uno, vino corriendo hacia mí y declaró con ardor que no osase tocarlos, porque su hermano los estaba cultivando; pero que si traía algún bote de mermelada vacío, me daría uno.

Cuando a un joven se le manifiesta el amor, esta manifestación y el acercamiento pueden asumir las formas más variadas. Tristes y alegres, abrumadoras y grotescas. No es dado a cualquiera tener la suerte de vivir esta aparición viendo un pañuelo blanco sobre la frente, un vestido azul claro y unas manos juntas como las de la Virgen María, junto al manantial del jardín de la cueva sagrada.

Con frecuencia, ni siquiera se puede hablar de amor, sino de su imagen originaria o, mejor dicho, del primer encuentro con la mujer y con su misterio que, por muy conocido que sea, sigue siendo un misterio para el enamorado, que sólo con el paso del tiempo se vuelve algo más familiar. A veces ese primer encuentro puede ser el preludio de un amor verdadero, aunque no suele ocurrir así. En ocasiones llega incluso a ahuyentar el amor. Pero vosotros mismos lo sabéis muy bien. No os estoy diciendo nada nuevo.

En fin, la literatura lleva hablando sobre estos percances del amor, si mal no recuerdo, miles de años.

Por fin tuve aquel ditico negro metido en un tarro de mermelada, pero la chica se fue corriendo en seguida; el jardín estaba para colocarlo encima de las tumbas, y delante de la garita una mujer mayor estaba cortando la leña. Era su madre. Debo reconocer que me porté con cierta torpeza: me sonrojé y ni siquiera le di las gracias a la chica.

Una mañana de verano llegué junto al muro del cementerio. En el jardín no había alma viviente. En la capilla de San Roque sonaba el canto del domingo y la vida era hermosa. La chica me vio desde la garita y salió corriendo hacia el ancho parterre de ásteres estivales. Estaban en plena floración. Acto seguido, la chica se acuclilló, con las rodillas separadas, y se puso a arrancar la hierba que había entre las flores. Me detuve al otro extremo del parterre y me quedé mirándola, indeciso. Ella debió de sentir mi mirada. Permaneció un instante acurrucada y luego se volvió lentamente hacia mí con todo su cuerpo, dejando que su falda se deslizase por encima de sus rodilla, que abrió cómodamente. Era un día caluroso.

Me quedé estupefacto y por un instante se me cortó la respiración. La chica, con la cabeza baja, contemplaba mi espanto. Mi corazón latió más de prisa. En aquel preciso momento llegó una voz desde la garita. Alguien la estaba llamando. Juntó rápidamente sus blancas piernas, se levantó y echó a correr. Por el camino se volvió para enseñarme la lengua. Sin enfado; sólo burlona y pícara.

Primero me tambaleé; las rodillas se me doblaban y fui a refugiarme en el sendero de la parte baja del cementerio, por el que pasaban sin cesar los cortejos fúnebres acompañados de una música angustiosa. Me senté en el primer banco y no me moví hasta que mi corazón se aquietó. Aquellos minutos no los he olvidado nunca.

¡Ojalá fuese capaz de contar todo cuanto pasó por mi mente, mientras estaba sentado sobre aquel banco! ¡Ojalá fuese capaz de hallar las palabras apropiadas para describir mi primer sobresalto y mi primer conocimiento!

Desde entonces han transcurrido más de sesenta años. Más que eso, ¡ya lo creo! Pero aquella primera manifestación de la mujer me sigue acompañando todavía. No he conseguido olvidar nunca la dulce naranja abierta por la mitad y aún me reprocho el no haber tenido más valor.

Es lo que ocurre: que cuando uno se enamora, hace falta poco para que resuene en la lejanía la marcha fúnebre. Pero los ásteres estivales me siguen gustando todavía.

54. La iglesia en que se casó mi madre

Sé muy bien que no me lo va a preguntar nadie, evidentemente, pero si a alguien le interesase y me interrogase sobre el matrimonio de mis padres, me vería obligado a caracterizar aquella unión recurriendo a una terminología enteramente moderna: fue una convivencia de dos solitarios cuyo modo de ver el mundo era completamente distinto. Mi padre era un socialdemócrata: mi madre, en cambio, era una apacible católica lírica, que acataba las leyes de Dios y las de la Iglesia siempre que fuese posible. Le gustaba ir a la iglesia: era una escapada del estereotipo de la cotidianidad, la escapada de la sucesión mecánica del trabajo de cada día. Era su poesía. Sin embargo, acudía a la comunión raras veces; quizás sólo en aquellos momentos de infortunios vitales que representaban para ella un castigo de Dios y cuando deseaba aplacar al cielo.

Así, de común acuerdo los dos, reaccionaban ante la vida cada uno a su manera, a veces no sin cierta abnegación y, durante la guerra, pasando hambre. Recuerdo muy bien cómo me cantaban las tripas. Mi madre vivía instantes de tranquilidad verdadera e infalible cuando se postraba sobre las húmedas losas heladas de la iglesia de Zizkov para contar sinceramente sus preocupaciones a la Virgen María e intentar, aunque en balde, colgar sobre sus hermosos brazos extendidos el rosario de sus lágrimas. Yo iba y venía entre los dos, pasando a veces, entre la mañana y la tarde del mismo día, de la «Bandera roja» a «Mil veces Te saludamos».

Pero os ruego que no busquéis en mí obsesivos disparates personales. Con frecuencia la poesía moderna se abalanza sobre los lectores desde unas posiciones enteramente subjetivas para que su verosimilitud cobre más relieve y resulte más convincente. También reclaman el derecho a la misma subjetividad unos géneros literarios menos serios, que suelen ofrecerla con la desventaja de ser, no sólo verosímil sino, a la vez, verídica. Yo quiero dejar el testimonio de una época para que la época conserve un testimonio de mí mismo, aun cuando no sé bien para qué.

¿Qué interés representaría, si no, para vosotros, una humilde familia de Zizkov, cuando en Praga había miles de familias como ésa?

Para mí se trata principalmente de sacar un poco de poesía a aquellos días corrientes que algunas veces querían ser menos corrientes de lo que les estaba destinado.

¡Mi hermoso y querido Zizkov! En una ocasión escribí en alguna parte que era el sitio más bonito del mundo. ¡Y era cierto!

Se habla de épocas grandes y pequeñas. Sin embargo, una época es siempre el umbral de la siguiente, de una gran época, y por esa causa tantas botas guerreras han pisoteado tantos brotes verdes. Los tiempos pasan como las aguas de un río. No he estado en la guerra. Prefiero el canto de los pájaros a las marchas militares.

En uno de los períodos tardíos y no especialmente alegres para nuestra familia, cayó en mis manos el certificado de matrimonio de mis padres. Para mi asombro, me enteré de que no se habían casado ni en Praga, donde vivía mi padre, ni en Kralupy, de donde era oriunda mi madre, sino en un pueblo pequeño situado en las proximidades de Kralupy, porque en aquellos tiempos en Kralupy no había iglesia.

La pequeña iglesia de Minici, lugar que ahora se ha convertido en una parte de Kralupy, está cubierta de moho y se encuentra sobre un apacible promontorio, mirando a un verde estanque, cuya agua, verde y turbia, agitan unos gansos y unos patos. Cuántas veces pensé en ir a echar un vistazo a esa iglesia. Pero los veranos pasaban y yo no llegaba a ir. Hasta hace poco.

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