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Toda la belleza del mundo

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Jaroslav Seifert
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Seguí sin comprenderlo algún tiempo más de mi infancia, hasta que, gracias a unas observaciones irónicas, vi de qué se trataba exactamente, y por qué la gente se reía del pobre actor olvidadizo. Todo se debía a un pequeño desarreglo en su indumentaria.

Salí despacio del portal y saludé tristemente con la mano a la escalera; también mis pies de niño ayudaron a gastarla.

Cada uno tiene en su vida recuerdos sentimentales al menos para un minuto.

Yo también.

50. Escapada en zapatillas

El domingo 7 de julio de 1872, Paul Verlaine salió a la calle a comprar en una farmacia próxima una medicina para su mujer enferma. Por desgracia, en su breve camino se cruzó con Rimbaud. A Rimbaud no le costó mucho convencer a Verlaine para que huyera con él a Bélgica. En vez de ir a la farmacia, Verlaine y Rimbaud se fueron directamente a la estación. Tres días más tarde, Matilde recorría París preguntando en vano a sus amigos. Fue incluso al depósito de cadáveres, antes de saber que su marido, junto con el autor de El barco ebrio, se había marchado a la vecina Bélgica.

El recado fallido de la medicina, es, quizás, lo único que me hace pensar en aquel poeta en relación con el recuerdo que aquí voy a contar. Parece que no se debe enviar a los escritores a la farmacia cuando su mujer se pone enferma.

Pero debo empezar por otra cosa.

En los últimos años de la Primera Guerra Mundial vivíamos en un feo piso de un feo inmueble de la avenida Hus de Zizkov. El piso, situado en un edificio de la esquina de la calle, tenía, a pesar de todo, una enorme ventaja. La ventana de nuestra cocina y la galería daban a los extensos campos del monte Vitkov. En el campo que bajaba hasta la línea de ferrocarril crecía, ondulante, el botón de oro y, cuando llegaba la primavera y los arbustos florecían, las ondulaciones de los racimos inodoros, pero de un amarillo inconfundible, ofrecían un espectáculo singular. Frána Srámek escribió sobre estas flores unos hermosos versos. Cuando dejaba de florecer el codeso llegaba a nuestra ventana el dulce perfume de las acacias en flor, que crecían a lo largo de la vía férrea. Su olor invadía toda la casa, la galería y el oscuro patio separado del terraplén ferroviario por una alta muralla de ladrillo que se iba desconchando y detrás de la cual se encontraban dos depósitos de carbón. Aquel perfume primaveral hacía allí bastante falta. El patio era pequeño y lleno de charcos. Durante la guerra, los inquilinos llevaban a aquel lugar sus gallinas, que escarbaban en vano el suelo de piedra y picoteaban la argamasa de la muralla… A veces pasaba por allí, corriendo, en pleno día, una rata que compartía con las gallinas las sobras de la comida que los habitantes de la casa tiraban desde la galería. Hacia la noche, cuando empezaba a oscurecer, las gallinas se reunían ante la puerta del patio y esperaban pacientemente que alguien se la abriese. Luego, se precipitaban por la escalera, dando unos saltos cómicos, de un peldaño a otro. Sin dificultad, reconocían su piso y su puerta. También subían la escalera a saltos si tenían que poner un huevo, y entonces, gruñendo, exigían la entrada. Luego la casa se llenaba de alegres cantos maternos ante el milagro de aquel tesoro pequeño pero tan celebrado en los tiempos de guerra.

¿Me preguntáis dónde tenían los inquilinos las gallinas? Algunos, en la cocina, pero muchos en una pequeña despensa oscura cuya ventana daba al pestilente patio de luces y donde era imposible guardar los alimentos. Además, ¿qué alimentos iba a haber durante la guerra?

La ventana de nuestra pequeña y angosta habitación daba a una calle animada. Justo delante de nosotros, en la casa de El ángel dorado, con su relieve colgando sobre la taberna, vivía Frantisek Sauer, un personaje popular en Zizkov, buena persona y, al final de sus días, también autor de un libro sobre su vida.

La guerra terminó y en casa de Sauer se instalaron en seguida Jaroslav Hasek y su segunda mujer, a la que había traído de Rusia. El impenitente mistificador la presentaba como una princesa. No lo parecía. Mirábamos directamente a sus ventanas, de modo que podíamos ver los tardíos amaneceres de Süra -así la llamaban los vecinos de Zizkov-, que observaba con interés la vida de nuestra ruidosa calle.

En el edificio de al lado vivía mi compañero de colegio, mi amigo Ivan Suk, más tarde un lírico prometedor, el crítico favorito del Cesko slovo. Bastaba con salir a la galería y dar un silbido; Suk no tardaba en aparecer en la suya. Juntos jugábamos al billar. En la casa donde vivía Suk había una taberna. Creo que se llamaba, aunque no estoy muy seguro, El albañil. El amable arrendatario de la taberna, un formidable jugador de billar, nos inició en los secretos de este juego.

Alguna que otra vez aparecía en la taberna Jaroslav Hasek. No se quedaba mucho tiempo. Allí estaba demasiado cerca de su mujer, que en vano se empeñaba en retener a Hasek en su casa. Cuando alguien le preguntó un día por qué no venía a El ángel dorado, contestó que porque había que subir escaleras. En efecto; la entrada de la taberna tenía tres peldaños.

Una tarde de verano, Hasek vino a la taberna vestido con la ropa de andar por casa. Iba en camisa y con zapatillas. Con una mano sostenía el pantalón. Confesó que Sura le había escondido los zapatos, los tirantes y la chaqueta. Había salido sólo para ir a la farmacia; su mujer estaba enferma y el médico le había recetado unos polvos. Para aprovechar la salida, se había traído una jarra. Que el tabernero le echase un poco de cerveza, para tomarla de pie, y jugaría con nosotros una partida de billar. Jugaba muy mal. Al apurar su tercer vaso de cerveza, dijo que tenía que ir a buscar la medicina. La mujer le estaba esperando y él pasaría a recoger la jarra al volver de la farmacia. No pasó a recogerla nunca.

Al cabo de dos días, alguien llamó a nuestra puerta terminantemente. En el umbral estaba Sura, que nos inquirió, furibunda:

– ¿Dónde está Jarousek?

Lloró un poco hablando con mi madre y se marchó enjugándose las lágrimas.

No, Hasek no se encontró con ningún Rimbaud, ni se había marchado al extranjero. Regresó una semana después. Con la jarra de cerveza, pero sin la medicina. Evidentemente, la medicina ya no hacía falta. Su mujer ya estaba bien. «¡Demasiado bien!», añadía él, riéndose.

Durante aquel largo paseo en zapatillas y sin chaqueta a través de la Praga estival y de todas las tabernas existentes, Hasek escribió, rodeado por sus amigos y compinches, que no querían respetar su trabajo de ninguna manera, el volumen entero de Las aventuras del valeroso soldado Svejk. Escribía en una esquina de la mesa y, cuando tenía escritas unas páginas, alguno de sus compañeros llevaba el manuscrito al editor Synek, y éste le pagaba la parte correspondiente al trabajo entregado. Claro está, ni una corona más. El dinero alcanzaba para un día y una noche; y a la mañana siguiente debía ponerse a escribir de nuevo, si no quería sentarse delante de un vaso vacío.

Lógicamente, tal procedimiento de escritura suscita una pregunta: ¿Cómo habría podido salir el libro si lo hubiera escrito en calma, cómodamente sentado delante de su mesa de trabajo? Pero éste no es más que el eterno y fatídico «si» condicional. Quizás, si Hasek no lo hubiera ido escribiendo sobre las mesas cubiertas de charcos de cerveza, entre la algarabía de las conversaciones de taberna, rodeado de unos compañeros sedientos y para satisfacer esa necesidad de su pandilla, quizás entonces el libro no habría sido escrito jamás, ni Hasek sería el Hasek cuyo nombre es conocido hoy en toda Europa.

Hasek murió joven, como un héroe. También murió Sura. También ha desaparecido el fiel amigo de Hasek, su paciente compañero Frantisek Sauer. Sólo Svejk -aquel pícaro, extravertido y granuja con un magnífico sentido común, como caracterizó a Svejk el profesor Vondrácek- sigue viviendo con regocijo no sólo su peregrinación de Putim, sino la que hizo a través de casi todo el mundo, por los lugares a donde jamás se había propuesto llegar.

51. Por un poco de amor

¿Quién de nosotros no leyó de niño, con regodeo y curiosidad, la «crónica negra» de los diarios, como se llamaban y siguen llamándose hasta ahora las noticias periodísticas sobre asesinatos, violaciones, accidentes y catástrofes? Pero lo que ahora se menciona con una brevedad implacable, se pintaba entonces con todo lujo de detalles sangrientos, escandalosos y morbosos. Aquellos comunicados corrían a cargo de unos periodistas especialmente hábiles y expertos en el tema, que se encontraban entre la policía criminal como en su casa, que conocían a todos los funcionarios y agentes y que competían entre ellos no sólo en la rapidez, sino también en la turbulencia de la descripción del suceso. Todo esto lo supe más tarde, trabajando en el periódico.

Sin embargo, de niño los leía con avidez y curiosidad y los ojos se me encandilaban. Pero los leía sin compasión. Sólo después de haber presenciado una vez una pelea cruenta, me quedé lo suficientemente turbado para comprender algo. Todas las descripciones de los periódicos no rozaban ni de cerca la plasticidad hiriente del hecho real que se desarrolló ante mis ojos. Varias veces había leído, como algo normaclass="underline" «¡Apuñalado en una reyerta!» Pero cuando, por casualidad, una tarde, cuando había luz aún, vi el desenlace de un altercado y de una pelea que se produjeron en el parque Vrchlicky, donde dos hombres discutieron por una chica y uno de ellos sacó una navaja y se la clavó a su rival en el vientre, eché a correr aterrado. El acero de la navaja, que brillaba aún ante mis ojos, me persiguió una buena parte del camino, mientras la muchacha gritaba y el herido se contorsionaba sobre la hierba. Y tuvo que pasar un buen rato para que se me aquietara el corazón, que se me salía del pecho. La experiencia fue demasiado viva, demasiado real.

Aquéllos eran los años en que nos atraía y excitaba el parque situado frente a la actual Estación Central, al que se había otorgado, de forma bastante accidental, el nombre del gran poeta. Al atardecer, por su alameda principal y por los senderos laterales, paseaban las chicas y llamaban a los transeúntes invitándoles a pasar unos minutos de amor en la oscuridad de las frondosas matas o sobre un banco solitario. Nosotros, los chavales de las vecinas calles de Zizkov, observábamos desde lejos y conteniendo la respiración a aquellas muchachas de vestidos llamativos y de caras retocadas con los aceites cosméticos de la época, que eran más bien primitivos, como creo recordar. En todo caso, eran baratos. Aquél no era el único sitio que conocíamos a tal propósito. De la larga valla del Jardín del Paraíso, en la calle Pfemyslová, también se despegaban nocturnas sombras femeninas; y en la avenida Hus, en las proximidades de un hotel por horas, desfilaban incluso por las mañanas. Pero en el parque Vrchlicky había más chicas y la quietud del jardín nos resultaba mucho más romántica.

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