Toda la belleza del mundo
- Автор: Seifert Jaroslav
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Toda la belleza del mundo». Краткое содержание книги:
De día, sin embargo, el parque se convertía invariablemente en el lugar más inocente de la ciudad. En el lago, debajo de una roca artificial, nadaba una pareja de cisnes y, sobre el césped de la orilla, tiritaban unos patos salvajes. Todo estaba apacible y respiraba un amor idílico. Por los senderos deambulaban las madres empujando los cochecitos, los niños desmigajaban para los cisnes y los patos las rosquillas que los vendedores llevaban ensartadas en largas pértigas de madera. En los bancos estaban sentados los viejos; se pagaban dos hellers. Entre los arbustos en flor, pasaba a veces, lentamente, un carruaje.
Pero apenas empezaba a oscurecer y los visitantes diurnos se retiraban, aparecía la primera chica maquillada. Una joven caminaba por la alameda principal bajo la luz de las farolas; otra, menos atractiva, se refugiaba entre las tinieblas de los senderos más oscuros, cerca de la estación o en el otro extremo del parque, junto a las casas.
Más tarde, un amigo mío, que era un cínico reconocido, me decía: «Da lo mismo que el amor dure dos o tres años o dos o tres minutos.» Al fin y al cabo, ¿qué es, exactamente, el amor? Un francés, había olvidado su nombre, definía el amor como la fricción de dos epidermis.
La vida castigó terriblemente a mi amigo por decir esas cosas. Cuando rondaba la cincuentena y el pelo le empezaba a encanecer, se enamoró honda y desesperadamente de una chica de diecinueve años. Y, ya se sabe, no fue correspondido. ¿Cómo iba a serlo? Aquella pasión, vana y agotadora, lo atormentó durante varios años y el cabello se le volvió enteramente cano. Al final intentó escribir poesías. Y eso fue lo peor.
Una vez en verano lo encontré en la plaza de Václav. Tenía la cara triste y hablaba con exasperación.
El parque Vrchlicky queda a dos pasos. Al despedirme de mi amigo, me dirigí allí. Compré unas rosquillas y eché unos trocitos a los patos y cisnes.
Fue una comunión con el amor, si es que se puede utilizar una rosquilla para comulgar.
52. En las orillas de la alberca de Olsan
En mi niñez, era un charco pequeño y poco profundo, con juncos que crecían, aquí y allá, cerca de sus orillas. La superficie de la alberca estaba casi completamente lisa por la verdura, por las diminutas hojas de azumbar que la cubrían. Se decía que en la alberca desembocaban las aguas subterráneas del cementerio, después de lavar las silenciosas y secas lágrimas de los rostros de los muertos y sus blanquecinos huesos, más silentes aún.
Ahora pasa por allí una amplia carretera que conduce a la terminal de cargas de la estación de Zizkov. El muro que separaba el cementerio de la alberca fue demolido. De sus orillas han desaparecido las casitas y aquel acogedor restaurante en el que, al concluir sus funestos ritos, se sentaban los obreros del cementerio para chocar sus vasos alegremente Aquí, ya todo está cambiado y es extraño para mí. De niño venía a este lugar casi a diario.
Una vez, una joven desdichada intentó ahogarse aquí. La sacaron del viscoso pantano casi en seguida. Tenía en el pelo los sucios mechones verdes de las algas. La alberca no la había aceptado, simplemente. ¿Qué tenía que ver un amor desgraciado con su pestilente quietud?
Si alguna vez hubiese encontrado en el polvo de un camino una reluciente alhaja, no me habría sobrasaltado tanto como el día aquel en que vi en el agua de la alberca un pececito dorado. Sabe Dios cómo habría llegado hasta allí. Lo debía de estar pasando muy mal. En el agua pululaban las dafnias, que los aficionados a los acuarios venían a coger allí con unas menudas redes. Por lo visto, así fue como el pez dorado, que llegó a quitarme el sueño, había ido a parar a la alberca.
A unos pasos de la alberca se encontraba el chalet de Olsan, famoso hasta ahora, de St. K. Neumann. Estaba lo suficientemente lejos para que sus habitantes no sintiesen el hedor del agua putrefacta, pero no tanto como para que no oyesen por la noche los conciertos de las ranas. Como es lógico, fue años más tarde cuando me acerqué a la tapia del chalet para echar una mirada de curiosidad a su jardín silvestre. Sucedió en la época en que yo paseaba bordeando la alberca pero sin prestarle apenas atención.
Durante el curso quinto o sexto, en el gimnasio de Zizkov nos impartía clases el profesor Entlicher. Era especialista en filología clásica, pero también conocía bien los filósofos orientales y, además, cosa que no supimos comprender entonces, traducía baratas novelas policíacas, de ínfima calidad. También vertió al checo, para el editor Hunek, las novelas de aventuras de Salgari. Era solterón, un poco ridículo, y vivía cerca del gimnasio, junto con su madre. A veces, si hacía buen tiempo, cerraba el texto de latín y, en lugar de examinarnos, nos describía plástica, pintoresca y verídicamente la vida en la Roma antigua. Aquello era increíblemente apasionante. En su juventud había sido amigo de Gellner y el poeta le dedicó este epigrama:
Fue de joven un gran esnob y en misántropo se convirtió.
Yo disfrutaba alardeando de aquella amistad. En el gimnasio éramos tres chicos a los que nos unía la primera afición a la literatura. Némec era el más pequeño. Suk descubrió en los estantes de un librero de Zizkov, Jirman, los restos de la edición del libro de Gellner Después de nosotros, el diluvio. Dios sabe cómo llegarían allí. Una de las canciones de Gellner incluidas en su libro Las alegrías de la vida, anónimamente dedicadas a Marie Majerova, la adaptamos nosotros a la melodía de la popular tonada Una chica me regaló un anillo de oro. La berreábamos en todas las tascas. No hace mucho oí entonar aquella canción de Gellner en una taberna de Praga. Había resistido mucho tiempo. De Frantisek Gellner al anarquismo y a St. K. Neumann no había más que un paso. Así que, tras varios años, volví a encontrarme, junto con unos compañeros, cerca de la alberca de Olsan y de la tapia del chalet de Neumann. En el jardín seguían floreciendo las hileras de azucenas, junto a las que se sentaban los poetas y anarquistas Srámek, Mahen y Kácha; pero el propio Neumann estaba, desde hacía mucho tiempo, en Moravia. En el chalet vivía sólo Kamila, que estaba preparando El libro de buenos autores que le ayudaba a redactar Arnost Procházka. Neumann se había vuelto a casar y tenía una hija, Sofía. Más tarde la conocí.
Encontré, ya no sé dónde, un viejo folleto con el primer ensayo dedicado a Neumann. Lo había escrito Polan y estaba excelentemente escrito. Borovy volvió a publicarlo en una edición ampliada y nuevamente redactada, acompañada del conocido dibujo de Gellner.
Cuando me quedaba en casa solo declamaba, con un énfasis desmesurado y a voz en cuello, la cita que Polan hacía del poema de Neumann «De niño me agité en tu seno» que el poeta dirigía a Société:
¡Oh repudiada! Te haré parir hijos bastardos, vampiros sin Dios, me tiraré rabioso sobre tu cuello altanero, para que el limo manche tu sangre, despiadado e indeleble, para que los propios dioses incendien los templos que erigiste, para que con las trompetas de venganza penetren en tus ciudades de burgueses libertinos, y cuelguen los escudos de la libertad sobre los hogares, las cornisas y las vigas.
Recitaba el poema con una vehemencia tal y durante tanto tiempo, que algún vecino de la habitación de al lado o de arriba empezaba a dar golpes en la pared.
Nos acercamos muchas veces al viejo chalet de Olsan. Pero en vano. No vimos al poeta ni podíamos verlo. Yo coloqué una reproducción de una fotografía suya en el marco que, debajo de la reproducción, rodeaba una imagen de la Virgen María.
Por supuesto, los tres nos pusimos de parte de los anarquistas y, para que lo grotesco fuese más completo, como suele ocurrir en este mundo, encontramos compañeros que compartían nuestras ideas en la socialdemócrata Academia Obrera, donde el bibliotecario, el camarada Weis, respetable y bonachón, acabó concediéndonos, sin sospechar nada, un precioso cuartito. Aquello terminó mal. En nuestro ambiente, pero sin saberlo nosotros, surgió la idea del atentado contra la vida del Dr. Kramáf. Por suerte, el intento fracasó.
Abandonamos la Academia Obrera y nos refugiamos en la cafetería Unión, aquella famosa Unión sobre la que se ha escrito tanto que no me queda por añadir sino una cosa: que fue demolida y que, en su lugar, en la avenida Nacional, se halla la edificación de cristal de Albatros.
Me he alejado demasiado de las orillas de la alberca de Olsan. En Unión conocí a algunos de los visitantes, estupendos y afectuosos, del chalet de Olsan: a Michael Kácha y a Antonín Boucek. Y a la hermosa Luiza Stychova. Aquella belleza morena de ojos negros parecía haber salido de una novela revolucionaria rusa; nombraría directamente un hermoso relato de Andreiev si su título cruel no me impidiese emplearlo en esta ocasión.
Pero fue en los años de posguerra cuando, gracias a Boucek, vi a Neumann por primera vez. Lo habría reconocido aun cuando Boucek no le acompañase, pero la presencia de éste me confirmó la realidad.
Antaño llevaba una corbata negra y un sombrero negro de alas anchas. Sólo habían sobrevivido la eterna pipa y los labios apretados con firmeza. En lo demás, era un simpático señor de edad, en el que se detenía, aunque de pasada, más de un par de ojos de muchacha, como más tarde comprobé. Acababa de salir de la puerta del mercado de la calle Ovocná y llevaba una bolsa de malla. Aquello me emocionó, porque entonces no era frecuente ver a un hombre salir de un mercado cargado con una bolsa, La de Neumann estaba repleta de despojos de cerdo. Allí, en Zizkov, los llamábamos rabos de cerdo. Quizá no había en ello nada de extraño, aun cuando estilísticamente no me encajase del todo con la figura del autor de La gloria de Satán que nosotros conocíamos, y de Los apostrofes, orgullosos y apasionados. La red de la bolsa dejaba ver los rosados rabos de cerdo, y aquello se me antojó entonces bastante ridículo. A pesar de eso, me precipité hacia el poeta y le saludé con una profunda reverencia, a la que Neumann me contestó, natural y amable: «Hola.» Eso me permitió sentir la personalidad cívica del poeta: ¡Con los rabos de cerdo se preparaba un excelente gulasch segedinsky ¡